Carrusel

Mi mamá cultiva marihuana

Mujeres en Latinoamérica autocultivan cannabis medicinal. Sus hijos, su prioridad número uno.

Madres que cultivan marihuana

Madres entre autocultivos de cannabis en Santiago de Chile, vinculadas a la fundación Mamá Cultiva.

Foto:

Cortesía: Paulina Bobadilla, líder de Mamá Cultiva (Chile).

28 de abril 2017 , 01:36 p.m.

Llegaban momentos en la vida de Paulina Bobadilla (37 años, chilena) en los que deseaba morir junto a su hija Javiera, de tan solo nueve años. La niña convulsionaba día y noche a causa de la esclerosis tuberosa que afectaba su sistema nervioso. “Sus días eran muy tristes, dolorosos; nos golpeaba a mi esposo y a mí”. Así lo cuenta su madre, casi en un susurro, casi atragantándose. Añade un detalle: “Se sacaba las uñas de las manos y los pies…”. Y eso no era lo peor: sus crisis epilépticas podían causarle un paro cardiorrespiratorio. En cualquier momento.

Hoy, Javiera controla sus episodios gracias al aceite de cannabis que consume desde el 2013. Sí, aceite de la planta que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), contiene al menos 750 químicos de los cuales 150 son cannabinoides –químicos que afectan el sistema endocannabinoide, el cual involucra la regulación del apetito, la cognición y la coordinación, el dolor y, claro, algunos de ellos producen un efecto psicoactivo.

Paulina se dedica, desde la organización Mamá Cultiva (que hoy suma 600 mamás en Chile), a difundir los beneficios del uso terapéutico del cannabis, que distan de su uso recreativo. Se trata de un movimiento que también tiene su representación en Colombia con fundaciones como Cultivando Esperanza y en Argentina con organizaciones similares como Mamá Cultiva Argentina y Cannabis Medicinal Argentina, país este en el que a finales de marzo se legalizó el uso e investigación del cannabis medicinal, especialmente sus aceites derivados. De hecho, el cannabis como medicina ya está aceptado exclusivamente en preparaciones líquidas que se administran oralmente, según explicó en un informe para la OMS la doctora Bertha Madras, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Harvard.

Desde hace 150 años se registran historias sobre el alivio de las convulsiones gracias a esta planta, afirma un artículo publicado en el 2016 en la revista Scientific American. Y aún así, para Paulina las historias eran eso: historias. Su motor para acceder al aceite fue otro: “Los gastos y la falta de resultados con los medicamentos nos dejaron a mí y a mi esposo sin alternativa”.

1/3 de quienes sufren epilepsia desarrollan epilepsia refractaria

A la espera…

Aunque los estudios sobre los resultados positivos del cannabis medicinal varían, otros factores son innegables: más de dos salarios mínimos chilenos (2'600.000 pesos colombianos) gastaba Bobadilla por mes en los seis medicamentos que Javiera tomaba a diario. Medicamentos que no aliviaban sus crisis.

Lo que sufre Javiera se denomina epilepsia refractaria. En palabras del doctor Orlando Carreño, presidente de la Fundación Colombiana para el Estudio de Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Neuroinfancia), es "toda epilepsia que no ha respondido con manejo farmacológico a más de dos medicaciones”.

Ensayo y error para tratar este mal sigue siendo la consigna entre los científicos. Este año, neurólogos de la Universidad de Nueva York publicaron el estudio más grande hasta la fecha de uso de drogas basadas en cannabis contra la epilepsia refractaria. Los expertos trataron a 162 personas con extractos de 99 por ciento de cannabidiol (CBD), un componente no psicoactivo del cannabis (contrario al THC, el delta-9-tetrahydrocannabinol, que sí lo es). Tras monitorearlos por 12 semanas, se reportó una reducción de las convulsiones de los pacientes en un promedio similar al que causan las drogas existentes para esta condición. Un 2 por ciento de los estudiados se vio completamente libre de convulsiones, pero hay otra cifra particular: el 79 por ciento de ellos reportaron efectos adversos tras el consumo de la droga a base de cannabis, como diarrea y fatiga. No quedó claro si se debió al factor de la epilepsia o a otras variables.

Casi 17'000.000 de personas sufren este tipo de epilepsia hoy, según la OMS y la Fundación para la Epilepsia de Estados Unidos. Viven luchando. Otra madre desesperada, Winy Protasowicki (chilena, de 49 años), vivía pegada al computador para buscar una solución a su caso. “Pasaba noches enteras en internet, casi ofreciendo al Guille (su hijo) como conejillo de Indias a laboratorios”, confiesa ella, cuyo hijo, hoy de 16 años, tomaba 11 medicamentos diarios. Ninguno funcionaba.

Este año es fundamental para quienes opten por la terapia del cannabis: la OMS anunció que realizaría su primera evaluación oficial sobre el valor médico de esta planta, cuyo veredicto afectaría directamente los controles internacionales de su uso terapéutico. Si la Organización considera que el cannabis no tiene tal valor, más obstáculos caerían sobre grupos que defienden el autocultivo como medio de obtención del cannabis medicinal. En Argentina, por ejemplo, miles de familias luchan en un país en el que sembrar, cultivar plantas o guardar semillas sigue siendo penalizado con hasta 15 años de prisión, aunque acaba de reglamentarse la comercialización e investigación de los productos médicos derivados de la planta. Chile, por su parte, no es muy claro en su legislación: la ley 20.000 del 2005 (que sanciona el tráfico ilícito de estupefacientes) no castiga el cultivo de cannabis por uso medicinal... pero tampoco define la cantidad de plantas permitidas por hogar. Era por eso que Bobadilla, hasta el 2014, compraba cogollos a traficantes callejeros.

Paulina Bobadilla, líder de Mamá Cultiva

Paulina Bobadilla (37 años, Chile) empezó a administrarle aceite de cannabis a su hija Javiera (9 años) en el 2013.

Foto:

Cortesía: Paulina Bobadilla, líder de Mamá Cultiva (Chile)

En este sentido, tanto en Chile como en Argentina el bienestar de los niños con epilepsia refractaria depende del autocultivo. Ello implica, por ahora, pugnas legales constantes. Como dice Bobadilla: “Somos presuntos traficantes hasta que se demuestre lo contrario (el artículo 8 de la ley 20.000 enfatiza que si una persona sin autorización cultiva cannabis será penalizada 'a menos que justifique que los cultivos están destinados a su uso o consumo personal'). Mientras tanto, nuestros hijos sufren”.

La 20.000 es diferente a la ley 30 de 1986 de Colombia, que, a través de un decreto del 2015, sí admite el autocultivo en no más de 20 unidades. Además, el pasado 10 de abril, Colombia reglamentó la obtención de licencias de cultivo y producción de productos derivados de cannabis para uso medicinal. Madres embajadoras de esta causa, como la pereirana Natalia Tangarife, de la fundación Cultivando Esperanza (que reúne a más de 300 familias), aseguran que “incitamos el autocultivo para que las familias no tengan que depender de nadie”. Y es que, trátense de preparaciones de resina (que se obtiene procesando los cogollos en alcohol etílico al baño María) o macerados (calentando las flores en aceite de oliva), solo hay que diluirlos en aceites comestibles para consumirlos.

Autocultivar: ¿un riesgo?

Incitamos el autocultivo (del cannabis) para que ninguna familia tenga que depender de nadie

“Si yo compro el aceite o los cogollos de la planta en cualquier parte, no tengo certeza de qué le estoy dando a mi hijo”, explica la chilena Winy Protasowicki, recordando su única experiencia comprando cannabis en las calles de Santiago de Chile. Hoy, cultiva sus propias plantas. Pero ni siquiera eso exime a su hijo de riesgos.

En Colombia, el reciente decreto permite que quien quiera obtener el extracto o aceite de terceros pueda exigir a los productores de cannabis medicinal su licencia legítima, lo que garantiza un factor fundamental en cualquier medicina: control de calidad. Otras familias latinoamericanas, como las chilenas, no tienen aún esas garantías. Aunque “evidentemente el cannabis sirve para tratar epilepsias”, como explica el doctor Orlando Carreño (de hecho, él la recomienda a algunos de sus pacientes), médicos y empresarios ven riesgos en la extracción casera, pues no existen análisis de los compuestos químicos específicos en cada extracto. “Para que una medicina funcione, tiene que administrarse siempre lo mismo y en las mismas cantidades al paciente”, explica Mauricio Krausz, director ejecutivo de la empresa colombiana Econnabis. Carreño comparte este punto. “El problema es que cada planta individual tiene distintas cantidades de THC o CBD (compuestos que se dan en dosis particulares para tratar la epilepsia)”, enfatiza.

Uno de los métodos para saber a ciencia cierta la cantidad de miligramos que se están administrando de cada componente en los extractos es por medio de una cromatografía. “Que requiere un cromatógrafo: un equipo de laboratorio”, explica Krausz. Desconocer el origen del producto puede culminar, como mínimo, en engaños. En este sentido, Lina Acosta Correa (Medellín) no vio el milagro en la aplicación de un aceite que, de hecho, no fabricó ella misma. Tras dos meses de aplicación a su hijo Mateo, aunque se veía más atento, no mejoró en cuanto a sus 50 convulsiones diarias.

La historia pudo haber sido terrible. “Los aceites que se consiguen en la calle pueden tener metales pesados como plomo y mercurio porque, al provenir de plantas, estas tienen lo que absorbieron de la tierra (como metales o pesticidas)”, explica Tony Levi, coordinador de la asesoría médica del club RMD en Barcelona, local en el que se permite el uso de marihuana. Mientras continúan las especulaciones, las mamás prueban: fallan, aciertan. “Cuando no le doy el aceite a mi hija, ella se la pasa llorando todo el día”, explica Yuliana Alzate Ruiz, madre vinculada a Cultivando Esperanza. "Ahora se deja tratar..." Y añade algo no menos importante: “Y yo... bueno, puedo dormir por las noches”.

MARU LOMBARDO
Redacción CARRUSEL
@puntoyseacabo

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