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Colombia se aferra al Cristo mutilado de Bojayá

Este símbolo, que mantiene viva la esperanza, fue bendecido por el Papa tras 15 años de la masacre.

Papa Francisco le reza al Cristo de Bojayá

El papa Francisco, durante su visita a Colombia, elevó su oración ante el Cristo mutilado de Bojayá y miles de víctimas que lo acompañaron.

Foto:

Jaime Moreno / EL TIEMPO

24 de noviembre 2017 , 02:04 p.m.

Nota de la Redacción. El 2 de mayo del 2002, las Farc asesinaron a 79 personas en Boyajá, Chocó. Este es uno de los momentos dolorosos de los 52 años de guerra con las Farc, que hoy, cuando se cumple el primer año de la firma de la paz, se conmemora con esperanza. La serie periodística 'Un año de la paz para no olvidar 52 años de guerra' honra nueve hitos del conflicto armado.
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¿Cómo entrar a una iglesia donde acribillaron a hermanos, hijos y amigos?, ¿a un recinto en el que se fue la vida de todo un pueblo? Macaria Allín prefiere recostarse en las ruinas de un edificio que es tragado por la humedad, ubicado justo al lado de ese templo de Bojayá (Chocó), el día en que se conmemoran 15 años de un cataclismo provocado por las Farc y los paramilitares.

Bojayá está extasiada. Llora. Recuerda. Pero tiene esperanza.

Son las 11:00 a. m., Macaria, una mujer afro –como casi toda la población de allí–, dice que cada pared polvorienta de ese lugar la hace sentir como si de nuevo estuviera en la noche en que comenzó la tragedia, la misma que todos en el pueblo –una tierra de campesinos y pescadores– sabían que estaba a punto de estallar.

El día del horror

A orillas del río Atrato, que baña a la población, el murmullo de que las Farc y los paramilitares se estaban batiendo por el dominio de la zona comenzó a transformarse en truenos cargados de bala, de muerte, de agonía. Muchos huyeron por el río -días u horas antes de la masacre-, pero otros –como Macaria– prefirieron refugiarse en la iglesia: "A la casa de Dios nadie la tocará", pensaron.

La iglesia es de color beige y tiene trazos amarillos. Al lado derecho está el colegio; al izquierdo, la casa cural; diagonal a su derecha, la comunidad agustiniana, y al otro lado, las casas de los lugareños.

Apenas comenzó la noche del primero de mayo del 2002, toda la comunidad corrió a la iglesia. Los ancianos y los niños se quedaron en el altar. Quienes convirtieron la iglesia como su escudo fueron los paramilitares, ellos eligieron el colegio como el lugar de combate. Las Farc se encontraban al otro lado. El templo estaba en la mitad del fuego cruzado y los estallidos de las balas desmoronaban las paredes del recinto, donde no había quién calmara el llanto de los niños.

En la noche del terror, para lo único que se atrevían a cerrar los ojos era para rezar. En la mañana del 2 de mayo del 2002 arreciaron los combates. Las Farc, decididas a acabar con los paramilitares a como diera lugar, empezaron a aumentar su ofensiva.

Un cilindro bomba cayó en la iglesia. El ataque no tuvo escrúpulos y dejó, al menos,
79 muertos, 110 heridos, 1.744 familias desplazadas y decenas de padres que hoy siguen buscando, vivos o muertos,
a los hijos de los que nunca les dieron razón, según las cifras de la Unidad para las Víctimas.

Bojayá, 15 años de la masacre
Bojayá, 15 años de la masacre

2 de mayo del 2002: Luis Acosta / AFP - 2 de mayo del 2017: Cristian Ávila / EL TIEMPO  

Esos estruendos fueron el principio de los pesares de Macaria. Muchos corrieron tras el ataque, luego de las súplicas del entonces sacerdote de Bojayá, Antún Ramos, para que los dejaran ir de allí. Se refugiaron en el sur, en el barrio Bellaluz, desde donde salían canoas con los heridos hacia el municipio de Vigía del Fuerte (Antioquia). La sangre que derramaban los bojayaseños que huían iba manchando las aguas del Atrato.

Pero en la iglesia quedó esta mujer malherida, que no tenía alientos y tampoco podía dejar a su hija de 17 años a su suerte. La joven tiene discapacidad cognitiva.

Macaria, en ese entonces de 50 años, fue la única adulta que quedó encerrada en el templo luego de la explosión. Aguantó en silencio unas horas, mientras el ataque cesó. Vio agonizar a decenas de sus amigos, intentó calmar a los niños ensangrentados y rogó al Cristo que había quedado mutilado –como muchos bojayaseños– que ocurriera algo para poder huir de ese lugar… Para que se acabara la
pesadilla.


Desde las 10:00 a. m., cuando cayó el cilindro, Macaria vivió esa agonía y la soportó hasta las 6:00 a. m. del 3 de mayo, cuando las Farc llamaron a la Cruz Roja de Vigía del Fuerte. La guerrilla buscaba que se socorriera a los heridos que aún aguardaban en la iglesia. Macaria abandonó su pueblo por un río que desde entonces está impregnado de tristezas y tragedias.

Bojayá, 15 años de la masacre
Bojayá, 15 años de la masacre

2 de mayo del 2002: Luis Acosta / AFP - 2 de mayo del 2017: Cristian Ávila / EL TIEMPO

Retrato de una comunidad que se levantó

Macaria está parada frente a la iglesia y revive esos momentos de desasosiego. Cada paso que ha dado desde que bajó de la panga, que condujo a los bojayaseños a las ruinas de su antiguo hogar, le recuerda el escozor de esa mañana.

Hace una pausa, bebe agua, abraza a su nieta, llora. Siente rabia, odio, dolor. "En esta fecha todo revive: el amigo, el hermano, el primo, el sobrino. Todas esas personas que se fueron, que siempre los viste, que ofrecieron cosas buenas y que en segundos ya no están. La impotencia de uno preguntarse por qué a nosotros, qué hicimos. Esto duele y no hay una respuesta", cuenta con voz resquebrajada.

Macaria recuerda la tragedia de Bojayá

Macaria recuerda la tragedia de Bojayá

La impotencia de uno preguntarse por qué a nosotros, qué hicimos. Esto duele y no hay una respuesta


Macaria madrugó el pasado 2 de mayo, como lo ha hecho los últimos 14 años. En el nuevo casco urbano de Bojayá, lo primero que se ve son las cruces del cementerio, al cual se dirige una procesión inmensa y vestida de blanco reluciente. Rezan por las almas de quienes partieron en el fatídico día.

Hay lamentos, siempre los habrá. En plena panga, al pasar por Vigía del Fuerte, los recuerdos empiezan a aflorar. Muchos llegaron allí a recoger los cadáveres de sus familiares, otros recuerdan este lugar como el primer destino que pisaron tras ser desplazados por la violencia.

Bojayaseños visitan Vigía del Fuerte

Bojayaseños visitan Vigía del Fuerte, población a la que aprecian por la ayuda tras la masacre.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

Luego de retornar a sus tierras, el tiempo se detiene, no solo por lo indeleble del momento, sino por ver que persisten las mismas dificultades de hace 15 años.

José de la Cruz, quien a sus escasos 14 años vio cómo sacaban a gente mutilada de la iglesia, ahora es uno de los líderes de la comunidad. Tiene fe en que algún día las cosas cambien y, por fin, puedan acceder a un servicio de agua potable, a una buena infraestructura de luz -para no quedar a oscuras, como aún les pasa- y sobre todo a un hospital decente -para no seguir viendo morir a sus familiares en canoas, luego de tener que navegar hasta seis horas por el río Atrato, hasta llegar a Quibdó-.

Pero la comunidad no solo llora a sus muertos. Bellavista, como se le conoce al casco urbano de Bojayá, tuvo que ser trasladada por completo unos kilómetros arriba, por eso ahora le llaman Bellavista Nueva.

El pueblo, reconstruido unos años después de la tragedia, dejó a los habitantes desprovistos del río. Esta es la principal queja de los lugareños. La edificación de Bellavista Nueva quedó en una montaña, un poco alejada del Atrato.

Macaria muestra a lo lejos su nueva casa y señala de cerca el lugar donde vivió la tragedia. "Acá no teníamos agua potable ni nada de esos servicios, pero la estadía era mejor. Teníamos el río cerca, que es la vida de uno y compartía con él todo: lavar, pescar… todo", cuenta.

Aunque el río les queda retirado, otros afirman que Bojayá es el pueblo más bonito del Chocó. "De eso no le quepa duda", dicen. Sus casas son coloridas -verdes, amarillas, azules- y están hechas con tablas, cemento y zinc, además están cubiertas por largos árboles. Una llovizna constante refresca a los habitantes del bochorno y de la humedad, y caminos pavimentados sirven para que quienes andan en moto lo hagan sin problema, no hay ni un solo carro.

Un año en paz

Las Alabaoras de Pogué o de Bojayá, víctimas del cruento conflicto en esa zona del país y quienes estuvieron en la ceremonia de la firma de la paz, en Cartagena, encabezan la caminata y se concentran en la entrada a la iglesia del viejo Bojayá.

Bojayá, 15 años clamando pazEl 2 de mayo del 2002, un enfrentamiento entre las Farc y los paramilitares ocasionó 79 muertes, 110 heridos y 1.744 familias desplazadas. 15 años después, el pueblo sigue buscando la paz.
Bojayá 15 años


Durante el camino en panga, las Alabaoras elevaban sus súplicas para que la guerra no vuelva a atormentarlos: "Decimoquinto aniversario y esto quedó para la historia. Díganle a los de la prensa que no borren la memoria. Los niños son el futuro y mucho niño murió. Señores grupos armados, no nos causen más terror. La guerrilla de las Farc hoy quiere pedir perdón. Los colombianos pedimos no más repetición".

La guerrilla de las Farc hoy quiere pedir perdón. Los colombianos pedimos no más repetición


Los cantos de estas mujeres son la voz de este pueblo, encarnan el sufrimiento y las esperanzas de que jamás el conflicto vuelva a arrasarlos y llegue la prosperidad a sus tierras.

Bojayá

El Cristo quedó destruido tras la masacre. Las madres agustinianas se encargaron de reconstruir el símbolo religioso.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

Ese terror fue, de hecho, la convicción para que el pueblo, en un 95,78 %, apostara con esperanza por un sí a la terminación del conflicto en el plebiscito por la paz del 2016.

Álvaro Mosquera, sacerdote de Bojayá y uno de los anfitriones del presidente Juan Manuel Santos en la misa con la cual agradeció el Premio Nobel de la Paz obtenido, bendice las plegarias de las Alabaoras.

En la larga marcha blanca, el sacerdote rememora –tras la firma de la paz– cómo la comunidad se ha unido para que resurjan sus tierras, con la fe puesta en que nunca regresen las amenazas. “Ese es el camino para vivir mejor”, dice.

En estos meses, en Bojayá no ha pasado nada violento y sus habitantes esperan la llegada de rutas para mejorar su economía, que se basa principalmente en el cultivo de plátano, un fruto que se ve por doquier en cada calle del casco urbano.

Sobre el río Atrato pesan los muertos que dejó la lucha entre las Farc y los paramilitares.
Por estos días, ya sin la presencia de ninguno de estos dos actores armados, lo que no deja dormir a algunos de los lugareños es el temor de que un nuevo grupo ilegal intente tomar poder en esas aguas. Cuentan que años atrás uno u otro hacían retenes en pleno afluente, atemorizando a cualquiera que se quisiera mover.

Iglesia de Bojayá

La iglesia de Bojayá fue reconstruida; sin embargo, a sus alrededores ya no vive nadie.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

No obstante, el futuro de Bojayá sigue siendo esperanzador. Entre las decenas de mensajes escritos en las banderas, en los que se leen los nombres de quienes perdieron la vida -muchos de ellos niños-, les da algo de alivio el anuncio de la exhumación de los restos que están regados por varios lugares cercanos.

El proceso, que comenzó en mayo, servirá para que muchas familias que no conocen lo que pasó con sus seres queridos sepan si están muertos y así puedan darles una despedida digna, en la que se interpreten los alabaos del Pacífico.

La misa se acerca a su fin con un fuerte saludo de la paz. Mientras tanto, Macaria continúa afuera, sin atreverse a ingresar, pero asegura: "No he perdido mi fe en Dios, no todo puede ser duro. Mi padre decía que hay pruebas, pruebas muy duras. No he perdido mi fe en Dios. Sé que me tengo que morir porque es una ley, pero mientras viva, voy a tener fe de que me va a cuidar".

No he perdido mi fe en Dios. Sé que me tengo que morir porque es una ley, pero mientras viva, voy a tener fe de que me va a cuidar

En Bojayá, la única certeza es que sus habitantes quieren seguir viviendo como en el último año: en paz.

El poder del Cristo mutilado

Macaria, el padre Mosquera, José de la Cruz y todo el pueblo siempre abrazan al Jesús mutilado. Es su acto de fe.

Aunque a veces el Cristo mutilado de Bojayá parece el símbolo de un pueblo que sigue tambaleando por la tragedia, también es su cobijo, su fortaleza y una muestra de que esta comunidad no se dejará quebrar nunca más por la violencia. Este Jesús también representa la persistencia que se necesita para vivir en paz y así evitar otra devastación.

Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama



Luego de la conmemoración de los 15 años de la tragedia, llegó una nueva resurrección para el Cristo mutilado, que pasó una ardua travesía para encontrarse con el papa Francisco, quien visitó a Colombia en el pasado mes de septiembre.

Este símbolo religioso navegó por el Atrato, voló hacia Bogotá y rodó hasta Villavicencio. Allí estuvo a la vista del Papa, quien lo miró fijamente y lo bendijo. En ese momento, algunas víctimas lloraron ante las frases que pronunciaba el pontífice.

Leiner Palacios, quien perdió a 28 de sus familiares en la masacre, derramó con lentitud y nostalgia varias lágrimas ante el Papa y las casi 6.000 víctimas de la violencia que se encontraban en el recinto.

"Ver a Cristo así, mutilado, herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado es más Cristo aún, porque nos muestra una vez más que él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo. Para enseñarnos, también, que el odio no tiene la última palabra, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia", decía el Papa.

Esas palabras calaron hondo en Leiner. Para él, quien es líder de las víctimas de su pueblo, las víctimas deben depositar el dolor en el Cristo mutilado para seguir su lucha por una nueva Colombia, para recuperar las piernas de este país… Y hasta sus entrañas, sus tripas.

"Tenemos el rostro y las ganas de seguir caminando. Debemos dar ese paso, como nos invitó el Papa", dice el hombre.

El padre Mosquera aprieta fuerte sus manos con las de Leiner en el saludo de la paz. El sacerdote tiene la misión de motivar a todo el pueblo bojayaseño a ser esas manos y esos pies que no tiene el Cristo mutilado y así servir a quienes lo necesitan, a quienes están solos. “Complementar todo lo que le arrancaron con la búsqueda del bien para toda la comunidad”, añade el párroco de esta población, que mira a través de su Jesús mutilado un futuro que promete lucha y esperanza.

CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
Periodista de ElTiempo.com
Enviado especial a Bojayá, Chocó
En Twitter: @Cristian_Avila4

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