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Francia Márquez: de desplazada a ‘Nobel de medioambiente’

Su labor para salvar ríos de la contaminación por mercurio le han dejado reconocimientos y amenazas.

Francia Márquez Mina

Francia Márquez Mina, líder en lucha contra destrucción por minería ilegal.

Foto:

Archivo particular

25 de abril 2018 , 10:37 p.m.

Le faltaban pocos días para tener a su primer hijo y tenía 16 años. Aun así, Francia Márquez Mina no se le escondía al sol ni a mover la batea. Hasta el último día de ese embarazo, ella iba a la mina en las entrañas montañosas de Suárez, norte del Cauca, con ese espejismo que es buscar una pepita de oro.

Era algo que repetía desde la niñez, cuando acompañaba a sus abuelos, padres y hermanos en la minería ancestral. A esa edad ya estaba acompañando a los mayores de su poblado de raíces africanas, asentado en la vereda Yolombó, del corregimiento La Toma, para que no fuera desviado el río Ovejas, como se pretendía a mediados de los 90, con el objetivo de ampliar la capacidad de generación de energía del embalse de la Salvajina.

“Es que el río Ovejas es mi vida, nuestra vida”, dice ella, que empezaba a entender desde la adolescencia cuál sería la esencia de su lucha. Tanto que se le volvió batalla, y no ha quitado el pecho a la hora de arriesgar su vida cuando en la última década empezaron a llegar los personajes de las retroexcavadoras con la idea de llevarse el oro, apartando a los mineros artesanales y sin freno a la hora de destruir las fuentes de agua.

Francia, con un apellido que, ella dice, heredó de los esclavistas y el otro que lo asume de origen africano, ahora a sus 36 años, mil veces errante por las amenazas ante sus posiciones, esta semana pisó el San Francisco Opera House, en Estados Unidos, para recibir el premio de la Fundación Goldman, considerado el ‘Nobel del medioambiente’. “Es un premio para toda la gente de Yolombó y La Toma, para mi Colombia”, dice. Es la tercer colombiana que lo recibe.

Gracias a su labor, hoy los ríos están menos envenenados y el bosque menos fracturado por la explotación de nuevos yacimientos. “Las excavaciones ilegales de este paraje colombiano generaban más de 30 toneladas de mercurio anuales, que acababan en las aguas de esta región amazónica, provocando una intoxicación que se extendía a lo largo de más de 230 kilómetros. Alrededor de las minas, además, surgían poblados en los que la prostitución, los altercados y el tráfico de drogas eran el pan de cada día”, dice Goldman.

Soy una mujer afrodescendiente, crecí en un territorio ancestral que data desde 1636

“Soy una mujer afrodescendiente, crecí en un territorio ancestral que data desde 1636. Desde pequeños nos enseñan el valor de la tierra, sabemos que los territorios donde hemos construido comunidad y recreado nuestra cultura no fueron un regalo, pues les costó a nuestros mayores muchos años de trabajo y sufrimiento en las minas esclavistas”, dijo ante el auditorio. En un momento de titubeo y ganas de llorar, cuando hablaba de cuidar la naturaleza.

En medio de su discurso, el reconocimiento del público por medio de los aplausos la conmovió y la obligó a detenerse un momento.

Un camino complejo

La historia de Francia tuvo siempre algunos inconvenientes en cada paso. De Yolombó, su familia se fue para la cabecera urbana en Suárez. Luego, a Puerto Tejada, donde terminó el bachillerato. A su primer hijo lo recibió su madre. Luego vino el segundo hijo. Ambos niños se quedaron sin padre, pero su mamá y sus hermanos siempre le apoyaron. Recuerda que trabajaba todo el embarazo para tener con qué sostener la dieta de los bebés.

Llegado el momento se trasladó a Cali, donde trabajó como empleada en una casa. Pero no quería quedarse allí y empezó con su formación en actividades agropecuarias, en el Sena. Su carácter y capacidad de liderazgo le decían que debía estudiar y, a la vez, regresar a su tierra, en donde se iba convirtiendo con otras mujeres y hombres en guías para su comunidad. La enseñanza siempre era el cuidado del territorio y de la naturaleza.

Francia pronto se convirtió en una activista y defensora de los derechos humanos, representando a su etnia y cultura ante el país y el mundo, luchando contra lo que ella considera una vulneración de los derechos de las comunidades étnicas, que se ha presentado a lo largo de los siglos.

Recuerda que entre 1994 y 1997 fue parte del proceso de evaluación del megaproyecto de desviación del río Ovejas a la represa Salvajina. Este río, que riega la montaña, es el corazón de su comunidad, y al considerar que el proyecto traería efectos graves, se organizaron y lograron que se suspendiera. En 2005 participó en el proceso de exigibilidad para la reparación de los impactos dejados por ese megaproyecto.

La llegada de la minería con maquinaria pesada dejó asombrados a los antiguos mineros de las localidades de Yolombó y La Toma. Francia cree que las retroexcavadoras rompieron la vida cultural y económica de sus pueblos, de la mano de personas foráneas que se llevan el oro y dejan las desgracias. Los mineros empezaron a ir todos los días y a todas horas a las minas. “A la naturaleza se la debe dejar descansar. La gente iba a diario porque tenía miedo de que esa gente se llevara todo”, sostiene.

La tarea de pedir respeto al medioambiente la puso, como a otras mujeres, en la mira. En 2009, diversos grupos armados, como las Águilas Negras, ‘los Rastrojos’ y ‘bloque Capital’, la declararon a ella, y a otros líderes, objetivo militar por considerar que se estaban oponiendo al desarrollo.

Fue en 2014 cuando recibió otra amenaza, con la cual la obligaron, por medio de una llamada, a abandonar su tierra. “Esa noche salí corriendo a buscar a mis hijos, pedimos un taxi, nos recogieron y salimos volados para Cali. En el camino, yo solo pedía que nos hiciéramos invisibles”, recuerda.

Ella siente que fueron las retroexcavadoras las que cambiaron la cultura.

“Las personas empezaron a ir a las minas todos los días, sin dejar descansar a la naturaleza, por el miedo a que esta gente se llevara todo y nos dejara sin nada. Hoy, las fincas se han acabado, y se ha perdido el conocimiento tradicional. Ahora es una generación de jóvenes que quieren otras cosas”, señala.

Ella llegó con más de ochenta mujeres y un grupo de jóvenes a Bogotá en 2014, solicitando al Gobierno que las protegiera a ellas y a su comunidad ante las amenazas por su lucha contra esa minería sin alma. Al no ser escuchadas, se tomaron el Ministerio del Interior por varios días, como una forma de pedir acción inmediata. La Movilización de Mujeres Negras Por el Cuidado de la Vida y los Territorios Ancestrales, como se llamó este espacio, arengaba: “El territorio es la vida, y la vida no se vende, se ama y se defiende”.

Pero yo no hablo solo desde las comunidades negras, sino desde el medioambiente

Reconocimiento a su labor

Aunque la líder cuenta que le hubiera gustado estudiar antropología para así conocer más sobre la esclavitud y el contexto africano, finalmente decidió estudiar derecho en la Universidad Santiago de Cali.

“Lo estudio para ayudar mejor a mi comunidad. Pero yo no hablo solo desde las comunidades negras, sino desde el medioambiente”, cuenta.

En el 2015 fue ganadora del Premio Nacional de Derechos Humanos. Desde 2013 hasta 2016 formó parte del Consejo Nacional de Paz y Convivencia. En su recorrido como activista ha logrado alianzas con organizaciones y movimientos de mujeres negras, tales como las Black Lives Matters, de Estados Unidos, y el movimiento Conexão entre Mulheres, en Brasil.

En el marco del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc, y en su condición de desplazada, fue invitada a La Habana (Cuba) a desarrollar actividades con ambas partes. En una de sus visitas cantó una canción que escribió en el 2001 sobre la masacre del Naya, mostrando sus grandes dotes como artista.

Este año se lanzó para ocupar una de las dos curules afros destinadas para esta comunidad en el Cauca. Aunque su lista consiguió más de 13.352 votos, no fueron suficientes para lograr que el movimiento afrodescendiente obtuviera una representación legítima en el Congreso. “A mí me llena de orgullo que dimos un paso importante para consolidar el proceso de las comunidades negras”, afirma.

Al recibir el Premio Goldman, ella dijo que “hago parte de aquellos que sueñan que algún día los seres humanos vamos a cambiar el modelo económico de muerte para darnos paso a construir un modelo económico que garantice la vida”.

Las amenazas, hasta el día de hoy, continúan, pero a esta mujer, de 36 años, que se define a sí misma como actora política, nada la detiene en su lucha étnica y territorial. Ahora clama por la “libertad para las lideresas y los líderes que hoy están siendo judicializados en Colombia. ¡Viva la Colombia Humana!”.

Ella repite que este premio no es solo en reconocimiento a su labor, sino a la de muchos otros que resisten por defender el medioambiente y la vida. Sabe que la tarea no está terminada y, por eso, con el galardón en sus manos, rememoró a Berta Cáceres, la mujer hondureña que también recibió esta distinción y fue asesinada por su oposición a la construcción de una represa en su territorio.

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