Barranquilla

El auge de los dulces de las palenqueras por Semana Santa

Maribel Valdés desde hace varios años se dedica a realizar manjares tradicionales.

Maribel Valdés Hernández

Maribel Valdés Hernández, una barranquillera de 57 años con raíces palenqueras.

Foto:

Carlos Capella / EL TIEMPO

07 de abril 2017 , 10:51 a.m.

Un letrero que anuncia la venta de almuerzos corrientes y sancochos, en la puerta de una casa con pared frontal blanca en la diagonal 77 # 13F-115, del barrio La Esmeralda, en el suroccidente de la capital del Atlántico, esconde uno de los laboratorios artesanales que endulzan el paladar de los barranquilleros en los días previos a Semana Santa.

Es la vivienda de Maribel Valdés Hernández, una barranquillera de 57 años con raíces palenqueras, que aprendió de su madre el arte de elaborar dulces, una tradición transmitida por generaciones entre los habitantes de ese primer pueblo libre de América.

En el costado izquierdo de los primeros metros del patio, cuyo fondo tiene unos 30 metros, surgen, debajo de un techo de zinc, cuatro fogones de leña y dos anafes —también con leña y carbón—, donde están repartidos seis calderos con capacidad de 6 a 50 libras.

De esos recipientes salen los dulces que en la antesala y en la Semana Santa venden las palenqueras —de allá son, aunque nazcan en cualquier lugar del mundo— y que consumen los barranquilleros, que hace años perdieron la costumbre de prepararlos en casa e intercambiarlos con los vecinos (se les llamaban 'raguñaos').

Pero regresando al laboratorio de Mari, como llaman en casa a esta mujer que a punta de estos manjares levantó a sus seis hijos luego que su esposo los abandonó hace poco más de 20 años, dos mesones de maderas rústicas, rayadores, cuchillos, cucharas, cucharones son, entre otros, sus implementos de trabajo, además de los calderos.

"Me levanto temprano, y de 6 de la mañana a 5 o 6 de la tarde hago dulces y cocadas; pero también, enyucado y alegrías. Aprendí de niña, como a los 11 años, viendo a mi madre. Me gustaba tostar el millo para hacer las alegrías", dice.

Dos árboles de mango, uno de ciruela, otro de mamón y otro de cereza —este reseco por el verano— resaltan en el patio, donde el pequeño pero inquieto nieto de Mari, Andrés Felipe, de 2 años, quiere ayudar en la preparación, pero es espantado por la abuela que le dice que no se acerque por el peligro de la candela (con madera ella cubre los anafes, por si el menor llega hasta el lugar).

"Me gusta hacer el dulce de papaya, ya sea el normal o en 'caballito' (cortado en juliana), porque no hay que estar mirándolo... Así puedo, al mismo tiempo, cuajar la miel de la alegría", agrega. "Eso son los suaves. Pero también hay que hacer los duros, como el de ñame y guandú, que en el caldero de 50 libras uno se puede demorar hasta tres horas".

Maribel trabaja sola en la preparación en los calderos, aunque sus hijos la ayudan en la preparación previa, como también Norma Pérez, una prima enfermera llegada hace dos años de Caracas, quien el día de nuestra visita estaba presente en la casa, rallando coco y meneando el contenido de un caldero.

En los mesones, cubiertos con plásticos por higiene, Maribel esparce en cucharón una mezcla dura, son las cocadas: base de coco con piña, con leche o con guayaba. Y enseguida aclara que el dulce-ducle, que es más suave, va directo a los recipientes para su venta.

Normalmente, durante el año, solo elabora cocadas y dulces de corozo y arequipe para obleas, que sus hijas Mirla e Ivis Cassiani venden los fines de semana en el restaurante El Proveedor, en el barrio Las Flores, a la orilla del río Magdalena. Antes, hasta hace dos años, ella misma vendía las alegrías por el barrio La Victoria, porque le encantaban cómo la gente las pedía: ¡"Alegría, con coco y anís!".

Dulces tradicionales para Semana Santa

Maribel trabaja sola en la preparación en los calderos, aunque sus hijos la ayudan en la preparación previa.

Foto:

Carlos Capella / EL TIEMPO

Pero una vez termina el Carnaval de Barranquilla, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección, comienza el agite por los dulces de las palenqueras, que desde los últimos años del siglo pasado han tomado auge, tras una feria que se realizaba en el parque Surí Salcedo, organizado por la Fundación Te Necesito.

Y aquí en eso está Maribel, que dice que unas 10 palenqueras elaboran dulces en su barrio y otros cercanos para esta temporada. "Puedo llegar a hacer 15 dulces, unos cuatro diarios", sostiene. Los vende por las calles, a la clientela por pedido o en un puesto fijo en el diario ‘El Heraldo’. "Sabe una cosa: ahora ya no somos tantas palenqueras como antes: a la juventud no le gusta la candela, porque uno queda chueca".

Por estos días la producción se triplica. Dice que si invierte 10.000 pesos puede ganarse 60.000. "No hago todos los dulces al tiempo, porque nunca tengo la plata completa", dice, mientras recoge conchas de coco y las lanza para encender más la leña. "Aquí nada se desperdicia. Si hago dulce de coco totalmente blanco, la parte negra la utilizo para la alegría o para hacer un arroz".

Las palenqueras están por todos lados en estos días: en centros comerciales, en los supermercados, en los lugares estratégicos de Barranquilla, y en menos cantidades que antes en el Elías Chegwin, que fue remodelado con miras a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2018. Los precios van desde los 2.000 pesos que cuesta una cocada, una alegría o un vaso pequeño de dulce, hasta 20.000 pesos, que corresponden a un pote con un litro de dulce de leche.

—¿Por qué utiliza leña y no gas? —le pregunto a Maribel.

Por costos y porque a la gente le gusta más con sabor a leña —responde.

En ese momento le suena el celular. Se lo pasa a Ivis, su hija menor de 19 años, para que responda. Es una profesora de un colegio cercano que pregunta qué hay de almuerzo. "Ah, también hago almuerzos para la venta", dice, mirándonos, antes de responder que tiene lomito de cerdo guisado y pechuga de pollo asada. La profesora pide bistec de carne y la cocinera a través de su hija responde de manera afirmativa. Entonces entiendo la razón del aviso de la entrada a la casa.

Le digo que debe poner un aviso de venta de dulces, y responde que la gente sabe que vende.

—¿Usted hace mongo-mongo? —le pregunto.

—Sí —responde—. Es un dulce de mezcla de piña, guayaba, guandú, mango, papaya, mamey... Todo lo que usted quiera echarle.

—¿Es verdad que tiene poderes especiales?—¿Qué es afrodisíaco? Eso lo dicen para vender: es puro embuste.

ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ
Redactor de EL TIEMPO
Barranquilla

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