Medellín

El coleccionista de historias de amor y desamor

Por estos días, este joven tiene trabajo en abundancia. Su quehacer es escuchar amores y despechos.

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Alejandro guarda bombones en su bolsillo. Después de escuchar una historia regala uno y ofrece un abrazo a su interlocutor.

Foto:

Jaiver Nieto

18 de septiembre 2016 , 05:59 a.m.

Alejandro Saldarriaga, a sus 28 años, puede tener uno de los oficios más románticos que se encuentre en Medellín.
Casi a diario, sale a cualquier parque de la ciudad para sentarse, preferiblemente debajo de un árbol, y pegar la cartulina amarilla que reza: ‘Se escuchan historias de amor y desamor. Gratis’.

Sus herramientas de trabajo son el libro de turno, libreta, lapicero negro, un pequeño rollo de cinta transparente, una botella de agua y el infaltable letrero.

Con ellas sale sin rumbo de su casa a cualquiera de los parques de Medellín. Incluso se va hasta Bello, Caldas o Itagüí. Todo depende de lo que su ánimo le dicte.

Mientras espera que llegue una historia juega con el rollo de cinta entre sus manos. Se lo lleva a la boca una y otra vez, entretanto su mano derecha sostiene el libro que sus ojos verdes repasan.

Su esbelta figura, su barba rala y su sonrisa desprevenida, podría ser el gancho para atraer despechadas señoritas. Sin embargo -cuenta- se acercan en su mayoría hombres, que, en una ‘tusa’ sostenida o en una ‘traga’ sin parangón, no encuentran mejor confidente que un completo extraño para desahogar la aflicción.

Esperar ocupa la mayoría de su tiempo, por eso sus niveles de paciencia se han hecho extraordinarios.
Mientras llega una historia se fuma un cigarrillo, observa, lee o escribe.

Para que se dé el encuentro las probabilidades son escasas. Tienen que confluir innumerables variables para se den las circunstancias precisas. Como ni lugar, ni hora, ni día son fijos, se barajan las probabilidades. Que pase por el parque, que Alejandro esté allí sentado, que no esté hablando con nadie, que usted quiera contar su historia y, además, que tenga el tiempo suficiente -en mundo tan agitado-.

“Me parece más chévere así. Que el universo conspire para regalarme la historia”, comenta Alejandro.

Aunque parezca improbable, 122 extraños se han sentado a su lado para hablar sin reparos. Su oído está entrenado para escuchar sin juzgar y asegura que no da consejos, aunque en más de una ocasión le han suplicado asesoría.

A esta tarea se encomendó desde hace un año, cuando, cansado de su trabajo como asesor político, decidió dejar de cumplir horarios, usar corbata e ir a la oficina, para hacer lo que siempre ha sido su pasión: escribir. Esta decisión fue un punto de quiebre en su vida y lo que lo motivó a salir a los parques.

“Empecé porque anímicamente estaba muy mal, no por despecho. Todo me agobiaba y quería contárselo a alguien que no me conociera y no encontré a nadie. Entonces pensé que mucha gente podría estar pasando por la misma situación”, explicó.

Cuando empezó, la meta era escuchar 20 historias. El primer parque al que salió fue al de El Poblado, porque allí fueron los primeros asentamientos del valle de Aburrá.

Luego, se le ocurrió escribir las historias que más le llamaban la atención, transformadas en micro-cuentos y poemas. Con este material hizo un libro que aún no titula, pero que espera que se publique el próximo mes. “Esa no fue la idea inicial, la idea principal era escuchar pero es que ¡salen cosas tan buenas y la gente es tan sabia! No hay mayor fuente de sabiduría que la calle”, afirma Alejandro.

Aunque el oyente de historias trata de moverse mucho, tiene dos parques predilectos: El Poblado y Los Deseos. En El Poblado, porque fue donde todo comenzó, y Los Deseos, porque espera volver a encontrar a la dueña de la historia que más lo ha conmovido.

Fue una mujer de 22 años. Se sentó a su lado. Tenía camisa negra, de manga larga. Cuando subió la manga, se asomaron la heridas, que entre la gaza dejaban ver los puntos del hilo que cerraban el corte.

-Mucho gusto, La Desconocida- se presentó y continuó -mis papás se van este fin de semana, y me voy a quedar sola en la casa… Yo no le veo sentido a vivir. Y esta vez no voy a hacer lo mismo. De hecho, vengo de comprar el veneno y aunque es una de las muertes más dolorosas, así quiero morir.

Después de contar sus causas, por casi dos horas, él quiso saber:
¿Cómo me entero si mañana vas a estar viva?
¿Usted cómo se llama? -preguntó.
Él le dio su nombre y ella lo buscó en Facebook.
Si mañana sigo aquí, te agrego.
Nunca lo agregó.

Diana Sofía Villa M.
MEDELLÍN

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