Otras Ciudades

Cartagena: ciudad Eréndira II

'El personaje de Gabo de una niña prostituida por su abuela es una metáfora certera de lo que pasa'.

Cartagena

Hay sectores de la ciudad Heroica que en las noches se llenan de prostitutas, proxenetas y clientes.

Foto:

Manuel Pedraza / AFP

09 de abril 2017 , 02:34 a.m.

Hace 20 años, el 7 de septiembre de 1997, publiqué en el diario EL TIEMPO un largo artículo (que fue carátula en sus ‘Lecturas Dominicales’), sobre la preocupante situación de Cartagena de Indias –ciudad a la que me había trasladado en 1994 y lo llamé ‘Cartagena: Ciudad Eréndira’. EL TIEMPO decidió cambiarle el título por otro más suave aunque igualmente crítico: ‘Cartagena, la malquerida’.

Ese año ocurren varios hechos significativos para el país y la ciudad: se crea el Ministerio de Cultura, en cuya construcción participo como subdirector de Artes en la desaparecida Colcultura, dirigida por Ramiro Osorio, primer ministro del sector. En Cartagena se reinaugura el único teatro de la ciudad: el Heredia, que había estado cerrado y sumido en el más completo abandono por casi 30 años. El economista Alberto Abello, junto con otros investigadores y con el apoyo de Colciencias, funda el Observatorio del Caribe, un centro de pensamiento en torno a las problemáticas de la región. Un par de años antes, Gabriel García Márquez había creado su Fundación para un Nuevo Periodismo Latinoamericano, liderada por otro Abello, el gran Jaime, discípulo predilecto de Gabo. Para la misma época el connotado historiador Alfonso Múnera lanza su Instituto de Estudios del Caribe, adscrito a la Universidad de Cartagena. El Colegio del Cuerpo (eCdC) nace también en el 97 –unos días después de la publicación de este artículo–, fundado por quien escribe estas líneas, con la bailarina, coreógrafa y pedagoga francesa Marie France Delieuvin. Se llevan a cabo en los años 98 y 99 las dos ediciones del Festival de las Artes Memoria e Imaginación, organizado por eCdC, evento precursor de los festivales que surgirían años más tarde.

Con el provocador título de ‘Ciudad Eréndira’, había querido sacudir las conciencias de los responsables del lamentable estado de cosas que había encontrado al instalarme en la ciudad de mis padres. Eréndira, el personaje de Gabo, la niña prostituida por su abuela, se me antojó como una metáfora potente y reveladora de lo que ocurría en la Cartagena de ese momento: la ciudad aún en ruinas y feriándose al mejor postor; los índices de turismo sexual infantil disparados y superando los de Tailandia; la miseria rampante y flagrante en las zonas de “pobreza histórica”; los “nuevos pobres” –los desplazados de la violencia– llegando a raudales a engrosar los cinturones de miseria en los barrios de invasión de la periferia. El panorama no podía ser más desolador.

Hoy, dos décadas más tarde, releo esta triste crónica y con preocupación constato que, si bien la ciudad ha dado unos pasos significativos en la definición de su perfil como un destino cultural para algunos eventos de nivel mundial (Festival de Cine, Hay de Literatura, Festival de Música, Bienal de Artes, entre otros), como lo habíamos pronosticado y deseado en el artículo de marras, algunos de los problemas enunciados no solo siguen igual, sino que se han agravado. Hace un par de días, saliendo de un restaurante en el centro histórico, atravesamos con unos amigos cerca de la medianoche, la emblemática plaza de los Coches. Alguien, ante el deprimente espectáculo que allí encontramos, con humor trágico y procaz dijo: “Habría que cambiarle el nombre a esta plaza por el de ‘plaza de los Chochos’”, tal era el número de prostitut@s, proxenetas y clientes que pululaban en un entorno de decadencia, vulgaridad, suciedad y debacle generalizada e indescriptible.

Hacía mucho tiempo que no me paseaba a esas horas por la ciudad amurallada. Hace unos años decidimos trasladar El Colegio del Cuerpo hacia la zona norte, la nueva ciudad, “la ciudad soñada”, como la llaman algunos ‘developers’... Hoy siento que nuestro trabajo con los niños y jóvenes de estas localidades semiurbanas o semirrurales es más gratificante. De un cierto modo están menos contaminados... más alejados de la pústula, a pesar del abandono y la desidia estatales en que viven estas comunidades, que deberán verse beneficiadas por los nuevos desarrollos privados multibillonarios.

Debo decirlo con todas las letras: lo que vimos y vivimos hace un par de días en una de las puertas y plazas principales de la ciudad, patrimonio cultural e histórico de Colombia y de la Humanidad, ¡fue absolutamente asqueante! No solo es un juicio moral o ético: es además estético.... Todas las ciudades del mundo tienen zonas de tolerancia. Males necesarios para desfogar la perversa e indomable naturaleza humana. Lo que es inadmisible, en el caso de Cartagena, es que a escasos metros de la sede de la Alcaldía se toleren esta decadencia y esta desvergüenza. Cartagena de Indias o de Putas; Centro Histórico o Centro Histérico; Corralito de Piedra o Corralito de Mierda; Ciudad Heroica o Ciudad Erótica; Cartagena o Kafk/ajena... ¿Cuántos epítetos más –degradantes y humillantes– soportará esta ciudad sufrida, una de las más segregadas, excluyentes, violadas, desgarradas y “malquerida” del país, para utilizar el adjetivo con que EL TIEMPO rebautizó mi artículo?

Este texto de hoy lo escribo con la autoridad, la experiencia y el dolor de quien ha trabajado todos los días –durante los últimos 20 años– con más de 8.000 niños y niñas de los sectores más vulnerables de esta urbe. Y puedo afirmar, sin temor a exagerar, que en esta, la ciudad del ‘apartheid’ silencioso y soterrado, existen los seres más hermosos y talentosos que he conocido en esta vida mía que empieza, a mis casi 60 años, a ser larga.

Estoy convencido de que estos seres a quienes, como sociedad, todo hemos arrebatado y negado pueden convertirse en auténticos portentos humanos si les ofrecemos oportunidades de descubrir y potenciar esos talentos. Así lo he comprobado con múltiples ejemplos humanos, palpables –con nombre y apellido– a lo largo de estos años. Sin embargo, las Eréndiras y los Eréndiros que como sociedad hemos engendrado –obligados a vender y a vejar sus cuerpos prodigiosos– son la peor de las infamias que comete esta ciudad infame.

¿Por qué nos queremos tan mal como sociedad? ¿Por qué nos despreciamos tanto los unos a los otros? ¿Por qué el color de la piel y la procedencia sociocultural/económica siguen siendo factores determinantes y fatales para permitir o no el acceso a la dignidad humana? Esta guerra horrenda de más de medio siglo nos ha enseñado a irrespetarnos y a violentarnos: a violarnos los unos a los otros sin compasión. La educación, el arte y la cultura –lo dice un artista educador con muchas horas de vuelo en estas lides– son herramientas poderosísimas para acceder a la dignidad perdida: la de los que todo tienen y la de los que nada tienen, los dos igualmente desprovistos y víctimas de los antivalores con que nos bombardean a diario.

Una nueva noción de riqueza es lo que debemos proponerle a nuestra sociedad en su conjunto
: basada en el ser y en el hacer más que en el tener. Una revolución educativa, a través de los valores que nos transmiten y afianzan la Cultura y el conocimiento creativo que nos aporta el Arte, herramientas muy potentes que hemos desaprovechado durante mucho tiempo.

La costa Caribe –hoy costra caribe– es una mina de oro inagotable en música, danza, narración corp/oral y escrita. Gabo, nuestro volcán y el mejor ejemplo del talento surgido de la entraña de la Colombia humilde y profunda, lo predijo: “(...) si canalizamos hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia (...), tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra (....)”.

La Eréndira de la que hablé en 1997 ya no es una niña: es una mujer hecha y derecha –casi una vieja– a quien será cada vez más difícil restaurar su dignidad, si no aprovechamos los nuevos vientos de pacificación y reconciliación que hoy soplan –por fin– en nuestro país.

ÁLVARO RESTREPO*
Especial para EL TIEMPO
* Bailarín, coreógrafo, pedagogo. Director de El Colegio del Cuerpo en Cartagena de Indias. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2007

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