Medellín

En Dabeiba, víctimas, Farc y comunidad dan ejemplo de convivencia

Aunque había desconfianza, ahora van a la misma escuela, pintan juntos las fachadas y juegan fútbol.

Yolanda Calle

Yolanda Calle llegó a la guerrilla cuando tenía 11 años. A los 9 vio cuando paramilitares mataron a garrote a un hermano.

Foto:

Jáiver Nieto Álvarez / EL TIEMPO

17 de abril 2018 , 03:18 p.m.

Cuando Yolanda Calle cumplió 11 años de edad ya formaba parte de las Farc; le dio su virginidad a un guerrillero y quedó en embarazo a los 15 años. Decidió tener el bebé y regalárselo a una familia desconocida, era eso o llevarlo a la guerra.

“En la selva yo no podía cargar un morral, un fusil y, al mismo tiempo, un bebé. Tuve la opción de abortar, pero no quise, aunque estábamos en un año violento (2004), entonces los comandantes me dejaron tenerlo y me ayudaron a buscarle una familia”, narra ella.

Yolanda es parte de los 12.260 exguerrilleros de las Farc que dejaron las armas a mediados del 2017 tras el proceso de paz con el Gobierno, y actualmente vive en la vereda Llano Grande de Dabeiba, Antioquia, uno de los 26 espacios territoriales de capacitación y reincorporación (ETCR) de la antigua guerrilla.

Los comandantes me dejaron tenerlo y me ayudaron a buscarle una familia

Gracias al proceso de paz encontró el amor de su vida, quedó de nuevo en embarazo, conoció al hijo que había entregado hacía 14 años y vio a su familia después de 18 años, tiempo que pasó en la guerrilla sin comunicarse con nadie. Sus padres la creían muerta.

La paz de las Farc con el gobierno de Juan Manuel Santos no solo le devolvió a su familia, que la visita una vez al mes, sino que ahora, a sus 30 años, aprendió a sumar, restar, leer y escribir.

Yolanda siente que ahora tiene un esposo que la ama, podrá criar a su bebé y recuperar a su hijo mayor. Ella es líder en la zona de reincorporación de Llano Grande. Dice que hay dos cosas que nunca va a olvidar: el día que conoció al hijo que había entregado y su primera reunión con la comunidad de la vereda.

En los dos casos pensó que habría rechazo hacia ella, y la vida le demostró que no. “Cuando conocí a mi muchacho, él me dijo que estaba feliz de tener dos mamás. Sentí una alegría muy grande al escucharlo, tenía miedo de que me odiara; él nunca me había visto y me reconoció como a su madre. Me dijo que no le di leche ni lo vi crecer, pero que se alegra de que no lo llevé a la guerra”, cuenta Yolanda.

Al igual que a ella, a los campesinos de Llano Grande también les ha cambiado la vida tras el proceso de paz con las Farc. Hace más de un año, antes de ser vecinos de la exguerrilla, ellos no tenían acceso a salud, a educación superior ni a proyectos productivos.

La escuela solo abría sus puertas para 20 niños y ahora las abre para 72. En el mismo salón estudian desplazados, huérfanos por el conflicto e hijos de desmovilizados. Con el desarme de las Farc, el país miró hacia esa zona, donde el conflicto armado había desplazado a casi toda la población en la década de los 90.

Por su ubicación estratégica, en la carretera al mar, la vereda Llano Grande, conocida como ‘la puerta de Urabá’, fue disputada por todos los grupos armados: Farc, Eln y los paramilitares.

Está a una hora del casco urbano del municipio de Dabeiba, occidente de Antioquia, que tiene 30.000 habitantes, de los cuales 18.296 (60 por ciento) son víctimas del conflicto armado, según cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En la vereda Llano Grande viven 300 campesinos, casi todos desplazados, y 235 excombatientes, quienes con sus familias suman 285 personas, entre ellas 89 mujeres y 50 niños.

Llano Grande

En Llano Grande, a una hora de Dabeiba, los exguerrilleros también tienen almuerzos comunitarios con los vecinos.

Foto:

Archivo particular

La hora de la reconciliación

Carmen Tulia Cardona, quien perdió a su esposo a manos de las Farc y fue desplazada por esta guerrilla en los años 90, da fe de la reconciliación que se vive en Llano Grande. Casi tres décadas después, ella pudo perdonar, y como muestra de ello prestó el terreno donde se instaló la zona para la entrega de las armas de las Farc y la reincorporación de exguerrilleros a la vida civil.

Al principio dudó, pero finalmente cedió el predio de 10 hectáreas para que el “país cambiara” y sus nietos no vivieran la misma guerra que le tocó a ella. “Hoy sembramos y oramos juntos (víctimas y exguerrilleros), estudiamos en el mismo salón y tomamos desde un tinto hasta decisiones que beneficien a la vereda. Nunca creí que esto pasaría, pero está pasando, y es un nuevo comienzo”, agrega Carmen Tulia.

Ese espacio de reincorporación de la exguerrilla de las Farc no está lejos de la comunidad. Se hallan a escasos 500 metros unos de otros, pero no hay barreras que los separen.

Víctimas y excombatientes van a la misma escuela, biblioteca, salón comunal, tienda y al mismo centro de salud.

Campesinos, exguerrilleros, soldados y policías, quienes en el pasado eran enemigos, comparten la única cancha de fútbol. Incluso se unieron para recoger fondos y construir un salón infantil. Juntos pintan las fachadas de la escuela y las viviendas, mejoran caminos veredales, la cancha deportiva y las huertas.

La zona de reincorporación tiene 247 casas prefabricadas, hechas por los exguerrilleros, donde cada persona vive en 24 metros cuadrados. Las viviendas están rodeadas de cultivos y pasto, y en la montaña resalta la silueta pintada del antiguo comandante de Urabá, Jacobo Arango, exjefe del frente 5.° de las Farc, quien murió junto a otros cinco guerrilleros en un operativo del Ejército en el 2013.

El presidente de la junta de acción comunal de Llano Grande, Luis Gonzalo David, desplazado por las Farc cuando había guerra, cuenta que antes de que instalaran la zona de desarme sentían miedo, sobre todo por la convivencia que tendrían víctimas del conflicto y desmovilizados. “Al principio fue difícil, pero con el tiempo tejieron lazos, se construyó confianza”.

Devanna de la Puente, asesora de género de la Misión de Verificación de la ONU –que hace seguimiento a las garantías para la reincorporación de las Farc–, explica que hay “muy buena articulación con los campesinos y disposición para dialogar y construir un espacio común en beneficio de todos”.

Liderazgo de las mujeres

Yolanda es una de las líderes de la exguerrilla que han sido importantes para el proceso de reconciliación con la comunidad. Con siete meses de embarazo, todos los días se levanta para cuidar 200 gallinas y 20 marranos de Llano Grande, dos proyectos productivos para el autoconsumo que les dio el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud).

Ella también siembra plátanos, fríjoles, yuca y maíz con los campesinos de Llano Grande que una vez sufrieron por las acciones militares del frente guerrillero al que ella pertenecía.

Precisamente, la ONU destaca el liderazgo de las mujeres en la aplicación de los acuerdos de paz con las Farc. “Colombia debe sentirse orgullosa de la importancia que se ha dado a las mujeres en el posconflicto”, dice la asesora de la ONU en temas de género.

Dabeiba es una muestra de ese enfoque de género, pues hay comunicación y unión entre campesinas y excombatientes.

Colombia debe sentirse orgullosa de la importancia que se ha dado a las mujeres en el posconflicto

Las mujeres tienen su propia estrategia de reincorporación, elaborada por el Comité de Género de las Farc, y ellas mismas deciden qué quieren y proponen ideas.

Yolanda nació en el seno de una familia campesina de Argelia, en el oriente de Antioquia, y con tan solo 9 años vio cuando paramilitares mataron a su hermano mayor, Óscar de Jesús, a punta de garrote. “No quise estudiar, preferí irme para la guerrilla; a mi familia y a toda la vereda las desplazaron, en ese conflicto murieron tres hermanos, entonces quería vengarme”, confiesa.

A los 10 años, ella misma buscó a la guerrilla y pidió ingreso, pero le dijeron que volviera cuando cumpliera 11 años, y así fue. En el 2000 ingresó al frente 47, donde la entrenaron, y luego la mandaron al frente 34, en Dabeiba.

Ahora espera con ilusión al nuevo hijo, que nacerá el 27 de abril, para darle el calor de mamá y el futuro que se merece, lejos de la violencia.

A ella, al igual que a millones de colombianos, la guerra le quitó mucho, le tocó ver morir familiares, enterrar compañeros y amigos de la guerrilla. Lo de menos era dormir con ropa empantanada, pasar hambre y cargar su morral al hombro para caminar días enteros. “En la guerra pasé días muy duros; después de entregar mi fusil no volveré a coger un fierro, aquí tengo una vida tranquila y feliz; fui capaz de perdonar a quienes lastimaron a mi familia y de perdonarme a mí misma por tanto daño que hice”, concluye Yolanda.

DEICY JOHANA PAREJA M.
DABEIBA, ANTIOQUIA
ENVIADA ESPECIAL DE EL TIEMPO

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA