Barranquilla

El original mágico mundo de La Cueva

En el restaurante-bar-museo de Barranquilla se conservan elementos de García Márquez y sus amigos. 

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La nevera de Alfonso Fuenmayor sigue llena de libros en La Cueva, el restaurante-bar-museo de Barranquilla.

Foto:

Vanexa Romero /EL TIEMPO

21 de junio 2017 , 06:28 a.m.

La nevera está aquí, en un rincón de la sala principal, tal cual como Gabriel García Márquez la vio en casa de su amigo Alfonso Fuenmayor a mediados del siglo pasado.

Para descubrirla, solo es necesario seguir las huellas de los cinco pasos de elefante, que son visibles en la esquina suroccidental de la calle 59 con la carrera 43. Ya dentro del local, tras leer el certero letrero que dice 'Aquí nadie tiene la razón', se debe continuar con cuatro pasos del animal y, finalmente, caminar dos metros en línea recta y girar la cabeza a la derecha.

Es rojo quemado, de siete pies, con dos puertas. Para ver su marca y saber que es la norteamericana Hotpoint hay que acercarse. El nombre no es tan notorio como en los electrodomésticos de hoy en día.

Cuando se está cerca, solo hay que extender el brazo y abrirla. Es difícil encontrar a alguien que no se sorprenda con que su interior, de color crema, esté repleto de libros, tal cual como el nobel de Literatura la encontró cuando el anfitrión lo invitó a seleccionar un material de lectura.

A centímetros de la nevera, metida en una vitrina de madera con puertas de vidrio, está la máquina de escribir negra con letras casi invisibles utilizada por Álvaro Cepeda Samudio, cuando fungía como editor –figura del cual fue pionero en Colombia– del desaparecido ‘Diario del Caribe’.

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La máquina de escribir que usaba Álvaro Cepeda Samudio se exhibe en La Cueva.

Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

Esta máquina la cargaba Cepeda. Muchos editoriales y trabajos periodísticos fueron escritos en La Cueva, que era su oficina alterna, desde cuando él mismo descubrió el lugar, en 1954, hasta entonces una tienda de barrio, y la convirtió en el bar administrado por Eduardo Vilá, un primo de Fuenmayor.

Antes de pasar el 'Aquí nadie tiene la razón', justo en la última huella del elefante, a la derecha, quizás a tres metros, se destaca un mural alto, de 2,11 metros por 1,50 de ancho, en papel adhesivo de fotografía a blanco y negro –como casi todo lo del recinto– de Germán Vargas Cantillo, acompañado por Enrique Scopell, ambos vestidos de congo, disfraz del Carnaval de Barranquilla.

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Foto de un carnaval alegre de don Germán Vargas Cantillo y Enrique Scopell.

Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

Y en todo el frente de la barra, pasando el letrero pero a la izquierda, otro mural, este más grande (de 3,90 metros largo por 2,21 de alto), de la bienvenida en el aeropuerto a Cepeda Samudio, en 1951, tras cursar estudios de periodismo en Estados Unidos. En este aparece el joven García Márquez y, como pocas veces, el maestro José Félix Fuenmayor, padre de Alfonso y guía, en compañía del español Ramón Vinyes –el ‘Sabio catalán'– de los jóvenes periodistas caribeños.

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Mural con la foto de Gabo y los integrantes del Grupo de Barranquilla recibiendo a Cepeda Samudio, en el aeropuerto, en 1951.

Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

Esa nevera de Alfonso, la máquina de Álvaro, las fotos de Germán y Gabriel –‘los cuatro primeros y últimos amigos que tuvo en la vida Aureliano Buendía, inmortalizados por Gabo y que incluyó en ‘Cien años de soledad’– son apenas algunos de los atractivos físicos originales que cualquier persona puede encontrar en La Cueva, el bar restaurante considerado como 'un lugar único en el mundo'.

Hay más: por ejemplo, la única foto que se conoce de García Márquez como trabajador del periódico ‘El Nacional’, donde estuvo vinculado apenas por tres meses... El cuadro 'La mulata de Obregón', con los dos disparos que le hizo su amigo de cacería, 'Toto' Movilla... La carabina de esos tiros... O la famosa foto de Álvaro Ojeda que le dio la vuelta al mundo, con un Gabo ya reconocido y muerto de la risa en el aeropuerto, señalándose con Cepeda Samudio... O el aviso ilustrado con un Obregón que advierte: 'Señora: si no quiere perder su marido no lo deje ir a La Cueva, centro de intelectuales y cazadores'.

La Cueva, que abrió como fundación sus puertas al público en el 2004, tras permanecer por años en manos de particulares, es el único bar restaurante Patrimonio Nacional en Colombia. Su decoración es similar a la de la mitad del siglo pasado –como puede verse en las fotos de la época – y va de la mano con la cultura.

Señora: si no quiere perder su marido no lo deje ir a La Cueva, centro de intelectuales y cazadores

Presentaciones de libros, conversatorios, recitales y demás se programan cualquier día del año, menos el domingo, cuando no se abre. La música también tiene cabida: los miércoles son de jazz; los jueves, de fusiones, y los viernes y sábados el turno es para la música tropical con la agrupación de planta, Son de La Cueva, que pone a bailar a cualquiera.

La cocina, catalogada como una de las mejores de la ciudad, es creativa. El filete de pescado fresco se prepara con leche de coco y otras frutas tropicales y, tras tomar los colores de Obregón, recibe el nombre de ‘El Cuadro’. La sopa, inspirada en las que preparaba Cepeda Samudio, de la cual dicen que hasta pintura le echaba, se llama Bullabés: cambia todos los días, según el gusto del chef.

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La fachada de La Cueva hoy en día, lo más parecido a cuando abrió en 1954.

Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

Mirándome cómo veo con curiosidad la nevera, Heriberto Fiorillo, alma y vida de La Cueva, pregunta cuál objeto me llama más la atención del recinto.

Esta nevera de Fuenmayor respondo-. Siempre me asombra, como seguramente le ocurrió a García Márquez, quien alguna vez aseguró que solo eso podía suceder en el 'Macondo urbanizado', como denominaba a Barranquilla, la ciudad que lo acogió en varias etapas de su vida.

-Esa era una de las tantas neveras de Fuenmayor--apunta Fiorillo.

-¿Tenía varias llenas de libros?

-Claro --agrega el director de la Fundación La Cueva--. Cuando Alfonso Fuenmayor se ganó el Premio Simón Bolívar, vine a entrevistarlo y me dijo que le pagaron un trabajo con neveras, y como eran tantas, quedaron para guardar libros. Por eso tenemos una de ellas...

Así como la nevera, aquí permanecen los testimonios de Gabo y sus amigos. No hay de otra: cuando cualquier persona esté en Barranquilla, puede pasarse por La Cueva. Venga que no se arrepentirá...

Estewil Quesada Fernández
Redactor de EL TIEMPO
Barranquilla

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