Barranquilla

El Cañonazo es amor y cumbia

La cumbiamba es una de las máximas expresiones de tradición en el Carnaval de Barranquilla.

Cañonazo

Los integrantes de la cumbiamba El Cañonazo reflejan pasión por las tradiciones del Caribe colombiano. 

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Oscar Berrocal / ADN

23 de febrero 2018 , 06:14 p.m.

El inicio de la Gran Parada se aguarda entre sol, diversidad de ritmos que salen de un picó y un olor a mondongo vendido en plena calle, que se impone ayudado por brisas de Mar Caribe y Río Magdalena. A 100 metros de la Vía 40 con 85, donde irrumpirán como artistas del Carnaval, se encuentran cumbiamberos que bailan con negritas puloy, marimondas con garabatos y más uniones fomentadas por el jolgorio.

Son las 3:00 p. m. cuando la cumbiamba El Cañonazo entra con fuerza escénica al desfile. Los 160 exponentes de la cumbia llevan un júbilo grandilocuente. Se nota en la brillantez de sus ojos. Y todos muestran sus dientes gracias a la risa.

No demoran las ovaciones que caen a contraviento desde los palcos. Mientras, Rafael Altamar, el líder que fue Rey Momo en 2010, encabeza el cortejo a la alegría sin bailar, ya que se recupera de una cirugía de corazón abierto. “Ahí viene Rafa, con la cumbiamba (Bis)”, es el coro que agregan bailadores y espectadores a los pasos llenos de cadencia.

Cañonazo

Poco después del amanecer las cumbiamberas comienzan a prepararse para desfilar en la Vía 40.

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El sábado de Carnaval la cumbiamba alcanza a lleva hasta 120  personas. El domingo el promedio es de 60. 

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Daniella Pérez representa a una tradicional familia del Carnaval.

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El vestuario de una cumbiambera de El Cañonazo puede llegar a costar 700.000 pesos. El de los hombres se aproxima a los 400.000.

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La espera se hace corta en medio del buen ambiente. 

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La cerveza sirve para mitigar el calor y levantar el ánimo. 

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En el camino al desfile la risa es protagonista. 

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En plena Vía 40 almas y cuerpos ríen gracias al Carnaval. 

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Antes de ver caer la tarde aparecen espectadores que piden ver velas encendidas en la cumbiamba. Al final son complacidos.

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Al regresar al Barrio Abajo los integrantes de la cumbiamba sienten una amplia felicidad. 

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Óscar Berrocal / ADN

Con pie izquierdo arrastrado y el derecho ligeramente levantado los hombres van una vez más en busca de la conquista. Abren los brazos, se inclinan y nunca tocan a su compañera, tal como mandan los cánones de la cumbia.

Las polleras cortan la brisa y abren el sendero que adquiere tono triunfal por la sensación de estar cumpliendo la gesta, que solo consiste en ser feliz durante el Carnaval exaltando a su majestad, la cumbia.

En el rítmico andar, las caderas tienen romances con miles de ojos que las contemplan desde andenes y gradas. Las mujeres que observan dan la sensación de querer bailar como las cumbiamberas, los hombres sienten un encanto que emiten con aplausos o sirviendo más ron. También hay niños, cuyos rostros parecen dar gracias por ser parte del momento. Aparte, decenas de fotógrafos, que esperan captar un fragmento digno de no olvidar.

En la cumbia, el varón cree en la promesa que con sensualidad hace su compañera y saborea el dulce de la sumisión. El baile es concebido como un diálogo de cuerpos, allí el hombre corteja y busca la conquista. Ella responde siendo coqueta con sonrisa y sincrónico cadereo, manteniendo la distancia cada vez que abre su pollera. Con su actitud entusiasma al parejo, quien siente haber encontrado un amor.

El Cañonazo es una de las tres cumbiambas que cuenta con el título de Líder de la Tradición en el Carnaval de Barranquilla y por ende no concursa en busca del Congo de Oro. Entre sus valores figura la pureza con la que se defienden los aspectos más raizales de la cumbia, maravilla folclórica emanada de la hibridación cultural.

Así lo entiende también gran parte del público, que suele responder a los coros que encienden Esnobo Altamar y demás hombres del grupo con voces agudas. La muestra más diáfana es la pausa hecha en pleno desfile junto a la Base Naval, donde un pelotón de grumetes rompe la marcialidad para entonar con palmas: “¡Qué viva El Cañonazo!”. El hecho pasa de inmediato a ser uno de los recuerdos más apoteósicos dejados por la tarde dominical.

La antesala

Maquillaje y pasión por la cumbia se casan para dejar en el olvido el cansancio que dejó el sábado de Carnaval. La Batalla de Flores a pleno sol y la rumba que siguió no marchitan los bríos de las integrantes de El Cañonazo. “Apenas dormí dos horas”, entona al fondo una voz femenina rematando con una carcajada que produce rasquiña en los oídos de los presentes. Por un momento, así parecen ser todas: irreverentes y burlonas.

Un secador de cabello que rara vez se apaga, junto a los olores inconfundibles de rubor, labial y polvo de cara, anuncian que las damas se alistan para ser imponentes con aquel coqueteo que se hace promesa mientras bailan. La cumbia es la reina del folclor colombiano, y ellas, en una sala del Barrio Abajo, son la bella encarnación de esa realeza.

El domingo carnavalero no ha alcanzado las 10 horas y por instantes parece tener más anécdotas que tiempo. Zunilda, Milagro, Angie, Karen y Daniella, son un puñado de las 80 mujeres con las que contará la cumbiamba en la Gran Parada, segunda cita obligatoria durante la fiesta del Dios Momo.

Es Zunilda quien grita y llora porque el pegante de una pestaña postiza cayó en su ojo derecho, el resto detallan sus uñas pintadas de rojo cardenal o retocan peinados, hasta que Milagro acapara la atención gritándole a un sobrino adolescente, también cumbiambero, quien aún no está listo: “¡ya te dije que te vayas a cambiar, nojoda!”.

La voz levantada causó risas tras dos segundos de silencio y así volvieron a quedar solas. La lágrima de Zunilda ya llegó a los más bajo de su cara y gotea hacia el pecho. Sin abandonar su tarea, Daniella Pérez, cumbiambera desde niña y maquilladora del grupo, dice que “siempre es el mismo cuento. Nosotras luchando porque todo esté impecable y los hombres se quedan en la terraza echando cuentos con los que arreglan el mundo”.

La realidad descrita por Daniella se refleja en la esquina más cercana, en la carrera 48 con calle 51, donde viven los Altamar, jerarcas de la cumbiamba creada por un ancestro en diciembre de 1948. Allí se habla del Junior, de las elecciones presidenciales, de una cuenta pendiente por dos rondas de frías y de una vecina que cuando estaba joven era un “cipote e’ bollo”.

Los hombres no pierden la calma y saben estar listos en minutos. Les resulta sencillo vestirse de blanco, amarrarse el pico e’ gallo (pañuelo rojo que va en el cuello), el fajón, ponerse la mochila y no recostarse a nada que pueda manchar el atuendo. La apariencia cándida no es suficiente si el traje no está planchado, por eso las mujeres le insisten al mismo chico antes regañado, sin que alcance a refutar, que “vaya a planchar la camisa, porque se ve feo”.

En ese ambiente comienza a aparecer Esnobo, cumbiambero de 43 años, y uno de los 25 integrantes que lleva el apellido Altamar. Molesta a las mujeres y se ufana de no necesitar horas para vestirse. Luego se mira al espejo ubicado en la sala y con un toque de mística, como sintiendo que está frente a la instancia más determinante de su vida, se amarra una pañoleta roja que le cubre la cabeza. “Soy el único cumbiambero que no lleva sombrero. Es algo que me ha distinguido desde pelao”, dice pasando de sonrisa a cara fuerte, acentuando su robustez.

Después comienza a despejar los interrogantes de todos los curiosos que le preguntan por el origen de El Cañonazo. “Mi abuelo, Luis Alberto Altamar De la Vega, o Papá Lucho, como le decimos, fundó la cumbiamba. El nombre fue inspirado en un éxito musical de la época. Mi abuelo ya tiene 92 años y está lúcido”, relata con dejo de juglar, quien cada miércoles de ceniza vuelve a trabajar como jefe de seguridad.

Por estos días Alberto Altamar De la Vega, la leyenda viva que le dio origen a El Cañonazo, permanece en un hotel del centro, después de que el arroyo de La Felicidad arrasó parte de su casa esquinera en el Barrio Abajo.

Los hombres que llevan su herencia terminan de alistar entre sorbos de cerveza una mochila que contiene ron, maicena y en algunos casos protector solar. Antes del mediodía todos tienen fajón, pañuelo y sombrero, siendo así expresión absoluta del mestizaje. Son seres de América que visten como para ir a la fiesta de San Fermín, añadiendo un sombrero de los indígenas del Caribe, para comenzar a bailar al son de los tambores concebidos en África.

Las damas siguen en lo suyo. A pleno sol hacen gala de la brillantez en los ojos lograda con sombra escarchada, del peinado de cono creado por la actriz Grace Kelly y traído en los años 60 por Amparo de Cadena (líder de la cumbiamba en la época), del tocado inspirado en flores típicas, de las pulseras, collares y aretes del mismo modelo circular, sumados al traje de cuadros que se impuso en los 50 gracias a Sonia Osorio, y que deja ver los hombros con amplio toque de distinción.

Tener las uñas pintadas de un color distinto al rojo o un peinado que no sea el establecido, son hechos que generan sanción. Y se suma el tocado de flores típicas llevado al lado diestro de la cabeza. Todas cumplen al pie de la letra. ¡Ninguna quiere perderse el Carnaval!

De repente ya no se escuchan los gritos desesperados de Milagro, quien media hora antes reclamaba: “No tengo tabaco ni calilla. Y tengo que llevar algo en la cabeza”.

Antes de la partida hay espacio para reír y estar lejos de las tensiones. Los músicos avivan el ímpetu tocando cumbia y puya en la esquina de los Altamar, la cerveza no emborracha porque se suda al instante, y Daniella, demuestra que una auténtica cumbiambera es capaz de comer arepa de huevo sin perder un ápice de labial.

Poco después de la 1:00 p. m. en los dos buses que llevan a El Cañonazo el entusiasmo se escucha a modo de anécdotas. Allí cada miembro del grupo es una postal o imagen en movimiento que relata el modo de ser Caribe. Los músicos no tocan porque el contrato no incluye el tránsito hacia la Vía 40, pero a nadie se le apaga la risa.

Los tabacos o calillas puestos en las cabezas de las féminas son herramientas para medir tiempo. Los cuatro kilómetros y 200 metros de la Gran Parada, a paso de cumbia, equivalen a fumarse un par de puros. De acuerdo a la tradición, si el desfile fuera nocturno, los minutos se medirían con velas.

La armonía compone la médula de El Cañonazo y define todos sus rasgos. Los ensayos inician en noviembre y al orden seguido con un nivel que acaricia lo devocional, se suma una alegría que no le roba la espontaneidad a ningún miembro. “Entre ellos existe una camaradería y las órdenes se cumplen con pleno agrado. Nadie arruga la cara. Ese cariño es vital para obtener lo que el público al final logra ver en cada presentación”, sostiene William Niño, músico y esposo de Zunilda.

CAÑONAZO

Por donde marchan, los miembros de El Cañonazo van dejando imágenes para el recuerdo. 

Foto:

Óscar Berrocal / ADN

Cae la tarde

En la Vía 40 con Murillo, donde acaba el desfile, el sudor impregnado en sombreros y polleras cuenta que todos han hecho el amor con la fiesta. Las cumbiamberas, cuya promesa de romance hecha al parejo se diluye al final del baile, sí le cumplen al Carnaval, que siempre sabe seducirlas para hacerlas reinas, y ante todo cumbia.

​La fiesta ahora marcha hacia el occidente y al poner los pies en el Barrio Abajo los protagonistas de la historia contemplan la vida a contraluz, gracias a un bello ocaso. Otra dosis de cerveza y fritos, más las risas constantes que genera el frenesí gobiernan la realidad de los ratos posteriores, sobre el mismo bordillo en el que a mediodía sonaron cueros de tambores junto a la flauta de millo. De repente hay noche, pero las pasiones siguen en estado de alba. Es la constante realidad de El Cañonazo, la cumbia y el Carnaval.

Wilhelm Garavito Maldonado
Redactor de ADN

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