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San José: dos décadas de una comunidad que se aisló de la guerra

La Comunidad de Paz de San José de Apartadó (Antioquia) conmemora 20 años como colectivo.

San José de Apartadó

La comunidad celebrará este jueves 20 años de haberse convertido en Comunidad de Paz.

Foto:

Alejandra Machado

22 de marzo 2017 , 08:46 a.m.

“Gloria al sendero de paz que abrió la luz brillante de la neutralidad; vamos todos apoyados, el uno por el otro, rescatando los valores de la civilidad. Vamos todos adelante con cariño y mucho amor con los suyos y los nuestros y toda la humanidad…”.Himno de La Comunidad de Paz de San José de Apartadó.

El recuerdo es desagradable. El horror de aquel día viene a la mente de los campesinos como un retrato del paso destructivo de la guerra. El 24 de febrero del 2005, la comunidad de San José de Apartadó tuvo que buscar por toda la vereda La Resbalosa las partes descuartizadas de ocho personas, incluido un niño de 18 meses.

El 21 de febrero fueron asesinados Luis Eduardo Guerra Guerra, destacado líder comunal; su compañera, Beyanira Areiza, y su hijo Deyner Andrés Guerra, de 11 años; mientras que en otra finca fueron masacrados Alfonso Bolívar Tuberquia Graciano; su esposa, Sandra Milena Muñoz Pozo, y sus hijos Natalia Tuberquia de 5 años, Santiago Tuberquia de 18 meses (a quien mataron a garrote) y el señor Alejandro Pérez.

Solo tres días después la comunidad se pudo desplazar hasta el lugar para ayudar a encontrar las partes de las víctimas. El crimen, según campesinos de San José, fue cometido por miembros del Ejército Nacional y de las Autodefensas. Aunque en los registros de las declaraciones ante la Fiscalía siempre se contempló que fueron los miembros del Quinto Frente de las Farc.

Este episodio, es solo uno de los más de 300 que han tenido que registrar los campesinos de este corregimiento de Apartadó, en el Urabá antioqueño, desde que decidieron convertirse en comunidad de paz el 23 de marzo de 1997.

San José de Apartadó

La masacre del 2005 se conmemora también en la comunidad.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

La idea de declararse Comunidad Campesina de Paz Neutral surgió luego de que entre 1995 y 1997 se contabilizaran 1.200 muertos y más de 10.000 desplazados en la zona por cuenta de la arremetida de bandas criminales y la guerrilla. Los campesinos se encontraban en una encrucijada: en la zona operaba el Quinto Frente de las Farc, miembros de las Autodefensas Gaitanistas (Agc) y existen denuncias de abusos por parte de las autoridades, uno de los principales alicientes para que la comunidad rechace la ayuda del Estado.

“Era difícil darle un vaso de agua a alguien porque luego venían del otro lado a decir que éramos guerrilleros o paramilitares. Nos cansamos y decidimos convertirnos en una comunidad que resiste en medio de la guerra”. Son las palabras de Luis Miguel Serpa, un campesino de 35 años que hace parte del Consejo de la comunidad.

Mañana, cuando se conmemoran 20 años de ser un colectivo, de ver cómo asesinan a seres queridos y ser señalados de hacer parte de grupos subversivos, esta comunidad sostiene que no dejará de celebrar la vida.

La celebración no está completa, en el 2016 se contabilizaron 366 muertes de campesinos de la zona. Una arremetida contra un proyecto que solo busca estar en paz. Esta zona ha sido un corredor histórico y estratégico, pues es un territorio que comunica a los departamentos de Antioquia y Córdoba.

Era difícil darle un vaso de agua a alguien porque luego venían del otro lado a decir que éramos guerrilleros o paramilitares

Su manera de pensar ha sido constantemente vinculada a ideas de izquierda, por lo que siempre se les relacionó como miembros de las Farc. Este tipo de afirmaciones son rechazadas, de manera enfática, por parte de la comunidad, pues lo único que quieren es que las balas dejen de retumbar en sus oídos.

Hoy, luego de muchos años de resistencia pacífica, se alistan para conmemorar un nuevo aniversario, en el que esperan reencontrarse con esa paz que se ha hecho tan ajena a su pequeño círculo creado en el corazón de Urabá.

Un ambiente de paz

Alrededor de 12 kilómetros es la distancia que hay desde Apartadó hasta el lugar en el que se encuentra este corregimiento, ya se habían declarado comunidad de paz, pero tiempo después sus habitantes -unos 680 campesinos de los cerca de 3.000 habitantes que residen en sus 32 veredas- se movieron a cinco minutos del casco urbano.

La idea era no regresar. Ese día, en medio de banderas blancas y cantos a la paz, los campesinos que decidieron movilizarse a este espacio advirtieron que no regresarían al pueblo si la Policía y el Ejército no se retiraban del lugar.

“Es la enseñanza brillante del profeta nuestro Dios que ilumina nuestra mente de los que queremos paz, vamos todos campesinos para ir fortaleciendo la comunidad de paz...”

No pararon de cantar hasta que no tuvieron levantado su círculo alejado de la guerra que tantas vidas queridas les arrebató.

San José de Apartadó

La comunidad vive en una zona rodeada por un cerco con alambre de púas.

Foto:

Alejandra Machado

Esta pequeña comunidad se quedó a un lado, cercó el terreno con alambres de púas, banderas con mensajes alusivos a su causa e impulsó sus propias reglas. Por eso, desde las reuniones que se realizan -además de decidir sobre el futuro de su zona-, también resuelven casos de violencia entre las familias y los vecinos, por lo que sancionan con multas o trabajo a quienes infrinjan el reglamento que tienen.

En total, funcionan 55 grupos de trabajo para verificar que se cumpla con educación, salud y para cultivar la tierra de una población que vive de la siembra de maíz, arroz, cacao, yuca y plátano.

La comunidad no le permite el ingreso a las autoridades por una razón: “quien lleva un arma no es bienvenido a este lugar”.“Nos convertimos en esto porque rondaban muchos atropellos –habla Arley Tuberquia, uno de los campesinos de la zona–, no solo por parte de las Farc y los paramilitares, sino también por parte del Estado, con los militares y la Policía. Nosotros no estamos de acuerdo con la violencia y por eso decidimos que no lo íbamos a permitir más”.

Esto les ha costado. Sin embargo, cada vez se sienten más sólidos. Pocos intentan ingresar a la zona y tratan de respetar que la comunidad no quiera saber nada más de la guerra; no obstante, las amenazas continúan; bandas criminales y las Agc han tomado más fuerza tras la salida del Quinto Frente luego de los acuerdos de paz que las Farc firmaron con el Gobierno.

Pero la resistencia no tiene marcha atrás, la comunidad ha logrado sostenerse y estas dos décadas de perder a seres queridos y aun así negarse a tener relación con algún actor armado del conflicto se mantiene.

En la zona se levantó un pequeño cementerio. Allí se pueden ver las imágenes de las personas que han sido asesinadas. La comunidad ha decidido realizar un homenaje: piedras blancas y algunas de otros colores llevan el nombre de sus víctimas, de los muertos que a todos les duelen.“Acordémonos hermanos de los muertos que hemos puesto y brindémosle homenaje con cariño y mucho amor. Vamos todos campesinos…”

San José de Apartadó

El cementerio tiene piedras que llevan los nombres de las víctimas.

Foto:

Alejandra Machado

Natalia, Ómar de Jesús, Antonio… van marcando el camino hacia un pequeño altar ubicado en el centro del cementerio.

Las rocas rodean una serie de fotografías: Darío, Fernando, Arturo… el camino está lleno de recuerdos. Todos asesinados por miembros del conflicto armado.

“Con el proceso de paz no ha cambiado nada, nosotros estamos seguros de eso. Ahora todos hablan de las Farc y nadie recuerda que los paramilitares nunca se fueron. Cada vez toman más fuerza y nosotros no vemos que haya una oportunidad de respirar”, señala Serpa.

Tres organizaciones no gubernamentales los acompañan, vienen de Alemania y Holanda. Son los únicos, la comunidad es muy estricta con las visitas de otras personas. “Somos una comunidad que rechaza la guerra, pero en el 2005 el entonces presidente Uribe dijo que al interior de nuestra comunidad había colaboradores de las Farc, por eso preferimos tener cuidado de las personas que ingresan”.

La semana estuvo agitada. Luis Miguel reconoce que la decoración para la celebración fue un trabajo de todos. Banderas blancas, un poco de pintura a las casas e ir al cementerio a velar por la decoración de las tumbas consumió gran parte de la agenda de esta comunidad que cuenta con una relación unida.

Julio Duque, un cura que los acompaña, asegura que es importante mantener la norma de prohibir la venta de víveres o dar información a bandas criminales o miembros del Estado.

“Debemos celebrar la vida, siempre. No podemos permitir que personas armadas invadan este espacio de paz que de manera tan firme han sostenido los campesinos. Es una comunidad en paz que no quiere saber del conflicto que la rodea”, sostiene.

Siempre con la verdad

“Solo Dios hace justicia. Nosotros vamos a decir la verdad las veces que sean necesarias, creemos en la paz porque donde hay paz puede florecer la vida”.

Las palabras de Brigida González terminan con una gran carcajada. Orgullo, tal vez, de resistir a sus 70 años que aún tengan que estar en medio de la guerra. Sin embargo, esta mujer sonríe y da las gracias a Dios por seguir en pie junto a su comunidad.“Nosotros nos juntamos unos 550 en ese momento –recuerda Brigida–. Firmamos un acta y decidimos convertirnos en Comunidad de Paz. Teníamos que aprender y dar una lección al mundo de que sí se puede hablar de paz en medio de la guerra”.

Durante todos estos años, la muerte de todos sus hermanos le han dolido. Pero Brigida no olvida a su pequeña Elisenia Vargas, la última de sus cuatro hijos, una joven de 15 años asesinada por miembros de las Autodefensas.“Eso fue el 26 de diciembre del 2005 –habla con dolor–, a ella la mataron, según me dijeron, porque estaba en una fiesta con guerrilleros. Pero a mí me quedó el dolor, la muerte de una niña, mi niña, y siempre con la misma excusa: matan unos, que porque estaba con los otros y así sucesivamente”.

Desde muy pequeña, Brigida aprendió a pintar, ha hecho más de 600 cuadros retratando la esperanza, la guerra, a su hija y gracias al apoyo de las ONG ha podido sacar algunas.
“Con las obras no quiero hacerme famosa, quiero que la gente conozca este lugar y se dé cuenta de lo importante de nuestra causa”.

Antes de que termine la jornada, la comunidad se prepara para dar un último comunicado a la opinión pública. Uno que perdure 20 años más de ser preciso, o hasta que el conflicto armado deje de ser esa sombra que los acosa:

“Nuestra resistencia firme ante estrategias y actos tan criminales se ha mantenido incólume a través de estos 20 años –se lee en el comunicado–, así hayamos visto arrancarle la vida a más de 300 hermanos y hermanas de nuestra comunidad y de nuestro entorno y en esa resistencia nos han acompañado y nos siguen acompañando comunidades y personas de diversos países del mundo que se rigen por principios éticos incompatibles con la iniquidad de nuestro Estado. Para ellas y ellos, nuestra perenne gratitud”.

La comunidad sigue resistiendo.

MIGUEL ÁNGEL ESPINOSA
Redactor de EL TIEMPO

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