Carrusel

Había una vez una arquera...

El escritor Fernando Escobar Barrero presenta dos relatos deportivos en clave femenina. 

Ilustración de 'Había una vez una arquera'

Ilustración: Miguel Yein.

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Ilustración: Miguel Yein

26 de junio 2018 , 12:10 p.m.

El escritor y conferencista Fernando Escobar Barrero nos presenta 'Te lo estoy contando' y 'Tres a uno', dos relatos deportivos en clave femenina. Porque fútbol y literatura también van de la mano.

TE LO ESTOY CONTANDO 

Habla tú con ella, dijo su esposa. ¿Sobre qué? ¿Cómo sobre qué? Pues sobre su estúpida idea de jugar fútbol. Ah, eso… no me parece una idea estúpida. ¿No? ¿Te parece que ser arquera y ser pianista van de la mano? Pues… un poco, lo importante es que no se vaya a lastimar los dedos con esas teclas, porque truncaría su carrera en el arco. ¿Sabes, Iván? Tal vez la estúpida soy yo por haberme casado contigo, pero si no eres tú quien le haga entender a esa niña lo que le conviene, seré yo quien lo haga, a como dé lugar. Amor, Anna está a punto de cumplir dieciocho años. ¿No crees que ya está en capacidad de saber lo que le conviene? Lo que le conviene es continuar sus estudios de piano para que pueda ganar la beca en la universidad y llegue a ser una gran pianista. y por favor no me llames amor. Mmm… ¿Le has preguntado a Anna cuántas veces ha sido feliz dando un concierto de piano? No. Bien. ¿Y le has preguntado cuántas veces ha sido feliz tapando? No, pero sé que si se lastima un dedo será infeliz, porque se quedará sin el piano y sin el maldito fútbol. ¿Por qué no hablas del “maldito” piano y del fútbol, supongo que tal vez porque mi padre era futbolista y tú nunca lo soportaste? No metas a tu padre en esto. Los Diatlov siempre hemos sido pianistas, desde tres generaciones atrás, no arqueros. ¿Y tú has sido feliz como pianista, Olga? Tocar piano no se trata de ser feliz, se trata de estudiar para ser mejor cada día, y ser mejor me hace feliz. Bien, pero no me respondiste si tocar piano te hace feliz. La mujer se quedó cruzada de brazos, respirando hondo y mirando los retratos de sus ancestros. Si me dices que el piano hará feliz a Anna le diré que deje la portería. Se trata de su futuro, Iván, se trata de las oportunidades que tendrá en la vida de crecer, se trata de que ha estudiado piano desde los siete años, se trata de que tiene talento y debe explotarlo. Lo entiendo, Olga, pero también entiendo que, desde que descubrió que sabe tapar, sonríe cada vez que tiene partido, sonríe aunque le metan dos o tres goles… incluso duerme con los guantes puestos… ¿Cuántas veces la has visto dormir encima del piano? Eres imposible, Iván, no quiero hablar más; dejará el fútbol y se acabó. Olga, Anna no dejará el fútbol y tampoco el piano, pero algo me dice que tocará más el balón que el piano de aquí en adelante. Eso lo veremos; apenas llegue a comer le diré que el fútbol se acabó y que se siente a estudiar piano. No creo que venga a comer. Es más, no creo que venga a dormir. ¿Por qué lo dices? Porque está en San Petersburgo haciendo una prueba para tapar en el Zenit. ¿Cómo así? ¿Tú le diste permiso? No. No le di permiso, pero me alegra que haya ido. No puedo creerlo, no puedo creer que me cuentes hasta ahora. ¿Me estás hablando en serio? No, estoy hablando en broma, como siempre; en realidad Anna está dando un concierto de piano en la escuela y por eso hoy se demorará. ¿No sabías? Nnn… no. Bueno, ahora ya lo sabes. Al llegar pregúntale si fue feliz tocando. Pregúntale también si quiere dejar el piano… estoy seguro de que te dirá que no, nunca lo va a dejar, pero tampoco va a dejar el fútbol, estoy seguro porque pasado mañana la acompañaré a San Petersburgo a que le hagan una prueba en el Zenit; te lo estoy contando, Olga, te lo estoy contando, amor.

TRES A UNO 

Esa tarde, mientras fregaba los platos, Natasha miraba por la ventana de la cocina cómo pasaban los hinchas de la escuadra rusa con banderas rojas en los hombros celebrando a gritos su triunfo sobre Uruguay. Inevitablemente vino a su mente la imagen de su padre entrando a casa cantando desentonadamente, con su camiseta azul del Dynamo de Moscú y una botella de vodka en su mano. Sintió náuseas.

Cuatro cosas odiaba Natasha en la vida: el fútbol, el Dynamo, el vodka y a su padre. Los ojos morados de su madre, el llanto de su hermana menor y los ronquidos de su progenitor eran los recuerdos más recurrentes de su infancia.

Por eso, desde que se enteró de que su país haría un mundial en el 2018, sintió ganas de dejar el país, el continente o incluso el mundo. Pero no podía, sus ingresos eran pocos. Fregar platos en un restaurante no le permitía siquiera dejar la ciudad. El chef entró de repente a la cocina. ¡Por cortesía de la selección rusa ya podemos irnos!

Cocineros y aseadores aplaudieron. Natasha solo desamarró su delantal y salió en silencio. Caminó ligero en medio del verano frío y la ola de hinchas. Solo quería llegar a su minúscula habitación, quitarse las botas y meterse a la cama. Decidió desviarse por uno de los callejones para alejarse de la marea roja.

Por un momento se sintió en paz, se sintió libre. Fue un momento corto. Se encontró de frente con cuatro hombres vestidos de rojo. Ella se cambió de acera y los hombres también. Pensó devolverse, pensó en correr, pero se petrificó. Uno de los hombres se le acercó y acarició su trenza rubia.

Se nos acabó el vodka, preciosa. ¿Nos invitas a un trago? No, dijo ella en un hilo de voz, mirando al piso. ¡Yo tampoco! Gritó con acento extraño un hombre alto con camiseta azul y una botella de vodka en la mano. Los invito a toda la botella, y ahora, si nos permiten, nos tenemos que ir, dijo entregándole la botella al hombre y tomando del brazo a Natasha.

Los hombres se quedaron pasmados viendo cómo la pareja avanzaba en sentido contrario. Tranquila, yo la acompañaré, le dijo él. Mientras caminaban, Natasha sintió cómo le volvía el alma al cuerpo. Gracias, dijo esbozando una tímida sonrisa. No hay de qué.

Después de caminar un rato en silencio, Natasha se detuvo. Aquí vivo… usted no es de por acá, ¿verdad? No, soy uruguayo, pero vivo aquí hace varios años. Ah… siento lo del partido. Tranquila, no es agradable perder, pero igual ya estamos clasificados a la siguiente ronda. ¿Y usted, no está contenta por el triunfo de Rusia?

La verdad, me importa una remolacha. El hombre soltó una carcajada. Si le parece, le compro una botella de vodka para reemplazar la que les dio a esos tipos… es que en mi casa nunca tengo ningún licor. Descuide, se la llevaba de regalo a unos amigos uruguayos... Me llamo Edison.

Un gusto, soy Natasha… Lo estarán esperando sus amigos. Sí, tal vez, pero si no llego se comprarán otra botella. Lo invitaría a pasar y tomar un trago, pero… no tomo. Descuide, yo tampoco… ¿Tiene remolachas en casa? Natasha sonrió. Esa noche, mientras escuchaba en la calle los cánticos que hablaban de la hazaña de la selección rusa, miró a Edison dormir y pensó que ya no odiaba tanto el fútbol. También pensó que de ahora en adelante le haría fuerza a la selección charrúa.


Fernando Escobar Barrero 
PARA CARRUSEL 

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