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'María’, el libro que enamoró a los japoneses

Primeros inmigrantes pensaron que estarían 2 ó 3 años, pero en estas tierras, echaron sus raíces. 

Mercedes Ayako Nakata, descendiente de los primeros inmigrantes japoneses que llegaron a estas tierras.

Mercedes Ayako Nakata, descendiente de los primeros inmigrantes japoneses que llegaron a estas tierras.

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Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO

07 de mayo 2017 , 11:15 a.m.

El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos.

Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacas que abandonaban sus sentaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos.

Ese valle que aparece majestuoso en María, la obra cumbre de Jorge Isaacs, es el que se revela ante Juzo Takeshima, el joven filólogo japonés que tradujo la novela a comienzos del siglo XX, y ante cinco de sus estudiantes de español.

La pluma de Isaacs, no solo sedujo a estos jóvenes japoneses, sino que generó la primera inmigración a Colombia. Desde las prefecturas de Fukuoka, Fukoshima y Yamaguchi salieron 25 personas, integrantes de cinco familias, en busca de ese valle que olía a flores.

“Lo curioso es que venían en busca del Valle, y terminaron en el Cauca, en la vereda Jaguales de Corinto, porque no consiguieron las tierras”, recuerda Mercedes Ayako Nakata, descendiente de esos primeros inmigrantes que se llevaron varias sorpresas al pisar estar tierras.

“Fue un viaje de locos, y sin saber español”, comenta Mercedes Nakata.
Había terminado la Primera Guerra Mundial y el mundo estaba en recesión y en Japón, donde la tierra era escasa y las familias eran numerosas, América se vislumbraba como una oportunidad, miraban a Brasil, Perú y la Colombia que conocían a través de María.


Era 1929, los primeros inmigrantes viajaron 30 días en barco hasta llegar a Buenaventura, pero como no había puerto, los lugareños se encargaban de bajar a los pasajeros y transportarlos en canoa hasta tierra firme.

Yai Sakuma, la abuela de Mercedes Nakata, pensó en regresarse al barco, nunca había visto personas negras en su vida, en Japón no las había, y se asustó mucho.
Viajaron tres días en carruajes y otros tres a caballo hasta llegar a Jaguales. Pero no encontraron los apacibles paisajes de la novela, todo era selva.

“A punta de barretón y pala abrieron camino, mientras descubrían insectos y micos que no conocían y espantaban culebras. Trabajaban de sol a sol”, recuerda la nieta de Yai Sakuma y Jutaro Nikaido, una de las parejas que llegó en la primera inmigración; en 1930 llegaron otras 10 familias y en 1935 se dio la tercera inmigración japonesa, con el arribó de 15 familias más.

“No fue fácil, tenían la barrera del idioma y tuvieron que dejar atrás parte de su cultura, acá no tenían algas, ni pescado, ni brotes de bambú. Hacían largas expediciones en busca del bambú y armar platos parecidos a los de su tierra. Nunca pensaron que echarían raíces, como todo inmigrante, pensaban que estarían dos o tres años y después regresarían, pero no fue así. Mis abuelos nunca regresaron”, recuerda Nakata.

Fracasaron con el cultivo del arroz, pero no con el del fríjol, incluso formaron una cooperativa y alcanzaron a tener 15 tractores, el mayor número que había en el país.
Todo marchaba bien, hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial. Colombia era aliado de Estados Unidos y Japón era enemigo de Estados Unidos, así que estos inmigrantes fueron vistos como espías. Los hombres terminaron en un campo de concentración en Fusagasugá junto a algunos alemanes e italianos, mientras las mujeres con sus hijos velaban por los cultivos y solicitaban salvoconductos para poder movilizarse.

Fracasaron con el cultivo del arroz, pero no con el del fríjol, incluso formaron una cooperativa y alcanzaron a tener 15 tractores

Al terminar la guerra los hombres fueron liberados y sus hijos ya estaban grandes. Así que miraron hacia la ciudad, para ellos, Cali era una tierra de esclavos, y Palmira, de terratenientes, así que eligieron Palmira para desarrollar sus proyectos.
Nakata recuerda, todavía con asombro, las enormes casas que construyeron, algunas eran de tres pisos y 18 habitaciones.

“Pensaban que, como en Japón, sus hijos, con sus esposas, vivirían ahí. Los jardines eran hermosos y desde las terrazas se veía Palmira, eran nostálgicas”, cuenta.
Para esta época algunos viajaron a Japón y empezaron a traer cuadros con el Monte Fuji y dragones que son símbolo de protección para las casas, querían un pedacito de Japón en sus nuevos hogares, mientras veían prosperar la agricultura de este valle.
La Revista Surco registraba sus cosechas de maíz que, para entonces, eran las mejores del país, y en esas páginas, los inmigrantes compartían sus técnicas de riego. Sus indicadores de cosecha eran admirables.

“Se generó una dinámica cultural interesante entre los dos pueblos. Esta inmigración es una historia fuerte de nexos entre japoneses y colombianos. Esta colonia sirvió para estrechar los lazos de cooperación”, recalca la nieta de una de las parejas qie marcaron senda al inmigrar al Valle del Cauca.

“Los primeros inmigrantes habían echado tantas raíces, que cuando tenían entre 40 y 50 años se convirtieron al catolicismo en un rito comunitario, en señal de agradecimiento con esta tierra y con la gente que los acogió.

Amores de novelas

“Viajar hasta acá fue toda una aventura, pero el amor lo puede todo. Las que emigraron eran parejas jóvenes, recién casadas. Tenemos muchas historias de amor, no se si como las de María”, dice Mercedes Ayako Nakata.
Su papá, Yoshihisa Nakata, fue llamado a venir a estas tierras por un tío. Su esposa acababa de morir y necesitaba quien le ayudara en las faenas del campo.

En Japón, el hijo mayor hereda todo, no era el caso de Yoshihisa Nakata, quien con 19 años, emprendió el viaje a América, sin dudarlo.
Acá se casó con Carmen Kinuko Nikaido, hoy de 81 años, quien había nacido en Corinto.

Al principio, solo se casaban entre ellos, las novias eran traídas desde Japón, a quienes conocían por las fotografías que enviaban en las cartas. Pero no todas estas uniones funcionaron, muchas se disolvieron.

“Recuerdo el caso de una esposa, tan buena, pero tan buena, que se devolvió con sus dos hijas al ver que la relación no progresaba. El choque cultural era fuerte, estaba la barrera del idioma y el machismo del hombre japonés”, recuerda Nakata.

Las mujeres tenían que respetar la voluntad de los padres, quienes no aceptaban que sus hijas se casaran con colombianos. Hubo casos donde los novios enamorados llegaban hasta las iglesias, donde la muchacha estaba a punta de casarse con un japonés, y escopeta en mano, se la llevaban y huían para casarse a escondidas. Estas relaciones nunca fueron aceptadas por los padres japoneses, incluso, muchos murieron sin perdonar a sus hijas por su osadía.

¡Todo lo que generó la lectura de María!, dice Nakata.

Aquella naturaleza parecía ostentar toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un huésped amigo. Escribía Jorge Isaacs en el capítulo tercero de María, libro que cumple 150 años de publicado y que el Valle conmemora.

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