Barranquilla

Muerte a tres bandas, los personajes que reviven en tiempo de Carnaval

Barranquilla se prepara para su fiesta más grande. Este viernes se realizará la Guacherna.

Carnaval de Barranquilla

Carnaval de Barranquilla

Foto:

Archivo EL TIEMPO

02 de febrero 2018 , 06:08 p.m.

Sobre el rostro ya blanco de pintura, el danzarín rellena el círculo de sus ojos con el negro mortal. Nuevas líneas oscuras aparecen luego sobre la nariz, y más adelante saldrán disparadas de los labios hasta que la calavera brille con el visto bueno del maquillaje.

Para quedar disponible, a la muerte solo le hacen falta la vestimenta negra de huesos blancos pintados, y la guadaña, su arma. Con ella, deberá batirse, una y otra vez, con el líder de la danza: el caporal. Y en cada ocasión, como lo exige la puesta en escena, terminará vencida, pero será también su victoria: la muerte sobre la muerte.

El único escenario donde algo así ocurre y es tomado como lo más normal, es el que ofrece el Carnaval de Barranquilla, donde no solo hay una muerte que muere; sino un vivo cuyo único sentido es una muerte obligatoria anual; y un muerto que camina amenazante con su cabeza en la mano en homenaje a los decapitados de la historia.

Tres personajes y allí vemos al primero. Ha saltado de la nada sobre sus compañeros de la Danza del Garabato. En ese instante, habrán pasado tres minutos de coreografía alegre. Ellas, de faldas largas, volantes, trazos verdes, rojos y amarillos sobre el negro tenaz. Ellos, con los mismos colores, sombreros, caras blancas, calcetines del medioevo. Hay brincos, movimientos de serpiente, olas, rutas de caracoles, abanicos que abren y cierran, túneles sugeridos y explorados.

De repente, los instrumentos frenan, revienta una carcajada de ultratumba, y las parejas se apartan: es cuando aparece nuestro personaje.

Quizás ya lo hemos visto antes. Conserva su imponencia todopoderosa de Grim Reaper, la del Siglo XV en Europa, cuando con la guadaña de la peste bubónica, fulminó al 30 por ciento de los habitantes de la época. Así quiere hacerlo ahora en la danza, y lo logra de momento. Primero somete a las damas, luego a los varones.

Entonces aparece el caporal que la desafía con su vara. Ya sabemos quién morirá.
Si quiere eliminar al caporal, la muerte debe conseguir un corte limpio. Lleva siglos haciéndolo, desde cuando era Átropo de la mitología griega, una de las tres hermanas rectoras del hilo de la existencia, la encargada del corte final. Y lo siguió logrando en su adaptación romana de la parca Morta. Como se trataba de un hilo, pues bastaban unas tijeras filosas. La guadaña y la apariencia de huesos fue adoptada por el Grim bisnieto de la Edad Media, época en la que se fortaleció para hacerse inevitable en las fiestas.

Y así aterrizó en nuestro desorden. Primero fue en la danza a mediados del siglo XIX, luego en todo el Carnaval, y ahora, hasta desfile propio tiene en Soledad desde hace 20 años: le llaman el ‘Ceremonial de la muerte’.

En esta expresión soledeña, las muertes y guadañas se multiplican, y la derrota-victoria de nuestro personaje se repite una y otra vez. La Reina Central es una muerte más, lo mismo que la masa de bailarines. Todos se convierten a la fatalidad bípeda que termina derrotada para que el goce continúe. Todas exhiben la destreza en el corte de la vida, habilidad que contribuye, más allá de los límites del redondel o la pista, al lucimiento reposado de nuestro segundo personaje: Joselito Carnaval.

Ceremonial de la muerte

El 'Ceremonial de la muerte' es una cuestión singular y cada año en Soledad le rinden una especie de honor folclórico.

Foto:

Guilllermo González / ETCE

¡Ay, Joosee!

Si la miramos bien ahora en su turno, la de Joselito, el último día de la fiesta, no es una muerte usual que se eternice luego de cruzar la frontera de la vida, sino que lo hace en la repetición perpetua de su acto de morir. Porque Joselito solo tiene sentido si muere una y otra vez, contra una vida efímera de cuatro días en la metáfora de la parranda masiva.

A Joselito se le asume en la fiesta con una presencia fantasmal, evidente en los demás, y que se va consumiendo en cada trago y en cada lance. De manera que llega moribundo hasta el martes, para luego avanzar en medio del cortejo bullero de música, reclamos, chistes, disfraces, trago y más rumba: ¡Ay, Joosee!

La sepultura nunca se concreta porque el destino de ese cuerpo jamás será la quietud del más allá, sino el largo sendero de los ciclos y días por donde se desplazará sin premuras hacia su próximo Carnaval.

No es exclusiva de Barranquilla esta costumbre de ‘enterrar a Joselito’ porque en varios otros carnavales de América, la quema de un muñeco o el sepelio de un maniquí simboliza el cierre del Carnaval como bien lo ha documentado Édgar Rey Sinning. La diferencia es que la muerte de Joselito remite también a la suspensión de la conciencia del parrandero agotado.

Muerte y borrachera se asimilan, entonces, en el freno de la guachafita, y la caricatura actúa como disparadora de la burla. Con el paso del tiempo, ese Joselito que fue un muñeco de versiones barriales, un ente sin vida paseado en camilla, se volverá un actor en pleno goce de su muerte, que es la misma borrachera anuladora de los sentidos.

Como sea, ya no está capacitado ‘Jose’ para escuchar a las viudas que lo lloran, que lo increpan o se lo disputan; ni a los hijos, compañeros, amigos, religiosos y diablos de la desgarradora puesta en escena. Solo se lamenta, rechaza o resalta la partida del macho soberano, y se da testimonio de su promiscuidad.

A estas alturas, Joselito ha dejado de ser el díscolo Dioniso para muy pronto darle paso al equilibrado Apolo: vaivén de complicaciones en el sentido a la vida. Es un rey muerto paseado en clave de símbolo, en una muerte que desdice de su propia naturaleza, un cambio hacia un estado que nunca fue y que nunca será.

Sin cabeza

En este punto aparece nuestro tercer personaje: el Descabezado, que no representa a la muerte ni como figura esquelética ni como cambio de estado, sino al muerto mismo.

Se parece a Joselito en que está despojado de conciencia, y se parece a la muerte del Garabato en que está amenazante de pie, pero se diferencia de esta última en que luce desorientado, bamboleante en la confusión.

Se trata de un disfraz que Ismael Escorcia Medina diseñó a finales de 1953 y en el cual fusionó tres imágenes fuertes de su memoria. La más antigua –de su niñez–, es la de un burro sin cabeza. Sus padres le advertían que si no se tomaba la sopa, o no hacía el mandado, ese animal insólito, incapaz de rebuznar, se lo llevaría para siempre al infierno.

La segunda imagen es la de los cadáveres mutilados que bajaban por el río Magdalena, y que él vio pasar en su juventud desde la orilla en su natal Calamar (Bolívar). Eran las víctimas de la violencia que estalló luego de la muerte del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948. La mayoría de esos cadáveres, recuerda Escorcia, iban decapitados.

Y la tercera imagen es la de una película de Laurel y Hardy que vio en el barrio Rebolo de mediados del siglo pasado. En ella, un hombre a quien le cortan la cabeza durante una pelea, la recoge para darse a la huida antes de que le ocurra algo peor.

De esa manera, nuestro descabezado se zambulló al Carnaval de Barranquilla en 1954. Lo hizo a la calles polvorientas sobre la amenaza que no cristaliza, con ese machete que solo corta el aire desde una mano, y con una cabeza hecha de alambre, esponja y cartón colgada de la otra.

La lengua de la víctima está afuera, y bajo el traje entero semejante al que usaba Gaitán, se ve la camisa ensangrentada. La imagen es insólita, absurda, pero es tan real que asusta, así como la muerte misma…

Lo otro es que este muerto no tiene ya nada que ver con la vida de quien lo hace caminar. Primero fue el mismo Ismael, luego su hijo Wilfrido, quien con ese disfraz fue Rey Momo en el año 2009. Ahora viene una recua de nietos, sobrinos y hasta ‘descabezadas’. Mejor dicho: el descabezado no morirá. Auténtica derrota de la muerte.


JAVIER FRANCO ALTAMAR
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
BARRANQUILLA

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