Medellín
paz con las farc

El exguerrillero del Epl que padeció la guerra con las Farc

El político Mario Agudelo recibió un libro bomba que mató a su hijo. Hoy ayuda a desmovilizados.

Mario Agudelo

El 27 de abril de 1996, un año antes de la muerte de su hijo, el exdirigente del Epl fue objeto de un atentado.

Foto:

Javier Agudelo - Archivo / EL TIEMPO

04 de mayo 2017 , 11:49 a.m.

Mientras Pedro León deslizaba sus dedos en la pasta del libro de medicina que su padre, Mario Agudelo, le acababa de regalar, apareció un destello de luz. Emocionado lo abrió para ojearlo, pero su cuerpo voló en pedazos. No quedó nada del comedor donde estaba sentado ni de los ventanales del frente.

Su primo Erney Castaño describió que esa pequeña luz salió del interior de las páginas. Él, que resultó herido, fue el único que lo vio morir. Juntos compartían la cena, Pedro la dejó a medias para abrir el libro.

En el momento de la explosión, a las 7 de la noche del 14 de abril de 1997, Mario se cambiaba de ropa; María Echeverri, la madre, descansaba en su cuarto, y Natalia, su hermana menor, estaba en el colegio.

María exclamó: ¡Mataron a Mario, mataron a Mario! Corrió hacia el comedor y encontró a su hijo boca abajo sin su pie izquierdo ni sus manos. Al voltearlo, vio que tampoco tenía su pecho ni su abdomen. Mario ya estaba ahí, observando desconcertado el cadáver de su muchacho. No podía creer que el libro que le había regalado hace unos minutos era un libro bomba.

“¡Era un libro bomba! Anduve con este por más de seis horas, lo mandé a la seguridad privada de la Gobernación de Antioquia para que lo revisaran, así como todo lo que me llegaba a la oficina, y me dijeron que no era peligroso”, recuerda.

Después del accidente, pensó: lo enviaron las Farc. Esa guerrilla lo había sentenciado. La orden de los comandantes era que en menos de un mes tenía que estar bajo tierra. Estaba preparado para morir, pero no para enterrar a su hijo de 17 años.

Mario, sobreviviente de un genocidio similar al de la Unión Patriótica, despidió a 385 de sus compañeros, asesinados entre 1991 y 1996, tras la desmovilización de la guerrilla del Ejército Popular de Liberación (Epl), a la que él y su esposa pertenecieron durante 13 años.

Un año antes de la muerte de Pedro, el 27 de abril de 1996, el exdirigente del Epl recibió un atentado
. Miembros de las Farc lanzaron una granada a un bar en Apartadó (Urabá), donde él se encontraba reunido con amigos. En la explosión perdió la vida una joven de 25 años, mientras que él sufrió heridas en sus piernas. Otras seis personas resultaron lesionadas.

Hubiera preferido no sobrevivir al segundo atentado, del que fue víctima su hijo. Ese día en la mañana recibió una encomienda en su oficina de la Asamblea de Antioquia, de la que era diputado. Leyó el nombre del remitente, un tal Carlos Mario Granada. Tuvo un mal presentimiento. “Granada, algo cínico, un nombre figurado”, recuerda.

Al desenvolver el paquete, tomando todas las precauciones, vio que era un libro que se titulaba: ‘Medicina, ética y moral’. Pensó en regalárselo a su hijo, quien soñaba con estudiar Medicina y se preparaba para el examen de admisión de la Universidad de Antioquia.

Lo transportó en su carro desde el centro de Medellín hasta Bello. “Llevar el libro a la casa fue algo noble de mi parte y cuando uno obra de buena fe, no puede sentirse culpable”, dice.

Para Mario estaba claro que la persecución de las Farc y de una disidencia del Epl, que se resistió a dejar las armas, era despiadada.

Recuerda que el horror vino luego del 1.° de marzo de 1991, cuando 2.200 combatientes del Epl, 500 de ellos de Urabá, entregaron sus armas y formaron el movimiento político Esperanza, Paz y Libertad.

A los ‘esperanzados’ –como les llamaron a los reinsertados y que fueron declarados objetivo militar por las Farc– les tocaba dormir en un hotel en Apartadó (Urabá), custodiado por la Policía.

Era tanto el temor que los desmovilizados evitaban recorrer más de 300 metros. Caminaban solo desde la sede del movimiento político al hotel. Así vivieron por más de tres años. “A los compañeros que cometieron el error de irse para la casa a visitar a sus familias los mataron”, describe.

Al comienzo esa sede se convirtió en un refugio, después, en una sala de velación. Había semanas en las que allí tenían hasta cuatro ataúdes.

En el Urabá antioqueño ellos fueron víctimas de 14 masacres, 385 asesinatos y 763 ataques, entre atentados, desplazamientos forzados y amenazas. Igualmente, se registraron más de 2.000 ataques contra sindicalistas y campesinos que los apoyaron.

A los compañeros que cometieron el error de irse para la casa a visitar a sus familias los mataron

La persecución de las Farc contra el Epl empezó en 1978 por el hecho de que el guerrillero Bernardo Gutiérrez, del frente quinto de ese grupo, se pasó para el Epl. “Lo consideraron un traidor, y a nosotros, unos usurpadores, que hacíamos un trabajo que históricamente era de ellos”, cuenta el exguerrillero.

Ese año, el Ejército Popular de Liberación llegó a la zona bananera del Urabá, reactivó el sindicalismo, invadió tierras de ricos así como del Gobierno para repartirlas a los pobres y recibió el apoyo de muchos campesinos. Entonces cuando las Farc llegaron, las dos guerrillas empezaron una competencia sin tregua por el control territorial.

En esos tiempos nació Pedro. A Mario y a su esposa todos los días les tocaba huir con su bebé en brazos por montes y rastrojos en medio de la oscuridad, por temor a que las Farc los mataran.

Precisamente por esa amenaza de las Farc, que empeoró luego de la desmovilización, muchos reinsertados del Epl se unieron a los paramilitares, denominados Comandos Populares, y se enfrentaron con esa guerrilla a partir de 1995.

Cada vez que las Farc cometían una masacre en contra de ‘los esperanzados’ en el Urabá, los paramilitares y la disidencia del Epl respondían con otra en zonas de influencia de esa guerrilla.

Por ejemplo, en la historia quedó registrado el homicidio de 20 personas, entre ellas comunistas, cometido por paramilitares en el bar El Aracatazo, en Chigorodó, el 12 de agosto de 1995.

Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, El Aracatazo fue solo el comienzo de una serie de masacres de grandes dimensiones en Urabá.
“El 29 de agosto de ese mismo año, miembros del frente quinto de las Farc asesinaron a 16 personas para tomar represalias contra exintegrantes del Epl; esta fue la masacre de Los Kunas, porque así se llamaba la finca donde ocurrió, en el corregimiento de Zungo, en Carepa”.

La entidad documenta que el 14 de septiembre, dos semanas después, en Turbo, siete simpatizantes de la Unión Patriótica fueron asesinados por las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc). Y seis días después, las Farc volvieron a atacar a desmovilizados del Epl en Apartadó. “En dos meses, más de 60 personas murieron en Urabá, convirtiendo a la región en una de las más violentas del país en 1995”.

En esa guerra, comerciantes, campesinos y líderes políticos del Urabá quedaron en el fuego cruzado, lo que causó un éxodo que dejó zonas desocupadas.

Mario aclara que no fue un conflicto de Esperanza Paz y Libertad, porque ellos eran legales, sino del que participaron desmovilizados que se armaron porque el Gobierno no les cumplió ni les dio garantías de seguridad. A la vez reconoce que esa disidencia no solo atacó a ‘los esperanzados’, en un principio, sino que también a las Farc y la población civil.

Un nuevo comienzo

La muerte de su hijo lo impulsó a trabajar por la paz. Empezó a recorrer las cárceles de Antioquia para ayudar a los desmovilizados. En la de Itagüí conoció a Marco Giraldo, el hombre que atentó contra él en Apartadó, y a otros exguerrilleros que le confirmaron que el quinto frente de las Farc envió el libro bomba.

A pesar de saber eso, les ayudó para que fueran acogidos por la Ley de Justicia y Paz. “Marco me confesó todo y me pidió perdón, lo perdoné porque hizo esa transición de la guerra a la paz. También fue el primero en reconocer que los ataques contra el Epl fueron un exterminio”, afirma Mario.

Marco también le contó que algunos guerrilleros, entre ellos él, iban a la Asamblea y se hacían pasar por desplazados para investigarlo, entonces comprendió que esa sería la razón por la que el remitente del libro sabía que su hijo estudiaría medicina.

“Mire cómo es la vida, después de todo eso, yo confío en ellos y ellos en mí. Los desmovilizados de las Farc piden que lo que se acuerde en La Habana también los beneficie y me nombraron vocero para gestionar eso. Son cosas que dan alegría”, asegura.

A sus 62 años, Mario, un hombre con el pelo y su pequeña barba totalmente blancos, que mide un metro con 60 centímetros, ni muy grueso ni muy delgado y de gafas, vive tranquilo. Esa época de los años 90 y del 2000, cuando fue diputado y alcalde de Apartadó, eran tiempos más difíciles que cuando estuvo en la guerrilla.

Espera que cuando las Farc se desmovilicen le digan la verdad a las víctimas y reconozcan que hubo un exterminio en contra de su movimiento político para que haya reconciliación. Para él, una Colombia sin Farc sería un país con desarrollo económico, con campesinos trabajando mejor la tierra, sin miedo de que los despojen o los asesinen ni con temor de caminar por sus montañas.

Al mismo tiempo que se imagina un país así, teme que ya firmada la paz, algunos desmovilizados vuelvan a la delincuencia o se unan a la guerrilla del Eln. “No habría paz con crimen organizado, sin un Estado legítimo, con corrupción e injusticia”, recalca.

Para Mario, lo más importante es perdonar, reconstruir la memoria del conflicto para que no se repita y demostrar que los violentos sí pueden cambiar.

DEICY JOHANA PAREJA M.
Corresponsal de EL TIEMPO
MEDELLÍN
*Esta historia hace parte del especial Paz con las Farc. Relatos de una guerra que se queda atrás. Víctimas del conflicto cuentan la historia de dolor que esperan superar tras la paz con las Farc

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