Medellín

Así me fue en un día arreglando cadáveres

Tanatología es preparar a los difuntos para que sus familias los vean antes de darles sepultura.

Tanatología  en Medellín

El último paso de la tarea es maquillar, restaurar y peinar a los difuntos antes de entregarlos a las familias.

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Archivo EL TIEMPO

07 de mayo 2018 , 11:01 a.m.

Una aglomeración de hombres con esmoquin negro caminaba de un lado a otro, entre carrozas y cofres. Pasé por entre ellos y llegué a la puerta metálica con ventanas. Me puse un tapabocas y una bata de plástico. ‘Bienvenida’, me dijo Carlos Ardila, el jefe del laboratorio de la Funeraria San Vicente. Pasé la puerta y allí estaban ellos: hombres y mujeres maestros de la tanatología.

La tanatología se vincula a la tanatopraxia, que es la práctica que se lleva a cabo sobre un cuerpo sin vida para restaurarlo y conservarlo. En este caso, el especialista aplica sus conocimientos para concretar la voluntad del difunto o los pedidos de sus seres queridos.

Una fila de cuerpos inertes está a lo largo de la sala. Uno para cada tanatopractor, que son meticulosos, ágiles e imperturbables, mientras llegan una y otra vez dos hombres cargando un cuerpo y diciendo: ‘siguiente’.

Carlos me presentó a todo su equipo: un odontólogo, una mujer que estudia Filosofía y Letras, otra cosmetóloga y a Carlos Andrés, quien tiene disfunción auditiva y de fonación.

El último que me presentaron fue a Fabián Sierra, el mejor enseñando, según Carlos. Cuando estaba ya sola al lado de Fabián, quien trabajaba junto a su practicante Cristina, en la mitad del proceso de preparación de Guillermo, un hombre de unos 62 años que había muerto por causa natural. Me quedé observando con mi libreta mientras caían salpicaduras de agua y sangre en mi bata.

Cada cuerpo debe tratarse con mucho respeto, así como queremos que nos traten a nuestros seres queridos. Esto es blanco o negro, o te enamora o aterroriza

Concentrado y haciendo a veces chistes, Fabián me contó de su encuentro con este oficio. Tiene 40 años y lleva 21 en la profesión, hizo parte de la segunda promoción de tanatólogos del Tecnológico de Antioquia. “Fui con una amiga por curiosidad y aquí estoy, también fui bombero. Como que siempre me gustó la adrenalina”, me decía mientras movía la cánula dentro del estómago de Guillermo.

Cada tanatólogo lleva un estilo de vida distinto. No hay cualidades específicas que los relacionen. En el caso de Fabián, la experiencia y los años lo han acostumbrado a los olores, a la sangre y a todas las sensaciones que se desatan.

“Cada cuerpo debe tratarse con respeto, así como queremos que nos traten a nuestros seres queridos. Esto es blanco o negro, o te enamora o aterroriza”, dice Fabián, a la vez que explica que la misión de los tanatólogos es darles a las familias de los fallecidos un trato digno y una presentación agradable de sus familiares.

“Uno se acostumbra a la muerte, que es algo normal. La gente cree que uno se vuelve de roble, pero nos volvemos más sensibles, valoramos más la vida”, dice Cristina, la practicante de Fabián.

Tanatología  en Medellín

Las familias piden cómo quieren que se vean sus familiares antes de darles cristiana sepultura. En el laboratorio siguen sus indicaciones.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Los tanatólogos de la funeraria preparan tres o cuatro cuerpos al día. Sin embargo, los hombres encargados y Medicina Legal entraban constantemente con otro caso. El procedimiento, para muerte natural o violenta, es semejante: se desintoxica el cuerpo, se acomodan las facciones, se afeita, si es requerido. Después se retiran las vísceras, se sellan las incisiones y, por último, se elige la vestimenta y la aplicación cosmética. Finalmente, lo ponen en un cofre. A Guillermo le estaban ya terminando las incisiones.

“Hay gente que cuando ve a la persona, insiste en que no es esa, y luego resulta que no lo habían visto hace cinco años y, claro, la persona no se va a ver igual”, cuenta Fabián, al tiempo que interrumpe para contestar al teléfono: ‘Buenas, ¿cómo le va señora?, ¿el cabello para atrás y con gomina? Listo. A la vez que Fabián le explicaba a su practicante, yo miraba a los otros miembros del equipo, entregados al cuerpo que les correspondía. Unos sacaban vísceras, otros peinaban cabellos y, a ratos, uno que otro reía para no hacer el ambiente tensionante.

Luego, entró uno de los hombres con traje negro y preguntó: “¿Quién tiene a doña Margarita, compra extra o normal?”. De inmediato, me llamó la atención la pregunta. Cristina me sonrió y me dijo: “Eso significa que si la persona es muy grande requiere un cofre con tamaño extra, pero si es normal, uno convencional”.

Yo he preparado más o menos 3.000 cuerpos a lo largo de mi vida

Yo he preparado más o menos 3.000 cuerpos a lo largo de mi vida, pero uno de los más duros fue el de una niñita que había sido abusada y asesinada por su padrastro. No pude reconstruirla completamente, por más que lo intentara y quisiera. Son cosas que uno lamenta de no haber podido hacer por la persona”, me contaba Fabián, mientras me mostraba cómo unía los pliegues de la piel de la incisión que daba vista a la arteria carótida, con pega loca, para que se vea más bonito, como dice él.

El trabajo del tanatólogo no se queda solo dentro de la sala de preparación. La parte más importante es afrontar a las familias cuando ven a su ser querido y prepararse para todo el ritual de velación.

“Los momentos más sensibles para uno son cuando la persona fallece, cuando retiran el cuerpo ya listo y cuando la familia ve por primera vez el cofre. Cada vez nos entregamos más para que la familia recuerde a su ser lo más parecido posible a como era en vida. Por cierto, usted tiene el porte para ser vitrina”, me dice, y se ríe a carcajadas, refiriéndose a las mujeres de tez blanca y cabello oscuro que conforman el cortejo para hacer la marcha fúnebre en el momento de velación.

Los cuerpos que veo tienen una indicación específica: vestimenta, maquillaje, rostro y cabello. A Guillermo le pulieron las cejas y le peinaron el cabello hacia atrás, tal como lo habían pedido. Los hombres seguían entrando, observando mi cara de asombro y mi aspecto de principiante asustadiza. Fabián ya no tenía un aprendiz sino dos, a diferencia de que yo le hacía una pregunta cada minuto.

Los momentos más sensibles para uno son cuando la persona fallece, cuando retiran el cuerpo ya listo y cuando la familia ve por primera vez el cofre

Después de bañarlo bien, Guillermo estaba listo para ser vestido. Le habían enviado una camisa de cuadros, un pantalón azul y medias del mismo color. Casi terminaban, ahora seguía el maquillaje. Ceras para reconstruir narices y orejas, restauradores, bases, polvos, rubores, correctores, aerógrafos, esmaltes, pestañina, entre otros cosméticos, llenaban la variada caja del maquillaje. Existe también un maquillaje fúnebre altamente oleoso. Pero, como aclara Fabián, debería usarse siempre el maquillaje del mercado porque así se logra dejar a la persona más similar a como fue en vida.

Con un poco de base, labial color piel y pega para sus labios culminó el proceso del señor Guillermo. Entraron su cofre, de color madera oscura. Fabián me pidió el favor de que sostuviera la tapa mientras él y Cristina acomodaban al fallecido. Los tres observamos la cara del hombre por última vez. Yo, en el fondo, le agradecí por permitirme presenciar su preparación digna para su eterno descanso. Finalmente, empujé el cofre con Fabián y lo subimos a la carroza fúnebre.

Fabián y Cristina se mostraban cansados. Yo, con ansias por quedarme, debía irme, el equipo me había regalado suficiente tiempo. Todos, concentrados en su cuerpo como si fuera una pieza maestra para esculpir, me dijeron adiós. De paso a la salida observé una de las familias de los fallecidos aún en la sala, a la espera del momento para verlo. Al salir a la calle, respiré profundo y observé caminar a la gente, tan afanada con sus vidas y sin darse cuenta de que por ese segundo, aún seguían vivos.

Laura Valentina Suárez
Para EL TIEMPO
Medellín

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