Barranquilla

Elección presidencial, cuando la moral pierde su nombre

Colaboradora analiza aspectos de los recientes comicios electorales que se hicieron en Colombia.

ELECCIONES 2018

En nosotros, los colombianos, no funciona la solidaridad con base en la dignidad humana soportada por la ley si no hay vínculos de sangre.

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Vanexa Romero / EL TIEMPO

28 de junio 2018 , 04:21 p.m.

Diferenciar cuándo un comportamiento humano se ubica dentro del área de la moral y cuándo es parte de un proceso mentalmente patológico es una de las tareas a nivel personal y social más difíciles de realizar, porque va desde las manifestaciones más sutiles hasta las más evidentes.

Se necesitan refinados elementos de juicio para distinguirlo. Aunque, las comunidades que poseen un cierto nivel de sabiduría popular, instintivamente, detectan la confusión de las cosas.

Existen propósitos políticos moralmente válidos como el deseo de una nación de recuperar territorios arrebatados por otro, o el de acabar con grupos al margen de la ley, o el de frenar la corrupción de un país. Deseos recogidos del pueblo que clama ser reivindicado por los candidatos a la presidencia. Justo es que aparezca un líder que se crea capaz de alcanzar esos deseos. Cuando aparece, la gente, le entrega toda su confianza.

Así, emergió Adolf Hitler en Alemania enarbolando el orgullo herido de sus conciudadanos al perder territorio con el Tratado de Versalles, lo que moralmente consideraron injusto pero, Hitler, cambió de camino.

El poder del poder

En nombre de la moral los individuos mentalmente perturbados llegados al poder empiezan a perseguir, a encarcelar, a asesinar. De la moral pasan al crimen. De los discursos de exaltación patriota se salta al uso de símbolos, después a cánticos, a la soberbia, a la ideología, al desprecio por los demás hasta el genocidio.

Es un modelo que se repite en todo el mundo. Se dio en Italia con Mussolini, en Rusia con Stalin. Y lo tenemos ante nuestros ojos en Siria, en Estado Unidos, en Venezuela, en Nicaragua y en Colombia.

Nuestro país, que nació como república a partir del desprecio, de la ingratitud y la traición hacia Simón Bolívar -quien había dado su vida y su dinero por nosotros-; a partir del robo de tierras que los blancos les hicieron a los indígenas; a partir de la vida de privilegios que los criollos le copiaron a los virreyes a costa de la pobreza del pueblo - de actos inmorales que todavía permanecen- ignoró en estas elecciones a un líder que, entendiendo estos contextos, -los que delinearon una idiosincrasia traidora, mezquina y revanchista- propuso, a cambio, leyes que cerraran las heridas y mejoraran el talante emocional del colombiano como la de educación, la de igualdad de cargos para las mujeres, la de preservación del medio ambiente.

Una persona normal que demostró olvidos, que aceptó no saber algo, que no culpabilizó a los demás, sino que admitió haber tenido privilegios y, por eso, quería extenderles a los otros más oportunidades. Pero, el pueblo, no lo ubicó en la segunda vuelta, prefirió a aquellos que, abiertamente, daban señales de comportamientos insanos, como mostrarse infalible o el designado divino o el perseguido.

Colombia, ha elegido como presidente a un heredero de otro denunciado ampliamente por despojo de tierras, corrupción, interceptaciones a la Corte, desapariciones, crímenes de lesa humanidad. Quien, cometiendo actos inmorales pretende defender la moral -acabar con el secuestro, extorsión, narcotráfico de la guerrilla, por ejemplo- incurre en un comportamiento paramoral.

No es fácil en Colombia diferenciar hasta dónde un presidente va por la senda de la moral y cuándo comienza a pisar el terreno de lo patológico.

Porque, como sucede con los niños que actúan según lo que ven durante su infancia, eso fue lo que vio Colombia cuando nació como república durante el enfrentamiento de Bolívar y Santander insultos, traiciones, leguleyadas, venganza, muerte y, las seguiremos repitiendo hasta que llegue, inevitablemente, un líder que nos aclare cómo son las cosas con su ejemplar manera de proceder. Porque, el presidente es el primero que educa, que une o que divide o confunde.

Jorge Eliécer Gaitán, no alcanzó a ser modelo porque lo asesinaron. No alcanzó a producir un cambio de mentalidad en los políticos, a enseñar cómo se encarna un Estado con magnanimidad, con amplitud de espíritu, sin caer en actos paramorales.

ELECCIONES 2018
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Vanexa Romero / EL TIEMPO

Comportamientos y perfiles

La sociedad es un ser vivo que absorbe los comportamientos de sus integrantes y, de acuerdo con ellos, delinea un perfil.

Los alemanes, quedaron culposos por el horror del Holocausto, han sentido y demostrado vergüenza por la Segunda Guerra Mundial, tanto, que hoy su país se llena de inmigrantes y no saben cómo parar esa ola que amenaza su cultura y su economía.

Los ingleses, todavía se sienten superiores a los otros europeos porque fueron la potencia económica mundial en el Siglo XIX cuando arrasaron con sus colonias y, todavía hoy, envanecidos, votaron a favor de la salida de la Unión Europea creyendo que tienen el poder económico de otros tiempos.

Los colombianos, no nos basamos en la razón para practicar la política. Usamos los insultos, las difamaciones, la marrulla, -fiel legado de los españoles- como vendedores en la plaza del mercado los candidatos ofrecen un espectáculo deplorable y, ante la baja audiencia, empiezan a cambiar de mercancía y a ofrecer lo que no pueden cumplir -no más impuestos, más subsidio para los pobres, mejoramientos de la salud, etc.- Instigan a la compra asustando con la escases, narrando los padecimientos de otras plazas, victimizándose, culpando al otro por no haber vendido antes de que cayera la noche. Al otro día, los volvemos a ver rozagantes.

Sucede, que entre más maltrato se recibe más difícil es salir del influjo del “fascinador” porque, los humanos, tendemos a buscar consistencia entre lo que dice y hace una persona y al no encontrarla, la tensión psicológica trata de solucionar esa disonancia cognitiva, en la mayoría de las veces, negando o distorsionando la realidad, sin cuestionar a quien nos tiene atrapado. Cuando se corrige la realidad, ahí, ya se está en otra dimensión.

A corregir la realidad, a eso nos han llevado los políticos a través de nuestra historia y, también, los que pasaron a segunda vuelta.

Preferimos no ver la verdad de un candidato impuesto por una persona que ha sido denunciada por madres y padres anegados en llanto ante la desaparición de un hijo -porque no es nuestro hijo- o por el despojo de sus tierras -porque no son nuestras tierras-.

Distorsionamos la realidad cuando caemos bajo la seducción de un candidato que ha sido acusado de traición por dos honorables personas porque, no aceptamos sabernos engañados por un aspirante camaleónico.

En nosotros, los colombianos, no funciona la solidaridad con base en la dignidad humana soportada por la ley si no hay vínculos de sangre.No se entendió el voto en blanco de tres dirigentes porque ignoramos que un Estado necesita que se construya sin ira, sin emociones, sin apelar al revanchismo.

Necesitamos líderes que se sustraigan de la paramoral, que no pisen el terreno de la patología, que preserven la independencia política necesaria para la construcción de la salud mental nacional neutralizando al oponente, no eliminándolo; que actualicen y hagan cumplir las leyes que separan la Iglesia del Estado y lo público de lo privado; que nos enseñen que la vida republicana se construye con el uso de la razón y no con las pasiones y que nos saquen, prudentemente, de esta locura sin nombre.


Lucero Martínez Kasab
Especial para EL TIEMPO

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