Cali

Se cumplen 60 años de la catastrófica explosión de dinamita en Cali

El 7 de agosto de 1956, un convoy militar cargado con el explosivo cambió la vida de la capital.

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La explosión afectó 41 manzanas de la zona. Después de la tragedia, el Cuerpo de Bomberos de la ciudad atendió la emergencia con cinco máquinas.

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Cortesía Biblioteca Departamental

05 de agosto 2016 , 10:54 p.m.

La última vez que Eliécer Alarcón vio a su amigo Libardo, un bogotano robusto que manejaba un camión y a quien había conocido por su trabajo como conductor de transporte intermunicipal, fue el 5 de agosto de 1956, cuando se lo encontró en las calles de El Piñal, en Buenaventura.

“Por fin encontré trabajo, me contrataron para llevar una carga de dinamita a Cali”, fue lo último que le dijo su amigo. Libardo hacía parte de la caravana de seis camiones cargados con 42 toneladas de dinamita gelatinosa que en la madrugada del 7 de agosto causó la explosión que partió la historia de la ciudad en dos y marcó la renovación de Cali.

Un golpe determinante para que la capital del Valle empezara un proceso de renacimiento.

Cuando se cumplen 60 años de la tragedia, la ciudad sigue en constante cambio y crecimiento. Expertos aseguran que este hecho también produjo un vuelco político en el plano nacional, pues habría sido uno de las causas de que, un año más tarde, cayera el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla.

Esa madrugada la ciudad ardió y su cielo se pintó de rojo. Eliécer se encontraba en Pereira cuando ocurrieron los hechos. Recuerda que en la madrugada lo despertó la gente corriendo de un lugar para otro en los pasillos del hotel diciendo: “Cali se acabó, Cali se acabó”.

Inés Castaño, esposa de Eliécer, asegura que sintió como si se tratara de un cortocircuito y después la explosión.

Aturdida, sacó a sus tres hijos de la casa y solo atinaron a sentarse en el andén frente a su vivienda en el barrio Porvenir, atrás del Cementerio Central, en el norte de Cali, donde utilizó las puertas que estaban en el suelo para acostar a sus pequeños.

Sobrevivientes aún no se ponen de acuerdo para determinar la magnitud de los hechos. No obstante, expertos aseguran que hubo paredes agrietadas hasta en el municipio vecino de Palmira.

El cielo se tiñó de rojo Los camiones llegaron a Cali sobre las 12:20 de la noche. La caravana había partido desde Buenaventura al mediodía del 6 de agosto, bajo el mando del sargento del Ejército Pedro Higuita. El destino era Bogotá, Cali solo estaba de paso.

Al llegar a Cali, el sargento Higuita no pudo alojarse en el Batallón Pichincha, pues el capitán Gustavo Camargo, según su declaración ante la justicia, le pidió que se fuera con los camiones cargados de dinamita para las afueras de la ciudad. Los camiones fueron a parar a la plazoleta de la estación del Ferrocarril del Pacífico, un lugar muy concurrido a cualquier hora del día por el movimiento de pasajeros. Cerca del barrio Porvenir, una zona del norte de la capital del Valle donde había siete posadas para viajeros, casas de citas, cafés, talleres y bares frecuentados por muchas personas.

Corría la una de la madrugada cuando una explosión sorprendió a los caleños, que pensaron que se trataba de un atentado, producto de la violencia bipartidista de la época.

“La pared de la casa se cayó, todo se quedó a oscuras y hacia afuera solo se veía rojo. Era como el infierno”, recuerda Isabel Santamaría, de escasos 10 años en ese entonces. Ella y su hermana Angélica sostienen que, tras un breve silencio, de entre los escombros y el humo emanaron gritos y lamentos.

Personas corrían despavoridas de un lado a otro. Cabezas, brazos y torsos desmembrados se podían ver en las calles de lo que alguna vez fue un populoso sector del norte de la ciudad. “Hubo gente que perdió todo, perdió hijos, perdió su casa, muy doloroso. Eso era la hora de llegada, todos corrían de un lado para el otro, los bares, todo voló”, comenta Angélica Santamaría.

El capitán Francisco Elías Andrade Mercado, comandante del Cuerpo de Bomberos de Cali, hoy de 92 años, sostiene que aún recuerda con estupor cuando las cinco máquinas de los bomberos llegaron a la zona y un mar de gente corría hacia las máquinas con heridas y el rostro marcado por la tragedia.

“La gente nos gritaba que no fuéramos hacia allá, que eso era una bomba y nos iba a tocar otra explosión. Nosotros no sabíamos qué debíamos hacer, desconocíamos lo que había pasado. Nos bajamos y ayudamos a la gente. Fue algo que jamás en mi vida volví a ver, el horror en la cara de las personas, un hecho lamentable”, cuenta el capitán.

En el Cementerio Central se abrió una gran fosa para que las volquetas dejaran a los muertos ahí. “Una tras otra no dejaron de pasar toda la madrugada con muertos y más muertos”, recuerda Inés Castaño. Aún la cifra es un misterio; el escritor Arturo Álape escribió que en Bogotá hablaban de 1.300 muertos, que la revista Life contó 1.200 y que el padre Hurtado, quien les dio la extremaunción a muchos, decía que había visto enterrar en la fosa común a 3.725.

Las labores de rescate y entierro de víctimas continuaron hasta el 10 de agosto. Cali contaba con 100.000 habitantes, por lo que la tragedia representó un antes y un después en la historia de la ciudad.

Un año después de la tragedia, los damnificados recibieron viviendas en proyectos de barriadas como las 100 casas del barrio Aguablanca, en el suroriente, y la urbanización Bueno Madrid, en el norte, donde 14 bloques de apartamentos recibieron a las familias que lo habían perdido todo. “Las casas que crearon el barrio Aguablanca iban a ser entregadas en Tumaco, pero terminaron ahí. Era un terreno que contaba con una laguna y era despoblado; allí llegaron las casas para la gente.

También llegó la urbanización República de Venezuela, donada a las víctimas de la explosión. Arquitectos han manifestado que en Caracas (Venezuela) se encuentra el proyecto urbanístico y este bloque aún hace falta”, dice Javier Peña Ortega, antropólogo y profesor de la Institución Universitaria Antonio José Camacho, quien desde hace un año realiza la investigación ‘En busca de la memoria perdida de Cali. 7 de agosto de 1956’.

El misterio

Versiones oficiales y extraoficiales se dividen sobre lo que realmente acaeció. En los juicios que se llevaron a cabo, rodó la versión de que los dos soldados que vigilaban la carga dormían dentro de los camiones cuando un disparo, producto de una pelea entre dos personas que salían de un bar, fue el hecho fortuito que provocó la explosión.

Según la versión del sacerdote Luis Alfonso Hurtado, que falleció en el 2014 y quien por entonces era el capellán del Batallón Pichincha, un soldado habría ahuyentado a un hombre borracho que merodeaba por la zona golpeándolo con la culata de su rifle, lo que habría ocasionado que se disparara e impactara contra la carga.

María Eugenia Rojas de Moreno, hija del general, en su libro Rojas Pinilla mi padre, lanza la hipótesis de que la carga pudo haber sido detonada de modo deliberado, ya que la dinamita solo se activa de esta forma.

“En ese momento, Gustavo Rojas Pinilla, que se encontraba en Melgar, dio un discurso en esa zona y después vino a Cali, donde culpó a los opositores del régimen por lo ocurrido. Y si uno investiga bien, de los opositores de la época, ninguno era de Cali, por lo que perfectamente se podría revisar que no es una versión descabellada”, cuenta Peña.

Alberto Lleras redactó una carta pública en la que rechazó las acusaciones del Gobierno contra la oposición.

El expresidente Laureano Gómez aseguró que “El delincuente, el gran culpable ante Dios y la patria, es quien llevó en camiones militares semejante cantidad de explosivos al centro de una ciudad dormida”.

Otras versiones, según Peña, dicen que el sector donde se presentó la explosión, los bares, las casas de citas y las familias humildes serían un obstáculo para proyectos de renovación urbana. “Durante la época hubo mucha censura, por lo que nunca se supo si los responsables pagaron o si los juicios siguieron; por eso es una historia a la que algunos caleños olvidan más de lo que recuerdan”, señala el antropólogo.

La ciudad se levantó poco a poco: tras un año del incidente nació la Feria de Cali; en 1971, llegaron los Juegos Panamericanos y paulatinamente la tragedia que nubló el cielo la noche del 7 de agosto de 1956 se condensó en una cruz que hoy se levanta sobre el sector que alguna vez ardió como una caldera de horror y dolor.

Miguel Ángel Espinosa
Corresponsal de EL TIEMPO

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