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Colombia, el pueblo que duerme con un ojo abierto

La poblacion huilense está en una de las zonas más propensas a sismos en el país.

Colombia Huila

Yackeline Castellanos vive junto a la iglesia de Colombia con sus tres hijos. Esto es lo que quedó de su casa.

Foto:

Fabio Arenas Jaimes / EL TIEMPO

18 de febrero 2017 , 11:06 a.m.

La mayoría de los 12.000 habitantes de Colombia, un municipio del norte del Huila que está a dos horas en carro de Neiva, duermen con un solo ojo, las puertas de las casas abiertas y en las mesas de noche no falta el equipo de emergencia: linterna con pilas de repuesto, velas, fósforos y dos celulares cargados.

La puerta abierta no es para sofocar el calor de 36 grados, sino por si tienen que salir corriendo cada vez que el pueblo es sacudido por un temblor de tierra. Los demás elementos han sido de gran ayuda en este municipio que en los últimos 120 días soportó una veintena de sismos, con magnitudes por encima de 5 grados en la escala de Richter.

En este sitio de vegetación desértica, rodeado de montañas repletas de cactus, bañado por los ríos Cabrera y Ambicá, se ven las casas llenas de grietas, algunas con afectaciones moderadas y la mayoría con daños graves en su estructura.

En el parque, las esquinas y tiendas abundan los relatos “de cada noche de sustos”, y en medio de todo, lo que más recuerdan es el temblor de 5,4 grados que los sacudió la noche del 30 de octubre del año pasado, justo en el momento en que el sacerdote Roberto Martínez presidía la eucaristía en la iglesia.

“¡Está temblando, está temblando!”, gritaron al unísono más de 200 feligreses que ese día asistían a la celebración religiosa; pero al sacudón se unió un crujido ensordecedor que bajaba de la cúpula de la iglesia, a unos 20 metros de altura, por lo que en cuestión de segundos el templo quedó prácticamente solo. La mayoría corrió y “todos terminamos de rodillas en el parque, el sitio más despoblado”.

Uno de los que no corrieron fue el sacerdote Martínez, que permaneció quieto en el altar con un copón en sus manos. Tampoco lo hizo el ciudadano Idolfo Díaz, que, por una trombosis que sufrió recientemente, tiene dificultades para mover sus extremidades inferiores.

“A las 7:20 minutos de la noche de ese día, cuando el padre daba el sermón, el piso del pueblo comenzó a mecerse; parecía una hamaca”, afirma Idolfo Díaz, y agrega que, en la veloz carrera por salvar sus vidas, los unos pasaban por encima de los otros buscando la puerta.

“Hoy, nadie quiere ir a misa. Da miedo, pues la cúpula y la iglesia están a punto de derrumbarse”, aseguró Díaz.


Roberto Martínez, sacerdote misionero español de la congregación pasionista, que desde hace tres años atiende la parroquia de Colombia, no tiene por costumbre correr a las calles porque teme la caída de árboles y postes con sus cableados eléctricos.

“Esa noche que celebraba la misa me quedé quieto, pues he creído que correr de manera apresurada y sin saber hacia qué lugar, podría ser más peligroso”, asegura Martínez, a quien le preocupan las grietas en la torre.

Las campanas de la iglesia suenan, pero a la mayoría los detiene el miedo de que otro temblor pueda mandar la cúpula al piso. Walter Zapata, otro padre de la parroquia, considera que cualquier remodelación que se haga del templo debe ser ajustada a normas antisísmicas. A medida que tiembla, las grietas de la torre se van extendiendo, y la situación se ha vuelto crítica. La idea es hacer una estructura fuerte en hierro. “Como todos los días tiembla, ya sea duro o pasito –dice el padre Walter Zapata–, no se ha podido hacer nada en la estructura de la iglesia”.

El comandante Leonardo Lozano, del cuerpo voluntario de bomberos, al que pertenecen otros 12 ciudadanos, recuerda que el 30 de octubre los hijos de esta tierra sacaron cobijas y colchonetas para pasar la noche en el parque, donde las cosas se complicaron por las réplicas “que no pueden faltar mientras la tierra se acomoda”.

“Esa noche –relata–, nadie durmió en su casa, pero lo preocupante es que después de ese temblor han venido otros de alta y baja magnitud que terminan por generar pánico y hasta desmayos en la gente”

Su compañero Abelino Ramírez afirma que, pese a lo complicado que es atender una emergencia de estas características, “los bomberos hemos estado atentos, de día o de noche, a brindar ayuda a todos”. No olvida que uno de los temblores más fuertes de los últimos años fue el que ocurrió el pasado 2 de febrero, cuando el reloj de pared de su casa, que se fue al piso, marcaba las 8:02 minutos de la mañana. Describió el fenómeno como “una sacudida terrible, con gritos y pánico en la gente que corría de lado a lado”.

‘Las calles se mecían’

En Colombia es tanto el temor que Álvaro Herrera, de 78 años, prefiere “dormir con un ojo abierto” y hasta el ruido del motor de una moto lo hace saltar de la cama. “El 2 de febrero escuché rugir la tierra, pero de un brinco traspasé la puerta de mi casa y al instante comencé a ver que las calles se mecían como olas, mientras que hombres y mujeres pedían ayuda”, narra el ciudadano, quien recuerda que auxilió a varias personas “que lloraban y vomitaban”.

No ha sido fácil. Sostiene que una cosa es narrar y otra bien diferente “sentir en carne propia que la tierra se mece de aquí para allá (...). Durante el día permanezco en el parque, aquí ninguna casa nos puede caer encima”, explica Herrera.

A Juan de Dios Palacios y a su esposa, Lucila Reyes, ancianos de 80 años, les ha ido peor. Las grietas los sacaron de la casa en la que han vivido largos años, y por temor a que se caiga completaron más de dos meses durmiendo en la sala de su vecino.

Los temblores les han dejado grietas en la sala, la cocina y hasta en las paredes de la fachada, pero las cosas empeoraron con el sacudón de febrero. Para hacer aún más visible su dramática situación, Juan de Dios mete su mano derecha en una enorme grieta que le da la vuelta a la vivienda de barro, guadua y zinc, los materiales con los que han sido construidas la mayoría de casas del municipio.

“La mano me cabe completica”, muestra, y agrega que, por esa situación, optaron por dormir donde su vecino, “que ha tenido mucha paciencia para aguantarnos”.

Todas las noches es lo mismo. Juan de Dios y su esposa hacen el trasteo de cobijas y colchonetas, y al amanecer regresan nuevamente a su casa “hasta que algún día nos ayuden con cemento, ladrillo y arena para remendar las grietas”.

Florinda Cruz, que el próximo 7 de marzo cumplirá 100 años de vida y se convertirá en el habitante de más edad en Colombia, habla poco, pero cuando se le pronuncia al oído la palabra temblor, al instante dice: “Correr, correr”.

Su hija Clemencia, que ajustó 79, se encomienda a Dios. “Mi mamá es muy pesada, y echármela al hombro es imposible”.

Clemencia trae a su memoria el terremoto del 9 de febrero de 1967, con epicentro en el Huila, que generó afectaciones en otros departamentos. Recuerda que, tan solo en su departamento, más de 1.000 viviendas quedaron destruidas, unas 1.500 semidestruidas y otras 5.000, averiadas.

“Las noticias hablaban de deslizamientos y agrietamiento del terreno en 21 poblaciones de Huila y Tolima. También recuerdo que se presentaron derrumbes y desbordamientos de ríos que taponaron las carreteras”, señala Clemencia, a quien no se le han borrado de su mente “las ondas en el suelo de aproximadamente 50 centímetros de altura”.

Ese día, con su madre, corrieron al parque. “Estamos vivas de milagro, ya que buena parte de la casa se nos vino al piso. El terremoto de 7,2 grados fue a las 10:20 de la mañana, y acabó con todo en Neiva y los municipios”, señala la mujer, quien pide que la ayuden con ladrillo y cemento para remendar grietas.

Verificando en su cuaderno de apuntes, Germán García, de 64 años, no ha tenido recursos para levantar la pared que cayó sobre su cama en una noche de sismos. “De octubre a hoy hemos sido epicentro de cuatro temblores con magnitudes superiores a 5 grados en la escala de Richter y ha habido unos 15 más con magnitudes inferiores a 4 grados”.

Una noche, la tierra comenzó a moverse, por lo que voló a la calle seguido de cerca por su esposa, y en la sala, un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús se desprendió y por poco les cae encima. Al volver a su cuarto, con asombro encontró una pared ‘acostada’ en su cama doble, y entonces dio gracias: “Dios mío, estamos vivos de milagro”.

También se salvó Juan Bautista Castellanos, luego de que parte del techo de su vivienda se vino abajo. Le preocupa que las autoridades han apuntado su nombre en tres listas de damnificados “y hasta el momento no me han dado nada”.

En cambio, Víctor Manuel Cardozo, de 79 años, agradece un auxilio de la Alcaldía por valor de 750.000 pesos para el pago de tres meses de arriendo. Su vivienda, que levantó en 1970 con ahorros de la venta de leña, está en el piso. “El pueblo tiene muchas grietas, unas más pequeñas que otras. Ojalá la Ministra de Vivienda nos dé su mano”, implora.

En un lote de terreno reposan 40.000 ladrillos, y algunos campesinos cargan un camión con destino a una familia de la vereda Potrero Grande; pero hay dificultades porque algunos agricultores no tienen a la mano los 800.000 pesos para asumir el costo del flete, toda vez que esa región está a tres horas de la zona urbana.

“La Alcaldía está entregando combos de 2.050 ladrillos con 46 bultos de cemento, así como varilla y zinc para techar”, dice un agricultor, y añade que con eso levanta dos piezas pequeñas.

“Este ladrillo y el cemento –pide otro damnificado– deberían repartirlo rápido y a todos por igual, sin distingos”.
En veredas como Las Lajas, Zaragoza, Santa Bárbara y El Dorado, entre otras, las cosas también son difíciles por los daños de las viviendas, y muchos ni siquiera conocen que viven en una zona geológicamente inestable.

“Nos dicen que probablemente seguirá temblando y, en esas condiciones, a uno le dan ganas de irse a vivir a otro lado, donde tiemble menos”, señala Margarita, ama de casa. Coincide con ella Germán García, pues considera que a la seguidilla de temblores se añade que el precio de las propiedades en la zona urbana se afectó. Años atrás, una casa de la zona urbana costaba entre 60 y 80 millones de pesos. Hoy, su valor se redujo “tanto, que uno se ofende con las migajas que ofrecen”.

Jackeline Castellanos, de 47 años y madre de tres jóvenes, pasa las noches en vela, pues hay temblores tan fuertes que hasta la nevera se tambalea. Viven sobre los escombros. No tiene un peso para comprar ni arrendar una casa. “La vida nos cambió, pasamos a ser un pueblo de damnificados”, señala esta huilense.

‘La naturaleza se expresa porque es viva’: geóloga Martha Calvache

La directora técnica del Servicio Geológico Colombiano, geóloga Martha Calvache, explicó aspectos sobre la sismicidad en Colombia (Huila).

¿Por qué este municipio ha sido epicentro de una seguidilla de sismos?

La población está ubicada en la cordillera Oriental, que, así como la Central, está en permanente crecimiento. En esa zona tenemos una cordillera activa y cuando se genera un sismo es porque se rompe la corteza que por miles de años ha venido acumulando esfuerzos. La naturaleza se expresa porque es viva y hay procesos que se manifiestan, como, por ejemplo, las fallas que producen sismos y los volcanes que causan erupciones.

¿Qué hacer en el momento de un temblor?

Tener sentido común. Muchos corren a la calle y olvidan que las cuerdas de energía son más peligrosas que los objetos que tenemos dentro de la casa. Lo recomendable es no tener cosas pesadas en sitios altos que nos puedan golpear la cabeza, y muy importante es cerrar la llave del gas. Pero lo que evita una tragedia es que la construcción tenga las condiciones estructurales adecuadas para que no se vaya al piso.

¿Los habitantes pueden estar tranquilos?

La actitud adecuada es conocer el terreno donde estamos viviendo, y ojalá esa información real se transmita a los niños en los colegios.

FABIO ARENAS JAIMES
Enviado Especial

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