Carrusel

Limonada de coco: Las migajas del poder

Alberto Salcedo se pregunta por qué la prensa vive obsesionada con la vida amorosa de los poderosos.

Limonada de Coco 1695

"Cuando se trata de los poderosos la prensa está más dispuesta al melodrama que a la denuncia".

Foto:

Miguel Yein

20 de julio 2017 , 10:00 a.m.

Le pregunto a mi interlocutor, un editor veterano, por qué la prensa vive obsesionada con la vida amorosa de los poderosos.

─Nos guste o no, es noticia –responde con cara de fastidio.
Luego esgrime un viejo argumento: los amoríos de la gente común son un asunto privado. En cambio los de nuestros gobernantes son públicos porque repercuten en la sociedad.

El editor veterano admite que es difícil establecer la frontera entre el derecho de los periodistas a informar y el de los líderes a resguardar su vida privada. Por muy públicos que sean esos tipos –añade–, tienen una esfera sagrada que merece respeto.

─Mejor una prensa indiscreta que una timorata –añade.

─Me pones a escoger entre dos plagas.

El editor menciona a varios presidentes que protagonizaron romances mediáticos, como Kennedy y Mitterrand.

─Esos romances revelan una concepción del poder. Te he oído decir varias veces que el periodismo sirve para conocer la condición humana.

─Así es.

El editor agrega que en la vida sentimental de los poderosos hay un gran filón literario. Le concedo la razón y, para reforzar su tesis, menciono dos ejemplos.
Andrés Oppenheimer escribió una crónica formidable titulada El presidente enamorado, en la cual cuenta el romance de Guillermo Endara, entonces un señor de 54 años, y Ana Mae Díaz, una joven de 21.

Endara fue el primer presidente civil de Panamá tras el largo régimen militar. Para contarnos cómo fue la transición, Oppenheimer apeló al extravagante idilio, que era la comidilla diaria de los panameños. En aquel país devastado de comienzos de los noventa, el presidente vivía muy atareado, pero cada tarde apartaba sagradamente el tiempo de su siesta conyugal.

El segundo ejemplo es El amante inconcluso, columna de Gabriel García Márquez sobre el affaire del presidente estadounidense Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinski. Entre las ocurrencias del artículo recuerdo esta: Jonás inventó la literatura de ficción cuando llegó a donde su mujer con el cuento de que se había desaparecido tres días por estar en el vientre de una ballena.

El editor sonríe.

─Entonces, ¿cuál es el problema?

─Si investigas a los gobernantes, haces periodismo. Si solo reporteas sus asuntos palaciegos eres un simple cortesano, uno de esos tipos que, según Norman Sims, viven mendigando las migajas del poder.

─Explícame eso.

─Cuando se trata de los poderosos la prensa está más dispuesta al melodrama que a la denuncia. Hurgar en las cobijas es una coartada perfecta para muchos de quienes no se atreven a explorar los actos de gobierno. Es más fácil publicar fotografías de las bacanales de ciertos poderosos que investigar los excesos de su poder. Estos últimos, a menudo, son perjudiciales para la sociedad. Tenemos derecho a conocerlos.

El editor veterano dice que una cosa no excluye la otra. Tras una pausa señala que si la prensa de América Latina se desentiende de los desafueros amorosos de sus presidentes no es por respetuosa sino por palaciega. Allí todavía hay un gran divorcio entre lo que los periodistas conversan acerca de los poderosos y lo que finalmente publican sobre ellos.

Esta vez coincido con él.

─Kissinger sostiene que el poder es el mejor afrodisíaco.

─Ajá.

─Pero el mejor afrodisíaco es el periodismo, que nos permite mirar sin ser mirados.

─Eso es verdad: nosotros estamos a salvo de los indiscretos como nosotros.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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