Para una mejor experiencia, active los estilos en la página. Como hacerlo?
Para una mejor experiencia, active el javascript de su navegador. Como hacerlo?

Actualizado 03:52 a.m. - sábado 19 de abril de 2014

Colombia 08:31 p.m.

Así se baila en La Troja, Barranquilla, lugar emblemático de la salsa

Así se baila en La Troja, Barranquilla, lugar emblemático de la salsa

Estadero la troja, el mejor sitio salsero de barranquilla declarado patrimonio cultural de la ciudad

Foto: Carlos Capella / EL TIEMPO

"Si vienes a Barranquilla y no vas a La Troja es como si no hubieras estado nunca en esta ciudad".

Esto dice un parroquiano de este lugar emblemático de la salsa.

¿Qué sucede allí?: ¿una revuelta popular?, ¿una concentración de fanáticos religiosos o el mítin de algún político que regala dinero? se preguntará un visitante desprevenido que, un viernes o un sábado por la noche, aviste a una cuadra de distancia la esquina suroriental del cruce de la carrera 44 con la calle 74, en inmediaciones del estadio Romelio Martínez. Este fragor de música y baile se llama La Troja, el más emblemático estadero de salsa de Barranquilla.

A las 10 p. m., en su amplia terraza cruzada por los cuatro vientos, la diversión ya ha alcanzado su clímax y ha cobrado la forma que la caracteriza: una rumba colectiva, popular, desenfrenada y pacífica, donde todo el mundo, aun sin conocerse, alterna con todo el mundo y en la que participan, semana a semana, de 300 a 500 personas de todos los estratos sociales.

"Es como la oficina del sabor -dice Alfredo González, uno de los habituales del sitio-. Si vienes a Barranquilla y no vas a La Troja, es como si no hubieras estado nunca en esta ciudad".

El goce en La Troja es fundamentalmente bailar salsa. Esa expresión cultural, ya universal, tiene en Barranquilla una larga tradición arraigada, sobre todo, en lo más popular de la ciudad. Es una liturgia dionisíaca de la cual La Troja es uno de los templos más sagrados.

Extrañamente, La Troja no tiene pista. Los parroquianos bailan en los espacios entre las mesas, tanto las parejas como quienes van solos.

"Bailas solo y a nadie le importa" nos dice uno de ellos. Ese hábito solitario ha dado bailarines de salsa virtuosos, como el legendario 'Negro Ray', que derrotó al caleño Evelio Carabalí, 'Watusi' (ya retirado), en 1973; así como a Willie 'Salsita', 'El Mambo', el Johnny, 'Michie Bogaloo', el 'Chuchu', 'Drácula', 'Sandro' y 'Bleyck' Buelvas, todos los cuales han desfilado y siguen haciéndolo por La Troja.

La noche en que llegamos a reportear esta nota, encontramos a la actriz Rita Bendeck. "Acabo de bailar con un taxista -contó, eufórica- y el tipo fue de una caballerosidad respetuosa. En La Troja todo es auténtico y superrespetuoso: es una maravillosa cofradía barranquillera".

Julia Wismer, joven turista suiza a la que hallamos integrada a esta hermandad, sintetiza: "Es pura vida". Y como ella, son muchos los extranjeros que visitan La Troja, hoy convertida en toda una institución.

En el principio, un kiosco

Este lugar empezó, más de 40 años atrás, siendo apenas un modestísimo ventorrillo.

Edwin Madera, su propietario, cuenta que sus orígenes se remontan al 26 de febrero de 1966, a pocas cuadras de allí, en la avenida Olaya Herrera entre las calles 70 y 72, frente al parque Surí Salcedo, sector que para entonces era de los más elegantes de la ciudad. Se trataba de un cobertizo hecho con cuatro cañas de guadua, que soportaban un techo de palma -y que es lo que justamente se llama en la costa caribe una "troja"-, dotado con un enfriador y un aparato de música.

Sus propietarios iniciales -que lo construyeron para su propio disfrute- abandonaron el sitio; el mesero y barman que lo atendía, un joven de Cereté (Córdoba), decidió dejárselo a su paisana Zunilda Velásquez de Madera, quien lo asumió el 16 de enero de 1967. Zunilda, además de cerveza y música, empezó a ofrecer comida corriente y refrescos, con el apoyo de sus tres hijos, incluido Edwin. El sitio era conocido como el kiosquito ABC, debido a que los locutores y empleados de la emisora ABC de Todelar, situada a una cuadra, eran sus parroquianos más asiduos.

La música que allí se oía comprendía vallenatos, salsa, rancheras y hasta tangos. En 1981, al morir su madre, Edwin tomó el control del negocio y una de sus primeras decisiones fue "adoptar el concepto antillano". Lo hizo después de haber realizado un periplo de bohemia y aprendizaje por los mejores estaderos de salsa que había en Barranquilla: La Cien, La Casita de Paja, La Isla Antillana, el Ipacaraí, el Bulerías, el Taboga, La Gran Vía y otros. "Me convencí de que podía llegar lejos con esa música", dice.

Compró discos por lotes; adecuó el local con cinco mesas de concreto y 30 banquitos de madera, y para relanzar el sitio como nuevo estadero de salsa, decidió darle un nombre que resultara acorde con su nueva identidad. Entonces recordó que cuando llegó por primera vez al lugar con su madre, en 1967, había encontrado, escrito a mano en el piso de cemento: "La Troja, 26 de febrero de 1966".

La Troja acababa de nacer. Al principio, él mismo fue DJ, barman y mesero. Al poco tiempo, el lugar era ya uno de los estaderos más concurridos y respetados por los salsómanos de Barranquilla.
Barranquilla salsómana

Los investigadores barranquilleros Adlái Stevenson y Rafael Bassi explican cómo la ciudad debe a su condición de puerto del Caribe la temprana llegada del fenómeno musical de la salsa. En los 40 y 50, de La Habana llegaban buques cargados de sones, chachachás, mambos y guarachas.

A partir de 1960, cuando Nueva York empezó a ser epicentro de un nuevo experimento musical rebautizado 'salsa', sus productos empezaron a inundar los barrios populares de la capital del Atlántico vía terminal marítimo y fluvial, adonde eran traídos por los marinos llamados coloquialmente "vaporinos".

Se encargaron de difundir esa nueva música, conocida primero entre sus seguidores como antillana, principalmente los 'picós', esos gigantescos aparatos de sonido que animaban las verbenas y los salones de baile populares.

Luego se oiría en bares, burdeles y algunas emisoras. Pero, al mismo tiempo, fue apareciendo una serie de establecimientos, los estaderos de salsa, creados especialmente para la audición y, sobre todo, el baile de estos trepidantes ritmos.

Como La Troja, muchos se mantienen todavía y se han convertido en las trincheras desde las cuales los salsómanos locales defienden su gusto musical frente a las arremetidas del vallenato, el merengue y el reguetón.

La Troja adquirió tanto prestigio, que los grandes íconos de la salsa internacional que llegaban a la ciudad eran llevados al lugar, en visita obligada.

"Recuerdo, en particular, a Charlie Aponte (de El Gran Combo), quien estuvo en 1983. Soltó unas lágrimas cuando escuchó su canción No quiero averiguarlo, grabada con Serafín Cortez y su Orquesta en 1972, cuando él sólo tenía 18 años. ("He estado en tantas partes, pero nunca me habían puesto ese disco", confesó).

También han venido Cheo Feliciano, en 1985, y en broma hizo de mesero por un rato; el fallecido Pete 'El Conde' Rodríguez, nos visitó unas cinco veces en los años 90 y acabó siendo mi amigo; el legendario Tite Curet Alonso, el 3 de marzo de 1996 (quedó impactado al encontrar el manoseado acetato, qué él no tenía, de su canción Canoabo); Junior González, intérprete de La cartera, uno de los temas que nunca dejan de sonar en La Troja, José Mangual Jr. y Gabino Pampini, entre tantos otros que se me escapan", dice Edwin Madera.

El 5 de julio de 1996 La Troja cambió su tradicional sede por la que hoy ocupa, un poco más al norte de la ciudad. Su clientela de siempre siguió leal y a ella se han agregado muchos nuevos feligreses, entre ellos numerosos jóvenes, a quienes Madera llama "la categoría de ascenso".

Por esto, en La Troja, cuya colección de discos consta de unos 10.000 acetatos y 2.600 CD, no sólo se escucha la salsa clásica o salsa brava sino también la más reciente.

El goce de lo nuestro

Desde 1990, Madera comenzó a integrar a La Troja a la celebración del Carnaval de Barranquilla.

Lo hace, en primer en término, mediante el evento 'El goce de lo nuestro', que se lleva a cabo todos los domingos durante la temporada de precarnaval, y que consiste en un homenaje a un músico -programando sus canciones-, de entre los tantos que interpretan la música folclórica costeña carnavalesca.

Y, en segundo lugar, convierte el establecimiento -incluida su decoración- en una fenomenal verbena carnestoléndica, desde la víspera del sábado de carnaval hasta el martes de la muerte de Joselito. "En esta jornada maratónica hacen presencia la reina oficial del Carnaval y la reina de la carrera 44, las reinas de los barrios populares, los reyes Momo, así como diversas cumbiambas y comparsas", cuenta Madera.

Así, con una intensidad capaz de persuadir al más cuaresmal de los espíritus, La Troja hace sentir cada año a sus parroquianos que es cierto el verso del 'filósofo' Víctor Daniel, pregonado por Celia Cruz en una de sus inmortales grabaciones: "La vida es un carnaval".

¿Quién es Joaquín Mattos Omar?

Poeta (1960). Columnista de 'El Heraldo'. Premio Simón Bolívar 2010 en la categoría de Mejor artículo cultural. Autor de las notas literarias de la antología 'Colombia en la poesía colombiana' (2010).

Joaquín Mattos Omar
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla
Facebook Twitter Google Buzz Enviar Instapapper

Artículos Relacionados

Paginar