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¿Por qué nos cuesta el amor?

 El escritor Adolfo Zableh se pregunta ¿por qué cada vez parece más difícil tener pareja estable?

¿Por qué nos cuesta el amor?

Ilustración de Miguel Yein

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Miguel Yein

03 de mayo 2017 , 11:58 a.m.

Lo fácil en estos tiempos es echarle la culpa de todo a internet. Por cuenta suya, el negocio de la música cambió para siempre y el del periodismo se está yendo al carajo. Por la borda parecen irse igual el de la hotelería y el de los taxis. Más allá de juicios de valor, desde que se volvió un producto de consumo masivo el internet ha transformado todo lo que ha tocado. Y en ese saco caben también las relaciones humanas, asunto más frágil y complejo que cualquier negocio, la bolsa de valores incluida.

El internet ha revolucionado la forma como interactuamos con nuestra familia, nuestros amigos, con el trabajo... Pero son las relaciones amorosas lo que nos convoca. A ellas les ha dado variedad y velocidad. Ahora el menú no solo parece infinito, sino que es de comida rápida. Podemos dar con alguien en Rusia y enamorarnos y desenamorarnos con la misma rapidez. Hace unos años salió un estudio que afirmaba que el amor a primera vista era una atracción meramente física y que se producía no más de ocho segundos después de haber conocido a alguien que nos gustara. Si a esa facilidad con la que nos rendimos ante la belleza le sumamos todas las posibilidades que brinda internet, es entonces comprensible que en un día nos 'enamoremos' doce, veinte veces, y así mismo nos cansemos, cerremos sesión y pasemos a otra cosa.

Es que todo nos queda fácil. Si hoy la fama y el café son instantáneos, ¿por qué no el amor? Nos acostumbramos a que lo que no nos gusta lo desechamos, y basta con cerrar una aplicación para olvidarnos de aquello que no nos genera placer. Aunque el mundo sigue siendo el lugar caótico de siempre, pareciera que ya no hay grandes causas por las cuales luchar; no somos nuestros abuelos, que vivieron guerras y revoluciones sociales violentas. Hoy estamos en la etapa de lo inmediato, del yo, de las marcas. La publicidad nos las ha metido por los ojos y son ellas quienes organizan nuestros viajes y nuestros conciertos. Suena mamerto, pero nos vendimos al sistema y no nos importó.

Es cierto que gracias a internet podemos tener relaciones por Tinder y Facebook, Twitter y Snapchat, todo al mismo tiempo, sin sufrir mayores consecuencias ni que nos califiquen de promiscuos, pero a esas cosas escasamente se les puede clasificar como una relación. O quizá sí; de golpe lo que toca es bajarle al dramatismo y entender que esos amores donde la gente cruzaba el mundo en barco para verse y aguantaba muchos años junta son cosa del pasado y no hay nada de malo en ello. La vida es cambio y el amor de hoy no es eso con lo que crecimos quienes nacimos antes de la aparición de las redes.

Por eso digo que el internet es una excusa. Cambios hemos vivido y más cambios vendrán, pero lo que no ha variado un ápice es el miedo, esa incertidumbre, ese temor a apostarle todo a una relación y salir herido lo que siempre ha dificultado el amor. En un lugar con más de siete mil millones de habitantes, medio mundo está buscando a la otra mitad, y lo increíble es que no se encuentran. ¿Dónde está la gente? Ahí, al lado suyo, en la calle y en la red. El edificio donde usted vive está repleto de personas. Buscamos sin ver, volteando la cabeza para mirar de reojo pero sin concentrarnos en nada; pidiendo amor pero siendo incapaces de darlo. Y el amor, ya lo sabemos, se trata de dar sin miedo pese a todo; no de recibir.

En un planeta con más de siete mil millones de habitantes, medio mundo está buscando a la otra mitad sin encontrarse

Y ahí sí entra el internet a terminar de trastocar todo. Eso y los cambios sociales. Antes conocíamos a la vecina o a nuestra compañera de salón y quedábamos flechados. Las opciones eran menos y además nacíamos en una sociedad que aún creía en lo sagrado del matrimonio y en el 'te amaré toda la vida', así los dos conceptos sean más que cuestionables. Entonces era eso o dárselas de rebelde y quedar solo en una época donde todos andaban en pareja. Hoy los solteros somos muchos más, tenemos amigos de verdad y virtuales y todos tienen opción de convertirse en algo más, pero hay tanto de donde escoger que sentimos que no hay necesidad de quedarse con uno. Si algo falla tenemos opciones infinitas y mejores para reemplazar lo que desechamos. Pero es mentira. Esa idea de que a las relaciones no hay que meterles el lomo porque si no fue con este será con el otro, y que nos estamos perdiendo de cosas mejores que las que ya tenemos, también nos está matando.

Y en cuanto a los cambios sociales, el feminismo ha sido clave. Si antes un matrimonio malo no duraba menos de 25 años era en buena parte por la resignación de la mujer, educada para aguantar casi cualquier tipo de abuso. La teoría del Amor líquido, de Zygmunt Bauman, que dice que el internet y el mismo capitalismo han cambiado la manera de enamorarnos, tiene detractores que afirman que el amor masculino siempre fue así, líquido, volátil; era el amor sólido de las mujeres lo que hacía las relaciones estables y duraderas. Hoy ellas están entendiendo que no tienen por qué aguantarle nada a nadie y que pueden mandar todo al carajo si no les funciona. Y si a eso le sumamos el miedo natural con el que vivimos, el exacerbado consumismo de todo, incluso de personas, y el brillo de internet, que parece oro aunque no lo sea, damos con el problema: de tanto creernos el cuento de que esta fiesta nunca se va a acabar es que no sacamos a bailar a nadie.

Netflix no es más que otro pretexto para disfrazar de pereza o aburrimiento nuestro miedo a que alguien de carne y hueso nos rompa ese corazón que ya nos han destrozado tantas veces

¿Cómo evitamos comprometernos? Saltando de un lado al otro sin generar vínculos, pero también narcotizándonos con lo que sea, y Netflix es un inmejorable ejemplo. Es un gran producto, imposible negarlo, pero también la mejor excusa. Preferimos meternos dos series y cuatro películas que estar en contacto con las personas. Netflix es muy bueno y la gente es muy mala, tal vez, pero a la larga no es más que otro pretexto para disfrazar de pereza o aburrimiento nuestro miedo a que alguien de carne y hueso nos rompa ese corazón que ya nos han destrozado tantas veces.

Hace poco estuve con una pareja de amigos. Están en sus treinta y llevan juntos unos diez años, toda una rareza en estos tiempos. Él es de esos que formulan una pregunta y no se quedan para oír la respuesta. Me lo hace siempre, pero no pasa nada porque no nos vemos más de tres veces al año. Me quedé con ella y le pregunté cómo hacía para lidiar con aquello. Antes de responder me agradeció por notarlo y agregó que no lo tomara personal, que hacía lo mismo con todos. Luego dijo que con mucho aguante; que el amor era importante, pero que soportar los detalles menos románticos de una relación era la clave para que esta durara. Lo chistoso es que los asuntos del amor son hoy tan precarios que semejante obviedad constituye toda una revelación para muchos que no dan con la fórmula: sin aguante, sacrificio, compromiso y tolerancia, usted puede derretirse por medio mundo que no va a llegar a ningún lado. Y ese tipo de lecciones se aprenden hablando con gente que tiene experiencia, no viendo comedias románticas en Netflix.

POR ADOLFO ZABLEH
PARA CARRUSEL

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