Cali

Andrés Caicedo, el escritor que no dejó de ser un niño

Si el caleño hubiera estado vivo, habría celebrado su cumpleaños 66.

Historia de Andrés CaicedoLa hermana de Andrés Caicedo revela la historia de su vida y cuenta cómo fu su suicidio
De niño, cuando estudiaba en primaria en el colegio Nuestra Señora del Pilar. Era 1962.

Foto de los herederos de Andrés Caicedo

03 de octubre 2017 , 03:29 p.m.

“De mí publiquen una foto de cuando estaba niño”. Y sí se publicó y no una, sino decenas a lo largo de los últimos 40 años desde que su partida inmortalizó su nombre, el de Andrés Caicedo en la literatura colombiana contemporánea.

El deseo se cumplió para el angelito empantanado y el creador de esa ‘rubia, rubísima’ de su reconocida novela Viva la música, quien en sus cumpleaños siendo niño, ese que no quería dejar de serlo, aunque tuviera los ojos en la nuca y los dientes se le empezaran a caer como él pensaba, los celebraba untándose de torta. Lo hacía destapando ansioso los regalos junto a sus hermanas mayores por ser el menor de la familia Caicedo Estela, de cuatro hijos y el único varón. Era el hijo que don Carlos Alberto y doña Nellie habían añorado tanto, porque anteriormente habían perdido a otros dos hijos varones. En ese 29 de septiembre de 1951, Luis Andrés Caicedo nació como un bebé gordo y cabezón.

De no haber tomado la decisión de morir a los 25 años, sentado frente a su máquina de escribir, ese 4 de marzo de 1977, Andrés Caicedo hubiera celebrado 66 de existencia. Pero ese viernes, su último día, su corazón era un huracán de sentimientos -con emoción porque después de “una lucha de artillería de tres años”, como decía, recibió ese día la primera edición del libro que Colcultura le publicó de su Viva la música, pero también tenía una profunda tristeza y dolor porque su gran y su último amor, su Patricita, lo había dejado.

Andrés Caicedo, en su edad adulta y escribiendo como le gustaba.

Andrés Caicedo, en su edad adulta y escribiendo como le gustaba.

Foto:

De los herederos de Andrés Caicedo

"Dicen que mi madre se puso fea cuando me tenía adentro, de tanta pata y manotazo que le di. Y al nacer la dejé como con cuarenta kilos de menos”. Así lo escribió en una de sus cartas que figura como parte de su legado y siempre guardando una copia, gracias al papel carbón que ponía en su vieja máquina Remington para escribir con frenesí, con el ímpetu de ese menor de edad que en una de sus novelas era El atravesado, camorrista y fuera de todo lo convencional.

Dicen que mi madre se puso fea cuando me tenía adentro, de tanta pata y manotazo que le di. Y al nacer la dejé como con cuarenta kilos de menos”.

Andrés con sus hermanas mayores. Son María Victoria, Pilar y Rosario.

Andrés con sus hermanas mayores. Son María Victoria, Pilar y Rosario.

Foto:

Foto de los herederos de Andrés Caicedo

Desde que empezó a caminar, Andrecito Caicedo, ya sea disfrazado de vaquero para enfrentarse a los nativos de sus aventuras imaginarias o vestido con pantalón corto y un pequeño corbatín, estuvo lleno de mimos de sus padres y de sus hermanas. Rosario le llevaba un año y las mayores eran Pilar, que le llevaba cinco años de diferencia y María Victoria, ocho.

A los 2 años se movía sobre un carrito que le habían regalado y que compartía en los juegos con Rosario. “Andrés era de niño un enamorado de los colores, profundamente observador y, al mismo tiempo, era un niño triste. Yo lo veía como el hecho de que lo debía proteger”, dice Rosario.

Andrés era de niño un enamorado de los colores, profundamente observador y, al mismo tiempo, era un niño triste.

Andrecito disfrutaba la naturaleza, los árboles y el aire fresco de aquella finca de La Cumbre. Su madre también procuraba protegerlo y lo defendió como una leona defiende a su cría, cuando un joven de unos 15 o 16 años amagó con pegarle por la espalda porque no desocupaba uno de los rieles de la vía férrea en el municipio, donde Andrés veraneó por cerca de una década y donde transcurrió parte de su niñez. La otra parte la repartió haciendo pilatunas en las calles del barrio Santa Mónica, la casa de sus papás.

“En quinto de primaria ya todos me decían ‘el loco’ y yo hacía todo lo posible para cimentar esta fama: un día llamé como a 50 taxis a la casa de Germán Azcárate, y observé, divertidísimo, todo el barullo desde mi balcón. El papá de Germán salió protestando que ellos no habían llamado a ningún carro, pero no le creyeron y había algunos que querían cobrarle la carrera. Yo me reí hasta que los ojos se me aguaron, y ahora siento lo mismo que sentía cuando pequeño: un sol inmenso que se pone, dentro de mí, en el horizonte, y que era presagio de grandes aventuras en contra de mis semejantes y hoy es signo de cagadas por venir, como no hay nada más que hacer en esta vida pues entonces conformémonos con las travesuras que pueda realizar, las acciones neutras, las acciones que producen sufrimientos en los otros, las malas vidas, la sequedad de los corazones, la luz del sol, el reverberar la apatía de ahora que escribo automáticamente pues no puedo avanzar en este relato (...)".

Esas aventuras llevaron a Andrés Caicedo a apasionarse por los misterios, por hombres vampirescos que esperan a que su presa esté completamente sola en una sala de cine para dar rienda suelta a ese destinito fatal que haría parte de uno de sus sus cuentos cuando los empezara a escribir al cumplir los 15 años. Pero ya, a los 6 años se quedó prendado del dramaturgo español  Federico García Lorca. “Una vez, nos encontramos un libro de García Lorca. Era la primera vez que yo vi una obra de teatro escrita. Andrés llegó y me dijo: ‘Rosarito, léemela’. Entonces empecé a leerle Las bodas de sangre; siempre me acordaré de ese título. Y puedo decir que yo no entendía nada de lo que leía. Y Andrés maravillado. Yo me estaba aburriendo y él insistía: “sigue leyendo”.

Travieso como él solo

Pero las pilatunas continuaron y fue así, como Pilar, su otra hermana, recuerda que a Andrés le dio por romper el vidrio de un carro porque quería saber y ver cómo era que se rompía un vidrio.

A los 10 años, al pequeño Andrés ya le gustaba Edgar Allan Poe y le llevaba escritos a su padre que lo dejaban boquiabierto, mientras el niño seguía siendo inquieto en el colegio Nuestra Señora del Pilar. Pero su primaria también transcurrió en el Pío XII y allí, como él lo dice en una de sus cartas, cuando haciendo fila se despidió de sus padres, un alumno lo empujó insultándolo. “...Y allí caí en cuenta de la agresividad que me tocaría enfrentar de kínder hasta sexto; todo lo contrario de la dulzura y la superprotección que había conocido en mi casa”.

Pilar Caicedo conserva la silla baúl en la que sus padres atesoraron la obra literaria de Andrés.

Pilar Caicedo conserva la silla baúl en la que sus padres atesoraron la obra literaria de Andrés.

Foto:

Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

Antes de su paso a la literatura, el fútbol y el Deportivo Cali le despertaron toda su euforia. “A Andrés le gustaba jugar de portero”, recuerda Pilar al niño que ya iba dejando de lado los juegos de vaqueros e indios. Andrés crecía ya como un adolescente que no dejaba su timidez y los silencios prolongados, que le costaba un poco de trabajo comunicarse por su tartamudez y cuyos miedos a perder el control fueron tomando espacio. Pero sonreía con ganas, mostrando toda su dentadura, cuando se sentía contento y se deprimía fácilmente cuando hasta el detalle emocional más mínimo le perturbaba su corazón.

Rosario dice que ese niño vivía en un estado de terror constante, pero admiraba su capacidad de hacer cosas, de escribir prolíficamente, de ser perseverante y de concentrarse con total disciplina en cada tarea que se imponía.

Así, el creador de novelas, cuentos y obras teatrales se fue formando con un carácter de rebelde, como un roquero de la literatura, que no quería que lo vieran haciendo lo mismo que todos los demás, pero eso sí, sin dejar de ser niño, sin dejar, por ejemplo, de dibujar comics, su otra pasión de infancia, y con un gran gusto por el mar, ese que conoció también en su infancia con su familia, en un viaje a San Andrés. Por eso le dedicó una obra en las tablas al mar.

Andrés se la pasaba contento en su mundo, en su adorada Cali. Su vida transcurría en el norte, por Chipichape, por la avenida Sexta e iba a menudo a ver cine en el teatro Calima. Sí, estaba contento en su adolescencia “mucho más después de que me hice muy amigo de Clarisol y Guillermo Lemos, dos niños super precoces y super perversos y fui dando la imagen del niño que no ha crecido o se niega a crecer: ellos me hicieron probar los hongos y el Daprisal, y yo estaba contento con mi pose silvestre porque así desconcertaba a los intelectuales de profesión, a los que he detestado siempre y bastante es el mal, con pullas indirectas, que me han hecho”.

El cine lo apasionó a tal punto que a los 15 años escribió obras para llevarlas a la escena. Lo seguía fascinando Poe con Arthur Gordon Pym, Moby Dick, de Melville; Virginia Woolf y Pío Baroja.

El dramaturgo

Pero como su gran amigo y cómplice de infancia Ramiro Arbeláez dice, Andrés fue antes de escritor un dramaturgo. “Hacía teatro y no solo lo escribía, sino que lo llevaba a las tablas”. En un conversatorio, Arbeláez, profesor de la Universidad del Valle que siguió el camino del cine, contó: “Andrés tenía 16 y yo 15. Inmediatamente hubo un enganche muy fuerte, en especial con su literatura pues ahí había cosas que yo quería decir pero que no sabía como. Andrés podía expresar lo que a uno se le hace un nudo en la garganta. Ahí empezamos nuestra saga teatral, que tuvo muchos accidentes porque fue censurada desde el comienzo”.s

Sandro Romero, otro de sus amigos, que editó el libro Andrés Caicedo Teatro, publicado en julio de este año, le rindió tributo imprimiendo esas obras. La primera escrita por Andrés fue Las curiosas conciencias, en 1966. “Estas obras de teatro pertenecen al universo adolescente de un jovencito empantanado en las aguas cenagosas de una ciudad sin nombre (...)Así que establecidas las reglas del juego, apaguen la luz, acomódense en sus butacas y prepárense para un viaje por un mundo desconcertante. Si usted no ha leído nunca a Andrés Caicedo, he aquí la mejor manera de navegar en sus aguas. Si ya lo ha hecho, descubrir que un dramaturgo puede nacer y morir entre los 15 y los 21 años, lo ayudará quizás a dudar de sus propias certezas”.

Otra de las obras de teatro fue Los imbéciles están de testigos. “Andrés había invitado a un grupo particular de invitados porque quería hablarles por medio del teatro. Actuábamos los dos y resulta que el volumen del estéreo de la radiola les parecía muy alto a los papás de Andrés. Ellos bajaban para bajarle al ruido y cuando subían, lo volvíamos a subir. La fiesta estaba muy animada y a la media noche, cuando estábamos a punto de presentar la obra, el papá de Andrés sacó a todo el mundo. Nos fuimos a Chipichape, a un lote de bodegas, y a la luz de un poste presentamos la obra.

Pero claro, las niñas ya se habían ido. Solo quedábamos hombres”, cuenta el cineasta Arbeláez.

Quizás este 29 de septiembre, si Andrés Caicedo hubiera estado vivo, hubiera celebrado sus 66 años con la cerveza que tanto le gustaba, rodeado de sus amigos que le daban estabilidad emocional, sintiendo el mismo e infinito amor de sus hermanas, en medio ya de la ausencia de sus padres, y amando profundamente como siempre lo hizo. Eso lo hacía sonreír como el niño que fue.

Publicarán un libro con un cuento inédito

El 19 de octubre, cuando Cali será epicentro de la Feria Internacional del Libro, se hará el lanzamiento de un cuento inédito de Andrés Caicedo. En ese mismo libro aparecerán publicados tres de los mejores cuentos que participaron en el concurso de cuentos para jóvenes Andrés Caicedo, promovido por la familia del escritor caleño y por la secretaría de Cultura de Cali.

De 836 cuentos que llegaron de diferentes rincones del país (Bogotá, Medellín, Aguachica, en Cesar; Atlántico, Tuluá, Caicedonia, Buga, Cali, entre otros y también del extranjero, de países como Francia), se preseleccionaron 50 trabajos. Participaron jóvenes con edades entre los 15 y los 25 años, la edad más activa en producción literaria de Andrés Caicedo. El jurado de este concurso está conformado por Juan Gabriel Vásquez, Juan Esteban Constaín y Melba Escobar. Ellos definirán cuáles son los tres mejores cuentos y serán publicados en el mismo libro.


El primer puesto recibirá 7 millones de pesos; el segundo, 2 millones; y el tercer lugar, un millón.


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