Otras Ciudades

Víctima y carcelero de las Farc son ahora entrañables amigos

'Mauricio' abandonó la guerrilla y tomó la decisión por los consejos que le dio el sargento Lasso.

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El sargento César Augusto Lasso (der.) y 'Mauricio', excombatiente de las Farc, apoyan los procesos de perdón y reconciliación.

Foto:

Óscar Bernal / EL TIEMPO

26 de septiembre 2016 , 08:27 p.m.

El sargento mayor de la Policía César Augusto Lasso estaba amarrado con cadenas al cuello y encerrado en un cerco de alambres en las selvas entre Guaviare y Vaupés cuando conoció a quien sería su carcelero por el resto del secuestro, pero que ocho años después, ya en libertad, se convirtió en su amigo.

‘Mauricio’, como era conocido en la guerrilla el joven carcelero, había recibido órdenes de ‘Albeiro Córdoba’, jefe del frente 44 de las Farc, de llevarles la comida a los uniformados secuestrados, alcanzarles el agua y sacarlos a hacer sus necesidades fisiológicas, en medio de extremas medidas de seguridad para que no se fugaran.

En esos cortos momentos en los que estaban solos, Lasso le decía a su carcelero de tan solo 16 años que se escapara de la guerrilla, que la familia lo esperaba para darle un abrazo en el cumpleaños o en la Navidad, y que estudiara. (Lea también: La 'carabinero' que se prepara para la construcción de paz en el Meta)

Ahora, ‘Mauricio’ llega a la casa de Lasso en un conjunto residencial de Villavicencio, se sienta con el policía en la sala y hablan de trabajo, de paz, de reconciliación y solidaridad, principios de Ágape, una fundación que les marcó la vida.

“En Ágape, que significa compartir, hemos aprendido a perdonar, a reconciliarnos, compartimos con víctimas de diferentes circunstancias del conflicto, por desplazamiento, secuestro, desaparición forzada, policías y militares heridos por minas antipersonas y también hombres y mujeres que hicieron parte de la guerrilla o de los paramilitares”, dice Lasso mientras le muestra a ‘Mauricio’ cómo acceder a una aplicación en su celular.

Ágape tuvo su origen en el 2007 en Canadá. Fue una iniciativa de colombianos que llegaron a ese país en calidad de refugiados, perseguidos por grupos armados ilegales o por fuerzas oscuras del Estado.

Alejados de sus familias, amigos y de su tierra entendieron que debían estar unidos y apoyarse emocional y económicamente. A través de talleres y ejercicios de reflexión, las víctimas comparten testimonios reales de esas historias de la guerra que penetran los huesos y el alma, y donde muchos lloran y terminan fundidos en abrazos, seguidos de manifestaciones de perdón y reconciliación. (En video: Carlos Santacruz, desplazado por las Farc, habla de su historia y qué espera del país tras las negociaciones)

“Hay momentos muy duros y difíciles. Como el de una mujer que perdió a su hermana y otros seres queridos a manos de las Farc, por lo que sentía mucho odio, pero luego de escuchar la historia de un exguerrillero que también sufrió la pérdida de su familia, ella lo perdonó”, recuerda el uniformado.

“La primera vez que fui a una reunión de Ágape no pude soportar el sufrimiento de una madre contando cómo perdió a sus hijos, me sentí mal porque hice parte de esos grupos que causaban tanto dolor, pero allá me acogieron, me dieron ánimo”, dice ‘Mauricio’.

Lasso fue secuestrado en 1998, en la sangrienta toma de Mitú, y pasó 13 años, 5 meses, 1 día y 14 horas cautivo en la selva, y hoy, cuatro años después de su liberación –fue entregado a una misión humanitaria–, se siente afortunado y le da gracias a Dios porque selló su dolor y salió con vida a recuperar el amor de su esposa y sus tres hijos. Lo único que aún lo acongoja es el drama que aún viven compañeros de vivencias de Ágape porque no saben dónde están sus padres, esposos, hermanos o hijos, desaparecidos en el conflicto.

Lo que necesitamos es perdonarnos, ayudarnos, reconciliarnos y salir adelante, redireccionar nuestras vidas y ser solidarios, porque yo tengo mi trabajo, pero ellos no paran de sufrir y muchos tienen que pedir la ayuda del Estado, como si fuera limosna”.

Lasso y ‘Mauricio’ se volvieron a ver en el 2014, en Villavicencio, por esas casualidades de la vida. Uno seguía siendo policía y el otro, tras 11 años en la guerrilla, buscaba trabajo en la capital del Meta y se encontró con el intendente Wilson Rojas, compañero de secuestro de Lasso.

El joven guerrillero había escapado dos años atrás junto con su compañera en Caño Jabón, en Mapiripán. En esa decisión tuvieron mucho que ver los consejos que el policía le daba a escondidas sobre las ventajas de dejar la guerra.

“Rojas creyó que yo todavía estaba con esa gente (la guerrilla), pero cuando le dije que me había desmovilizado se puso muy contento y me contactó con Lasso y con (el sargento) Libardo Forero. Ahora somos los mejores amigos”, asegura el exguerrillero.

Lasso recuerda que en medio de la angustia del secuestro, ‘Mauricio’ siempre vio el lado humano de los policías y militares, y los defendía de las agresiones de otros guerrilleros. “No fui jodido con ellos. Había otros que los amenazaban con el fusil, pero yo les decía para qué amenazan a unos pobres amarrados, amenacen a los militares que nos están buscando”, comenta.

Mientras se dan la mano para despedirse, ‘Mauricio’ le pide el favor al sargento que le preste dinero para la gasolina de la moto, está sin un peso y no le han pagado en la obra. Lasso saca de su billetera 10.000 pesos y le dice: “Tranquilo mijo, después me los paga”.

MIGUEL HERRERA ARCINIEGAS
Corresponsal EL TIEMPO

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