Cali
paz con las farc

Los dos militares que superan sus heridas con amor

Luego de recibir un tiro, Wílder Aguilar quedó sin habla. Segundo Córdoba pisó una mina hace 9 años.

Wilder Aguilar

El cabo Wílder Aguilar Sánchez permanece en la casa fiscal de la Cuarta Brigada del Ejército, en Medellín. 

Foto:

Jáiver Nieto / EL TIEMPO

04 de mayo 2017 , 11:39 a.m.

Wílder Aguilar cumple dos años sin habla, luego de recibir un disparo en la cabeza. Segundo Córdoba pisó una mina hace nueve años.La guerra del Estado contra las Farc, en las montañas del suroccidente colombiano, dejó al borde de la muerte a los suboficiales del Ejército Wílder Camilo Aguilar Sánchez y Segundo Córdoba Alegría.

Al cabo Aguilar lo dieron por muerto en la noche del último ataque atribuido a las Farc, en Buenos Aires, en el norte del Cauca. La noticia, de ese 15 de abril del 2015, hizo que su familia corriera a un centro asistencial de Cali. La esperanza por verlo vivo se cumplió, pero él no ha podido recuperar el habla en más dos años.

Al sargento Segundo Córdoba una mina antipersona le mutiló su alma en Nariño.
Esa noche perdió un pie,
pero inspirado en su familia, su esposa y su hija, ha llegado a ser hoy el comandante del Grupo Especial de Sensibilización o de Operaciones Psicológicas (Geos), en ese departamento.

Estas son historias de quienes los une el hecho de haber visto de frente la muerte, en medio de disparos y minas, y la vencieron.

El dolor de sus familias

Mientras los primeros rayos del sol se cuelan por el cielo, en una vivienda –ubicada en el interior de la Cuarta Brigada del Ejército Nacional, en Medellín– Carolina Ávila ya está despierta, lista para darle un baño al amor de su vida: el cabo Wílder Aguilar.
El suboficial, de 30 años, recibió un disparo en su cabeza. Ella se había enterado por el noticiero de que el hombre con el que tenía planes de casarse en diciembre del 2015, Aguilar, había muerto en las montañas del Cauca.

Lo dieron por muerto, pero sobrevivió. A finales de mayo del 2015, el Ejército se hizo cargo de Aguilar y fue trasladado de Cali a Medellín, para vivir en una casa fiscal de la Cuarta Brigada. Desde entonces, amigos y compañeros del cabo han acompañado a su novia.

Ligia Aguilar Sánchez, madre del cabo, y Carolina recibieron la noticia de que el trauma craneoencefálico severo, como resultado de sus heridas, no le iba a permitir volver a ser el hombre que antes había sido, sin embargo, poco a poco, y bajo los cuidados de su pareja, el cabo ha logrado cosas que más del 90 por ciento de los médicos dijeron que no haría. Su futura esposa es quien lo acompaña todos los días.

“Los doctores hablaban de un mínimo grado de conciencia, él abrió los ojos, entiende lo que se le dice. Se sienta solo en la cama y se comunica a través de señas. Ha sido un proceso largo, pero con avances positivos”, cuenta Carolina.

Dice que, en las mañanas, Aguilar se sienta en su silla de ruedas y ella lo pasea alrededor de dos horas por la Brigada. Luego regresan a la vivienda para las terapias con su fisioterapeuta y duermen dos horas en la tarde.

“A veces le pongo música o me encierro con él en el cuarto, donde nos ponemos a ver videos de los dos. Recordamos cosas. Le digo que lo extraño mucho. Él me aprieta la mano y sonríe. La recuperación ha sido lenta, pero buena”, dice la joven, con voz entrecortada.

El cabo empezará las terapias para volver a caminar el primero de mayo. Sus familiares también se encuentran a la espera de que recupere el habla, un auténtico milagro, dicen los médicos.

Desde el 2007, Aguilar llegó al Ejército, su sueño desde que cumplió los 18 años. Su familia –oriunda de Andes (Antioquia)– retrata a este hombre, el menor de tres hermanos, como un tipo muy alegre, amante del vallenato y extrovertido. Antes de lo ocurrido con él, la familia tuvo que atravesar una situación similar con la hija mayor, quien quedó cuadripléjica.

“Aunque ha tenido recaídas, altibajos y otros inconvenientes, gracias a Dios está mejor, entiende, mueve el cuerpo, responde con señas, gestos y movimientos. Ahora tiene la atención de las terapias en la casa y nos ayudamos como podemos”, cuenta la madre del joven.

Dos años después de la terrible noticia, Carolina arregla uñas, corta cabello y vende ropa con el fin de conseguir recursos para cubrir los gastos médicos. A pesar del giro que tuvo su vida, ella permanece firme al lado del soldado, sin olvidar la promesa de matrimonio que debían cumplir en diciembre del año del ataque. “Algún día tendré al Wílder de siempre. Al que conocí”, manifiesta.

En medio de la necesidad de generar ingresos para continuar con el tratamiento de Wílder, un primo del soldado realizó una subasta de obras de arte en homenaje a los soldados que han resultado heridos en combate.

La muestra artística retrató la vida de 10 soldados que sufrieron alguna herida por causa de la guerra. “Hay unos que quieren ser artistas, médicos. Tienen muchos sueños y la vida no termina aquí; queremos que la gente, entre todo lo que ocurre en este país, ponga sus ojos en la vida de los soldados cuando resultan lastimados en medio de la guerra. La vida continúa”, afirma Rafael Padilla, artista empírico y familiar del cabo Wílder Aguilar.


La próxima semana, Carolina, con ayuda de los soldados de la Cuarta Brigada, realizará una rifa para reunir algunos fondos. Ya hizo los contactos de un grupo vallenato y los lugares donde le gustaría casarse con quien siempre consideró el amor de su vida.

“Todos están hablando de paz y nadie recuerda a estas personas que están dando la vida por un país. Lo de Wílder pasó y se quedó así, ya nadie habla de él ni de muchos otros. Espero que con esto se pueda lograr algo”, sostiene Carolina.

La tarde va cayendo, los rayos del sol ya no entran por la ventana de la vivienda. La joven continúa aferrada a la ilusión de que todo vuelva a ser como antes. La vida de esta pareja, que la guerra unió aún más, continúa en la vivienda de la Cuarta Brigada: ella, hablándole y atendiendo a Aguilar, y él, mirándola con el amor de siempre.

Wilder Aguilar

Su novia, Carolina Ávila, lo cuida con dedicación desde hace dos años.

Foto:

Jáiver Nieto / EL TIEMPO

'No tengo resentimiento'

Hoy, después de haber pisado una mina antipersonal, el sargento Segundo Córdoba Alegría es capaz de jugar fútbol. En una cancha, con militares de la Tercera División de Popayán, el sargento quería quitarse la prótesis después del partido y así lo hizo. La primera reacción de sus compañeros fue: “¿Usted es amputado?”.

“Sí, como pueden ver”, les dijo. Él cuenta: “Sonreí. Nadie había notado que no tenía el pie izquierdo porque veían que caminaba y que me pongo zapato. Pero mi pie izquierdo es en fibra de carbono y esta es la tercera prótesis que tengo”.

El oficial, nacido en una vereda de Cali, en lo alto de los Farallones, no titubea al recordar cuándo y cómo empezó la historia de su pie izquierdo.

“Algunos de mis compañeros en el Grupo Especial de Sensibilización (Geos) que yo comando, en Nariño, saben que lo perdí cuando pisé un artefacto explosivo. Una mina. Fue el 5 de mayo del 2008, a las 8 de la mañana. Llovía mucho y había una espesa neblina. Era selva, en un corregimiento llamado El Guayabal, en San Vicente del Caguán, Caquetá. En una operación de control militar y de ofensiva a la columna móvil ‘Teófilo Forero’, de las Farc”.

Una hora antes, el cabo primero Bréyner Díaz Ocampo, compañero en ese entonces del sargento, había pisado una mina. Fue a eso de las 7 de la mañana y también perdió el pie izquierdo.

“Yo lo ayudé a sacar porque me había especializado en el Ejército en ayudar a soldados heridos por minas. Lo sacamos cargado por una trocha, creo que entre seis personas y lo llevamos a un punto, pero regresé a asegurar el terreno”.

“En los primeros 10 segundos, después de que pisé la mina, no sentí nada. Pero después, yo creo que pasaron 5 segundos más, el dolor era demasiado. De la escala del 1 al 10, ese dolor estaba entre 15 y 16. A diferencia de otras personas cuando pisan una mina, yo quedé consciente. Me miré el pie y vi que no lo tenía. Había mucha sangre. Seguía lloviendo. Muy duro. No había nadie conmigo. Estaba rodeado de muchos árboles altos y avisé a mi capitán, el capitán Cristian Fabra Rodríguez. Le dije que era yo quien había caído, que había accionado un artefacto explosivo. Le dije dónde estaba y que no se fueran a meter por la misma trocha. Que buscaran otra. Que yo aguantaba, mientras esperaba. Con dolor, estaba listo con mi fusil porque en esos casos la guerrilla llegaba a rematar”.

El clima no era el mejor. Recuerda que cuando lo sacaron fue llevado al puesto de mando. Al cabo Díaz y al sargento los atendieron cuatro enfermeros. “Estaba esperando que nos sacaran y la única manera era por helicóptero. Después en ambulancia hasta el Hospital Departamental en Neiva, Huila. Tardamos entre 25 y 26 horas en llegar. Aterrizamos en el helipuerto de Tenerife del Batallón de Artillería número 9”.

Primero le hicieron una transfusión de sangre y después le hicieron una primera cirugía. Era la amputación. A los cuatro días le hicieron una segunda cirugía para retirar el tejido muerto. “Me remodelaron el muñón. Me quedó parte de la pierna, de la rodilla hacia abajo como unos 20 centímetros”, sigue narrando.

Después fue trasladado al Hospital Militar Central, en Bogotá, pero no lo podían llevar en avión por el riesgo de las cirugías. Así que acompañado por su hermano John Fredy, que también es militar y tiene 34 años, fue llevado en ambulancia hasta la capital del país. Su esposa, Gloria Esperanza Benavides, viajó angustiada desde Pasto hasta allí.

“Fue muy duro para ella y para mi hija, de 10 años. Fue difícil por pensar en la muerte y en la vida; pensar en sobrevivir. Y lo hice por mi familia. Pasaron luego cinco meses para entregarme la prótesis. Esa era la primera, que fue de resina, pero fue duro ponérmela. Al comienzo tallaba en la parte de atrás y había que empezar hacer las terapias con las barras paralelas, ya en el Batallón de Sanidad”, recuerda el oficial.

“La segunda prótesis la tuve hace unos tres años, era de fibra de carbono. Como toda prótesis tenía un mecanismo que hace que la piel encaje con el muñón. Luego me pongo una media de silicona y el zapato. Hace dos años tengo la tercera, también de fibra de carbono”, dice.

El sargento cuenta que este tiempo, casi nueve años con prótesis y terapias, lo aprovechó para validar y terminar el bachillerato y luego hacer cursos de especializaciones en informática y operaciones psicológicas. Hoy se siente más orgulloso de ser el comandante del grupo Geos, que trabaja con población vulnerable, en Nariño.

“Colombia es un país que necesita parar este derramamiento de sangre. Es un país rico y vale la pena vivirlo en todo sentido, ¿no? No tengo resentimiento hacia la guerrilla por lo que me pasó, pues cuando se está en el Ejército, uno sabe que se expone a esto”.

Hace una pausa y en seguida repite lo orgulloso de ser quien es, gracias al soporte de su familia.

CAROLINA BOHÓRQUEZ Y MIGUEL ÁNGEL ESPINOSA
Corresponsales de EL TIEMPO
*Esta historia hace parte del especial Paz con las Farc. Relatos de una guerra que se queda atrás. Víctimas del conflicto cuentan la historia de dolor que esperan superar tras la paz con las Farc. 

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