Carrusel

El 'Grinch' que hay en mí

La escritora Virginia Mayer cuenta cómo descubrió que no existe Papá Noel.

Virginia Mayer Grinch

"La Navidad –como los matrimonios, los showers, los bautizos, las primeras comuniones, el día de la madre, el día de la mujer y el día del padre– me resulta ridícula e innecesaria, obsoleta (...)".

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Miguel Yein

22 de diciembre 2017 , 03:57 p.m.

*Banda sonora para este texto: la versión que hizo Sixpence None the Richer de 'Carol of the Bells’, la única canción que tolero durante estas fechas.

Yo nací en el 78, pero solo me acuerdo de la Navidad desde el 85, cuando nos mudamos a Uruguay (donde nació mi viejo). Tampoco me acuerdo de la primera Navidad que festejamos en Montevideo, pero sí de la segunda. Imposible olvidarla.

Entonces vivíamos en la casa de mi abuela, mientras terminaban de construir la casa a la que después nos mudamos mi viejo, mi vieja, mi hermano Claus y yo. Por eso, las primeras navidades fueron en la casa de los Mayer, a donde llegaban mis dos tíos con sus parejas y sus hijos.

Mi abuelo Helmut ya se había muerto, pero permanecía su tradición alemana de comer frutas de mazapán y Stollen. Y como él había hecho cuando estaba vivo, ahora alguien más se escondía detrás de la puerta de la sala a conversar con mi viejo pretendiendo ser Papá Noel.

Claus, mis primos y yo nos sentábamos en la sala a oír la conversación absolutamente fascinados –cuando el gordo de barba larga se hubiera ido en su trineo, nos daban los regalos–, pero el segundo año me di cuenta de que la voz de Papá Noel era idéntica a la de mi tío Miguel, y sin el menor drama entendí que no solo no existía Papá Noel, tampoco eran reales el Ratón Pérez y el Conejo de Pascua.

Un año más tarde, cuando tenía alrededor de nueve años, decidí que tampoco existía Dios, pues como a Papá Noel y a los demás farsantes, tampoco podía tocarlo. En esa época los creyentes de mi casa eran Claus y mi vieja –que pocos años más tarde se convertiría del catolicismo al protestantismo, y con ello la Navidad cobró un nuevo sentido, pues ya no se trataba de los regalos, sino del nacimiento de Jesucristo, que era en lo único que mi vieja pretendía que nos concentráramos, pero algo a lo que yo jamás le di importancia.

Mi niñez y adolescencia en la capital uruguaya fueron tiempos duros. No tan difíciles como las familias de seis o más integrantes que viven con un sueldo mínimo, pero complejo si se tiene en cuenta que estábamos rodeados de familias con plata y nosotros teníamos exactamente lo que necesitábamos.

El 25 de diciembre nunca estrenamos tantos regalos como los otros niños, pero ninguno de ellos comía tan rico como nosotros, pues sus mamás no hacían las galletas de limón, las de chocolate y las que tenían forma de bastones de caramelo que hacía mi vieja con las recetas gringas que había traído de los años que vivimos en Estados Unidos, donde nacimos Claus y yo.

A partir del momento en que quedó lista nuestra casa nueva, comenzamos a cenar los cuatro la noche del 24 de diciembre, después nos daban algunos regalitos y más tarde nos íbamos al festejo de los Mayer. Y a pesar de que éramos bienvenidos, en ese momento mi viejo y mis dos tíos no tenían una buena relación, por lo que mi hermano y yo no teníamos nexo alguno con mis primos y nos sentíamos todos como pedo en perfumería.

Las partes emocionantes de la Navidad pasaron a ser esos momentos en que estábamos los cuatro solos; lo demás era innecesario. Solo recuerdo un regalo de Navidad.

Un año vi que había tres o cuatro cajas cuadradas de diferentes tamaños debajo del árbol de mi casa, que asumí eran televisores. ¡Cada uno tendría su propio televisor en su cuarto! Por eso me sentí tan decepcionada cuando desempacamos un computador, de esos primeros de tonos verdes en la pantalla que tenían una tortuguita a la que se le daban órdenes para que se moviera y dibujara diferentes formas, y en los que se podía jugar Donkey Kong.

Es así que mis navidades comenzaron a perder valor, y cuando me fui a vivir sola a Nueva York, el primer 24 de diciembre salí a comer shish-kebab en la calle y luego me fui a dormir. Mi vieja sigue cocinando delicias y ambos festejan esta noche con mi hermano –que ya tiene su propia familia–, mientras yo me quedo en casa fumándome un porro como si fuera otra noche, cualquier otra noche del año.

La Navidad –como los matrimonios, los showers, los bautizos, las primeras comuniones, el día de la madre, el día de la mujer y el día del padre– me resulta ridícula e innecesaria, obsoleta, básicamente porque no es la sociedad la que me indica cuándo es adecuado festejar que tengo una familia.

Yo soy el cliché, soy el Grinch de la Navidad. Y claro que me pongo melancólica al final del año, cuando me pregunto si me sentiría distinta si fuera una persona como la gran mayoría de la gente, que sí se alegra con las festividades que la sociedad se inventó para que todo funcione como en una gran industria, con las emociones organizadas según la época del año que indique el calendario. Paso. Prefiero al Grinch que hay en mí.

VIRGINIA MAYER
Para CARRUSEL

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