Barranquilla

Ecos de un debate que sacudió al país

Crónica sobre la experiencia que vivieron simpatizantes y candidatos presidenciales.

Debate caribe

El primer foro en la Costa Caribe con candidatos a la Presidencia de la República sentó precedente.

Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

12 de abril 2018 , 12:38 p.m.

Con la experiencia del primer debate de los candidatos a las elecciones del próximo 27 de mayo trasmitido desde Antioquia, el que fue soso, aburrido y nada emocionante, algunos medios de información capitalinos pensaron que este, en Barranquilla, seguiría por la misma línea y no se prepararon lo suficiente para su cumplimiento periodístico.

Barranquilla es impredecible. Como si no hubieran sido suficientes los comentarios que de ella hizo el escritor de Macondo y, los del cronista de un periódico de la ciudad que después se fue para la radio y los del que contó historias por Telecaribe salidas de las entrañas de esta región; los capitalinos aún no aceptan que Barranquilla en cualquier momento sorprende así, que algunos medios menospreciaron el cubrimiento del debate político en el Coliseo de la Universidad del Norte a plenas diez de la mañana, en un clima que todavía conserva los días de brisa que estimula el ánimo alegre de sus habitantes que saben, por los festivales de orquesta y por las letanías -que son un “dime que yo te diré”- que lo que se organiza en una tarima tiene el presagio de convertirse en espectáculo.

Y eso fue lo que sucedió durante el debate, un espectáculo político, espontáneo, apasionado como no se recuerde en la historia del país. Los preparativos no eran de tensión política porque vinieran personas protagonistas del acontecer del país expuestas casi siempre a la televisión con temas importantes, ni tampoco porque fueran representantes afamados de procesos de reconciliación, de disenso, de esperanzas de cambio o de aburrimiento por más de lo mismo. No, aquí el ánimo era festivo.

Las primeras doscientas personas del auditorio eran casi todas conocidas entre sí, casi familia, sin preocuparse en lo más mínimo por protagonizar ese elitismo. De manera que las mujeres encargadas de la organización, en medio de sus funciones, preguntaban por sus maridos a las personas sentadas y éstas les daban razón de ellos, “por ahí te anda buscando”. Se dejaron ver, como si estuvieran en un evento de moda, parejas con indumentaria playera; conocidos estafadores de cuello blanco campantes con sus camisas de lino almidonado y, viejos políticos ya en retiro, que apenas eran saludados por los actuales. Hacia el fondo se distribuyeron las personas de menor rango, como es usual, hasta que las graderías quedaron repletas de jóvenes que desde temprano hicieron largas filas para entrar al debate.

Los candidatos fueron apareciendo desde la penumbra de una puerta al costado del Coliseo, algunos muy sencillos sin ánimo de protagonismo como Sergio Fajardo o Gustavo Petro, un poco reservado; Iván Duque, saludó de mano a la primera línea del público; Humberto De La Calle de igual manera a lo cercanos y Germán Vargas muy sonriente con personas conocidas.

Estaban en la tarima los cinco atriles y dos metros más allá la mesa de los moderadores. El debate comenzó llamándolos a cada uno por su nombre mientras subían al estrado siendo aclamados por el público. El último en hacerlo fue Petro, ampliamente aplaudido en las graderías y, desde ahí se lanzó clara, certera, decidida como un disparo, la palabra, “asesino”. El rostro pétreo de Gustavo, que le hace honor a su apellido, contrastó con el susto y el nerviosismo de la mesa moderadora que llamó al orden y a evitar el uso de esas palabras. Desde el primer minuto se prendió el debate más candente que se conozca en Colombia en la ciudad propicia para ello por la desinhibición de su ambiente, por las condiciones políticas inéditas que vive el país después de un proceso de paz anhelado, cuestionado, vilipendiado y alabado.

Teniendo cada candidato su atril ninguno renunció al protagonismo en el proscenio yendo y viniendo desde sus esquinas exhibiendo sus argumentos como jabs de izquierda, 'uppercuts', ganchos y jabs de derechas, como en un cuadrilátero, siendo ampliamente celebrados por el público de las graderías.

Fue un espectáculo la representación que cada quien hizo de sí mismo. Vargas Lleras, tal vez por su cercanía con la clase política local, estuvo con un ánimo liviano, desacartonado, rompiendo el protocolo de permanecer en su puesto, pasando por detrás a buscar repetidamente tinto o agua mientras los demás intervenían; hasta hubo un momento de tanta informalidad, que se recostó levemente en la mesa moderadora para averiguar cuánto tiempo faltaba. Como dicen las señoras, estaba como en su casa. Sin embargo, en una de sus intervenciones, donde, metafóricamente, quiso darle un coscorrón al más joven, salió rojo de la vergüenza cuando éste lo retrató como “el copiloto de Santos que se quedó dormido”. Dicen que el rostro se colorea como una muestra ancestral de que se tiene conciencia de algo.

Fue el momento preciso en que Petro aprovechó, como un muchacho de barrio que atiza la riña entre otros dos, para decirles que se estaban peleando por alguien, cuando él creía que se iban a agarrar por otro y acto seguido, se valió del momento para con su estilo de patrullaje de aquí para allá y de allá para acá, a la manera de un gamonal, poner un pie en el cuello de Duque preguntándole gustoso con su voz de mando, si sería capaz de renunciar al partido al que pertenecía al saber que desde ahí se habían cometido grandes irregularidades; el ambiente se caldeó en las tribunas, hubo llamados al orden, algo dijo Duque, se enredó la discusión y Petro se quedó sin recibir respuesta.

El mayor de todos, el veterano, el constitucionalista, de La Calle, el último de su especie con su educación y decencia llegó dispuesto a la lucha presidencial después de años de contiendas para conseguir el acuerdo de paz. Fue ejemplo de morir con la bandera de sus ideales mostrándose con los bríos y la enjundia de lo que fuera el partido liberal. El auditorio lo aplaudió en los momentos en que, como un gallito fino, se salió de sus casillas -como nunca se le vio en La Habana- para quedar encendido ante un contra ataque de Duque.

Duque, controlado en sus desplazamientos y expresiones faciales, mostró velocidad y sagacidad en sus respuestas, sin embargo, el proceso de selección que lo tiene como candidato hizo que en dos ocasiones la gradería lo calificada como “títere” a voz en cuello desde allá a lo alto. Y, como desde hacía rato se presentía en el acalorado ambiente, desde las tribunas se desprendió la cascada de encontronazos e insultos entre los jóvenes. La mesa prendió las alarmas, los ojos de los moderadores se sobresaltaron, corrió la policía, las filas VIP se levantaron y voltearon para no perder detalles, incluso, discutieron entre ellos mismos. Por un segundo el Coliseo tuvo el temor que desde arriba descendiera esa corriente tumultuosa convirtiéndose en una sola batalla campal, cuando se escuchó la voz sensata de la moderadora llamando la atención a los muchachos en tono escolar e invitándolos a la compostura.

Los candidatos quedaron en silencio hasta que Fajardo, en tono jocoso, hizo referencia al buen humor de Vergas Lleras y, acto seguido, dio paso a su postura de centro. Como un profesor, pensaba sus respuestas, siendo el único en atreverse a decir en frente de los ejecutivos y políticos de todos los niveles de la ciudad, que, a Barranquilla, con su problema de Electricaribe y demás, le habían fallado sus dirigentes.

Si bien es cierto que los candidatos dieron muestra que el argumento es la única arma política válida en nuestros tiempos de sociedad civil, todos, con excepción de Fajardo, se remitieron a los vínculos ancestrales con la familia o la provincia para justificar su presencia como políticos en Barranquilla. No han estudiado que el modelo familiar no debe aplicarse a la construcción de Estado. Porque el Estado no es una familia. Porque la familia tiene límites de sangre, es lo concreto inmediato, lo particular en detrimento del concepto amplio de sociedad civil donde, sin ser familia, los sujetos deben ser solidarios entre sí y, las leyes, que son un pacto racional, son el marco que regula la libertad y las arbitrariedades de todos sin discriminación de parentesco alguno.

Barranquilla, permitió la libertad de expresión de ambos lados, desde los políticos y desde el público y ya veremos cuál será la siguiente sorpresa que le dará al país en las próximas elecciones. Ah, uno de los medios periodísticos en cuestión, alertado por la locura de las redes sociales, alcanzó a llegar gracias a la experiencia y previsión de uno de sus grandes periodistas.

LUCERO MARTÍNEZ KASAB
Especial para EL TIEMPO
BARRANQUILLA

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