Medellín

El pasaje La Bastilla, un fortín de libros, loterías y borrachos

Una mirada corta a la historia de este icónico lugar de la ciudad.

Pasaje La Bastilla

En el sector hay gran cantidad de venteros que cuentan con permiso de espacio público. Se venden desde libros hasta frutas y verduras.

Foto:

Esneyder Gutiérrez

10 de junio 2018 , 07:00 a.m.

Vengo a La Bastilla porque me dijeron que aquí podía conseguir cualquier libro. Pero, la primera impresión que me llevo, es de un lugar en caos. En el primer sector, que va desde La Playa a Colombia, hay una sucesión de bares en los que hombres mayores, de mirada tranquila y andar apacible, leen prensa mientras toman tinto. En el cemento, fuera de los bares, un hombre menudo, achatado y con actitud pendenciera, discute con otro a grandes voces por un trago de licor.

Tengo en mente conseguir un libro del nobel de literatura Miguel Ángel Asturias, un escritor olvidado por muchos y vilipendiado por otros. Por eso, me escurro entre los borrachos y los lustrabotas que, sentados en pequeños banquitos, cabecean por el sopor de una mañana sin clientes.

Me libero de ese sector y llego al segundo, que va desde Colombia hasta Ayacucho; allí los bares no hacen ya parte del paisaje, son los loteros lo más característico de este sector.

Antes se tomaba para hablar de literatura. Hay una frase de Efe Gómez que dice así: No se le pasa una idea por la cabeza a quien no se toma un aguardiente

A ese tramo asisten quienes todavía creen en la suerte, como lo hacía Oswaldo Juan Zubeldía, técnico de Nacional en la década del 70. En 1982, Zubeldía caminaba por La Bastilla, su intención era hacer una apuesta hípica. La suerte le dio la espalda y su corazón sintió ese abandono: un infarto acabó con su vida.

Hoy, tres décadas después, las apuestas y las loterías siguen siendo paisaje común de ese tramo de La Bastilla.
El pasaje siempre está atiborrado por las mesas de los loteros, que se ubican a lado y lado de la calle.

Entre los venteros de lotería se entremezclan los que venden libros piratas. Sobre los muestrarios aparecen textos con la cara de Pablo Escobar en la tapa. Pero vengo a La Bastilla a conseguir un clásico de la literatura latinoamericana: El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias. Después de preguntar sucesivamente en las librerías tradicionales, me di cuenta de que si quería conseguir ese libro, debía venir a La Bastilla.

Allan Poe dormía tirado en la calle. Cuánto diera yo por vender algo de Poe, no se consigue. Y lo que llega ahí mismo se va.

Entonces, mientras veo esos libros en la calle, recuerdo una película de Woody Wallen, Medianoche en París. El personaje principal, un escribidor como yo, viaja a París y evoca el esplendoroso pasado cultural de esa ciudad. Una noche, mientras camina por una calle desolada, es invitado a subir a un coche, del que le hacen señas para que entre. El hombre accede y con estupefacción se da cuenta de que ese vehículo lo transporta al París de los años 20.

El protagonista, por medio de ese viaje en el tiempo, conoce a uno de sus autores favoritos: Ernest Hemingway. Además, asiste a las suntuosas y desenfrenadas fiestas de los Fitzgerald. Entonces, pienso que viajar al pasado de La Bastilla sería una aventura estupenda, llena de historias inesperadas y personajes formidables. En 1920 abrió allí el café La Bastilla, del que el pasaje toma su nombre

Pasaje La Bastilla

Darío Úsuga lleva 55 años vinculado a los libros. Trabajó en la librería Continental, considerada en su momento la más importante de la ciudad.

Foto:

Esneyder Gutiérrez

Este se convirtió en el sitio de encuentro de los intelectuales de la ciudad. Las charlas sobre literatura, historia o política se amenizaban tomando café o algún aguardiente que servía para avivar los argumentos.

El café La Bastilla fue desde entonces el lugar predilecto de la bohemia medellinense. En el libro La ciudad y sus cronistas, una compilación hecha por Miguel Escobar Calle, está incluida una crónica que, desde su título, muestra la vocación de ese lugar: La Bastilla, refugio de novelistas y poetas. El autor nos dice que “nunca fue un café atiborrado ni ruidoso. En diez años de frecuentar nunca estuvo repleto y jamás vacío”. Además, comenta que el sitio era frecuentado por personajes como Tomás Carrasquilla o Porfirio Barba Jacob.

Nunca fue un café atiborrado ni ruidoso. En diez años de frecuentar nunca estuvo repleto y jamás vacío

Hoy el sitio sería irreconocible para los asiduos asistentes a aquellas tertulias. “El progreso” ha pasado como una retroexcavadora y ha cambiado el lugar, dejándolo tan diferente que ni el mismo Carrasquilla podría reconocerlo. No sería verosímil ubicar a don Tomás en medio de esos borrachos desaforados que se acuestan en el duro asfalto.

Como un pez fuera del agua quedaría Barba Jacob si lo pusiéramos en el actual Pasaje; el ruido y la ebullición de hoy les impediría hablar con sosiego y desparpajo, como lo hacían en la Medellín de otrora.

Sofocado por el bochorno del mediodía, entro al Centro Comercial del Libro y la Cultura, un lugar fresco y en donde, espero, pueda conseguir el libro que vine a buscar.

En el segundo piso saludo a Darío Úsuga, un librero afable y culto, buen conversador y de gestos apacibles. El centro comercial abrió en 1990, acogiendo así a los libreros que antes estaban ubicados en Junín, la plazuela Uribe Uribe y el Parque Berrío. Darío vende libros acá hace 16 años.

Mi villa Bienamada, la de los juveniles sueños y la dulce aventura vital, ambiciosa y romántica, tomó de repente un ritmo de progreso y transformación que nunca igualó ciudad alguna de Colombia

—La gente antes leía más-dice—. Este año ha sido particularmente duro, ahora la gente con el Mundial está pensando en fútbol—.

En esas, un muchacho ávido de lectura pregunta por obras de Vargas Vila. Darío le muestra un par, pero parece no convencerse mucho. Luego pregunta por un autor portugués. Da las gracias y sale con la promesa de volver a comprar algo.

Darío Úsuga lleva 54 años en el mundo de los libros. Comenzó cuando estaba jovencísimo, hizo carrera en la Librería Continental, considerada la más importante de Medellín en su momento. Luego, fundó su propia librería, que solo duró 28 meses. No se dejó derrotar y siguió adelante, con una disciplina y un amor por la literatura inquebrantable. 

Pasaje La Bastilla

Las loterías, además de los libros, son otra fuente de ingreso de los vendedores del sector.

Foto:

Esneyder Guitérrez

La conversación, de alguna manera, nos lleva a reflexionar sobre el licor y la literatura, tal vez al acordarnos de los borrachos desaforados que beben afuera en el pasaje y duermen sobre el asfalto:

—Ya estamos en una sociedad en la que todo es vicio—diceDarío—. Ahora la gente bebe por beber.
—Cierto.
—Antes se tomaba para hablar de literatura. Hay una frase de Efe Gómez que dice así—se acomoda recto sobre el asiento, pone la voz grave—.No se le pasa una idea por la cabeza a quien no se toma un aguardiente.
—Sí, muchos escritores han sido borrachos.
—Claro, Allan Poe dormía tirado en la calle. Cuánto diera yo por vender algo de Poe, no se consigue. Y lo que llega ahí mismo se va.

Le pregunto por el libro de Asturias y, casi sin mirar, lo saca de uno de los estantes. Es una edición vieja que no ha perdido su elegancia a pesar de los años. Lo compro.

Conversando con don Darío me doy cuenta de que el Centro Comercial del Libro y la Cultura es lo más parecido a La Bastilla de otrora. Aquí, como en el viejo café, se puede hablar sobre literatura o historia con total tranquilidad.

Hago un ejercicio de imaginación y ubico a Carrasquilla aquí, lo veo con su sombrero y su bigote. Entonces, pienso al salir al bullicio del pasaje, que ese centro comercial es una reminisencia palpable de esa Medellín bohemia del siglo pasado.

Miguel Osorio Montoya
PARA EL TIEMPO
MEDELLÍN
@MiguelOsorioMon

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