Barranquilla

Las tendencias políticas que tienen a Colombia en disyuntiva temeraria

Ecos de un primer resultado electoral que hace intuir hacía donde va el país.

Elecciones para presidencia de Colombia

El pasado 27 de mayo quedó definido el último escaño para que Colombia tenga nuevo presidente este 17 de junio.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

03 de junio 2018 , 10:51 a.m.

Las votaciones de esta primera vuelta electoral 2018 por la Presidencia en Colombia, que mantuvo al país bajo una crisis de nervios por la complejidad de varios factores, se dieron en medio de un ambiente de calma que hacía más de cincuenta años no se sentía.

Esto se debió al proceso de paz vigente con la guerrilla más antigua del mundo; así, que el traslado de mesas que antes debía hacerse por la presión hostil de los levantados en armas, no hubo necesidad de hacerlo.

Se dieron varios hechos importantes como la reducción de la abstención, la desactivación de las maquinarias electorales y el aumento del voto de opinión; factores que oxigenan a la democracia. No obstante esa seguridad pública, en el ambiente se sentía una mezcla de crispación, ansias y miedos por la imposición de un juego electoral derivado de las diferentes tendencias políticas que colocaban a Colombia en una disyuntiva temeraria.

De ahí, la gran desconfianza que, en la Antigua Grecia, tuvo Sócrates de la democracia al sospechar de la capacidad del elector para escoger un capitán que condujera el barco en el que vamos todos sobre las aguas tumultuosas de los mares políticos.

Actualmente, son tres las sospechas alrededor del ejercicio de la democracia, ¿cómo saber quién está apto para dirigir?, ¿quién está apto para elegir?, y, ¿cuál es el procedimiento idóneo para votar?

En primer lugar, a pesar del nacimiento de la democracia hace más de veintiún siglos, la sociedad hoy no prepara a sus ciudadanos para llegar a los altos cargos de un Estado. Para ser presidente no se estudia ni se pasa por un proceso de pruebas de personalidad, de conocimiento legislativo, político, económico, humanístico, de trabajo en equipo.

El proceso para llegar al cargo más importante de un país -del que dependen millones de personas- es menos supervisado por la sociedad que el de un operador en un call center o el de un humilde mensajero quienes, para entrar a una grande o pequeña empresa, deben pasar por horas enteras de evaluación física y psicológica.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, ante lo locura desatada en Europa por Stalin, Hitler y Mussolini la investigación científica se volcó hacia el estudio de los factores que explicaran tanta irracionalidad; el rastro de los hechos condujo hasta la personalidad de los implicados. Los estudios llegaron a conclusiones alrededor de ciertos trastornos cerebrales, tipos de crianza y una particular manera de relacionarse con los demás seres humanos.

A partir de ahí y desde la estela de sufrimiento que aún hoy en día dejan los gobernantes en todo el mundo, la lenta evolución democrática se ha ido decantando por una pregunta fundamental, ¿quién es el candidato? Porque desde el carácter se ejerce la responsabilidad, el respeto por los acuerdos, la tolerancia, la calidez, la manipulación emocional, la coerción de la libertad, el abuso sexual, el despotismo, la violencia.

Sin embargo, para formarse un criterio más o menos ajustado a la realidad no basta con conocer datos periféricos de estudios escolares, la ciudad donde nació o los cargos desempeñados. Es necesario ir al centro de la personalidad.

Presión Mediática

Los periodistas, las revistas de corazón, los biógrafos de los políticos al avecinarse las elecciones comienzan una exploración de la vida de los aspirantes ejerciendo una presión mediática para que muestren las declaraciones de renta, narren sus historias familiares y salgan a la luz sus errores personales. Saber quién es el candidato -hasta donde la insondable condición humana lo permita- antes de que llegue a cualquier círculo de poder, debe ser un requisito de la democracia misma que no se debe dejar al azar de alguien con buen olfato investigativo.

En segundo lugar, el elector, en su mayoría, carece de elementos de juicios necesarios para evaluar en un candidato su disposición a respetar la división de poderes legislativo, ejecutivo y judicial que hacen viable un Estado de derecho construido a través de la historia para elevarnos de la condición animal que nos hace matarnos los unos con los otros, que diferencia lo público de lo privado para proteger la libertad de pensamiento y la propiedad privada, a la vez que promueve la solidaridad entre los ciudadanos en aquellas cosas que garantizan la supervivencia de todos; para valorar su capacidad de tolerancia hacia las diferencias; para calcular su visión de futuro; para medir su disposición de servir al pueblo -donde reposa el poder- y no para lucrarse de él.

La población, en su mayor parte, se ve sobrepasada por sofisticadas informaciones económicas, políticas, medio ambientales, de relaciones internacionales entre tantas otras, no alcanzando a procesarlas para formase una idea de las propuestas y, así, decidir con pleno conocimiento de causa. La gente se abruma ante el despliegue publicitario y los recursos histriónicos de los candidatos, sin poseer los suficientes conocimientos de psicología para descubrir el talante de los proponentes más allá de esos subterfugios -casi nada-.

Los aspirantes, hábilmente, apelan a las emociones, a la noción de familia para inducir la adhesión de las personas mezclando las relaciones de sangre con las relaciones políticas, de modo que el pueblo obedece y espera la protección de un candidato como si estuviera ante un padre o una madre; manteniendo con él o ella un vínculo emocional en lugar de uno político.

Sin objetividad

Trastocada la relación, el elector pierde la objetividad necesaria para ejercer un juicio crítico sobre el candidato hasta el punto alienante de rechazar o inventar evidencias como si se tratase de la acusación o defensa de su familia. El elector, desde Sócrates, no está educado a partir de la niñez en el funcionamiento de la sociedad política.

El tercer aspecto, los procedimientos para ejercitar la democracia, tiene varias fisuras. Una, el canal por medio del cual se relacionan el votante y el candidato, que es el discurso, el que va en perjuicio del elector porque, cuando elige, escoge abstracciones, pero, a cambio, recibe hechos que le quitan capacidad de maniobra cuando el aspirante se alza con el voto y se extravía en medio de los laberintos burocráticos de las instituciones, a pesar de las veedurías y demás mecanismos de control. Dos, la falta de formación de los partidos en lo ético y en lo político. Tres, el sistema mismo de votación y conteo de los sufragios que no se ha podido perfeccionar para evitar los delitos electorales. La lucha entre candidatos y electores es desigual.

Colombia, después de una dramática primera jornada de elecciones presidenciales pasa a una segunda vuelta con dos candidatos irreflexivos, armados con propuestas que podrían alterar el equilibrio de los tres poderes del Estado, cargando sobre sus espaldas evidencias de hechos destructivos. Colombia -donde nadie renuncia a nada propio por un bien mayor para todos-, desconoció a otros aspirantes respetuosos de la ley, con personalidades ecuánimes, con propuestas de consolidación democrática y, con suficientes evidencias de realizaciones positivas.

La sociedad colombiana, como una persona maltratada que ha perdido la lucidez por el marasmo de los golpes y el encierro prolongado a manos de su verdugo, le tira la puerta a quienes podían socorrerla con caballerosidad y generosidad. Ahora, dos hombres de muy dudosa hidalguía, están tocando a su puerta.luceromartinezkasab@hotmail.com

Lucero Martínez Kasab
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla

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