Medellín

Verano 1993: En la piel de los niños

Una película apasionante en que la infancia toma un papel preponderante. 

Verano 1993

La cinta es visualmente exquisita y transmite en cada plano, cercanía, espontaneidad y belleza.

Foto:

Cortesía producción

20 de abril 2018 , 11:15 a.m.

Francois Truffaut decía que los niños tienen el corazón blando y la piel dura. Y que los adultos, por el contrario, al perder la inocencia y la espontaneidad endurecen el corazón y su piel se hace blanda.

Al ver la película Verano 1993 es imposible no pensar en Truffaut y en la importancia de los niños en su obra. El maestro francés reclamaba más películas sobre ellos, pues consideraba que en relación con la importancia, en la vida real, el niño desempeña un papel ínfimo en el cine.

Verano 1993 es el debut de la catalana Carla Simón que llama la atención por el tema y por el riesgo: Una apuesta sentida y muy personal sobre la infancia. Obtuvo, entre otros, el premio a Mejor ópera prima en el Festival de Berlín y mejor dirección novel en los Goya.

La cinta es visualmente exquisita y transmite en cada plano, cercanía, espontaneidad y belleza. Las escenas en las que interactúan las dos niñas son de una autenticidad desarmante.

La protagonista es Frida, una niña huérfana de seis años (Laia Artigas). La película describe con delicadeza y naturalidad su comportamiento con los adultos y la relación con Anna (Paula Robles), la pequeña prima.
Frida acaba de perder a su madre. No le dicen de qué muere, sólo ve que los adultos van y vienen y que su mundo sufre un cambio abrupto y total. Aprende muy pronto que la vida no es fácil, que es dura.

Se trataba de explorar las cosas de una manera muy profunda y hablar de los personajes de forma compleja

De Barcelona se traslada al campo con una nueva familia, la de su tío. Allí la vida parece transcurrir en aparente normalidad, pero el duelo que vive se expresa de distintas maneras, a través de pataletas, celos, silencios e, incluso, crueldad.
Retratar el mundo infantil no es tarea fácil. Casi siempre se cae en el sentimentalismo y en la manipulación, pero la directora evita las trampas y cualquier afectación y complacencia.

La película no ofrece una visión simplista ni idílica de la infancia. Por el contrario, se acerca con gran realismo y sinceridad al tema. Verano 1993 mira a través de los ojos de esta niña, de piel dura, para experimentar la soledad, la rabia y el miedo.

Esa conexión tan íntima que establece la historia se entiende, aún más, al saber que la película es una ficción autobiográfica. En el personaje de Frida está retratada la propia directora, quien sufrió la muerte de su madre cuando era niña.

Tal cercanía permite (como expresa Carla Simón): “explorar las cosas de una manera muy profunda y hablar de los personajes de forma compleja. Pero, también, había que encontrar la distancia justa para contar la historia y lograr que la película fuese una película y no mis recuerdos exactos”.

Martha Ligia Parra
Crítica y columnista de cine
EL TIEMPO​

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