Carrusel

Limonada de coco: El arca de Noé

Siempre he creído que uno encuentra afuera lo que tiene adentro. El mundo es un reflejo de nosotros.

Limonada de coco El arca de Noé

Admitir que el mal que señalamos con el dedo índice también puede florecer dentro de nosotros es la mejor forma de evitar que el arca se nos hunda.

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Miguel Yein

07 de agosto 2017 , 10:00 a.m.

Nadie es tan bueno como cree su madre ni tan malo como cree su enemigo. Somos, fatalmente, duales: generosos y mezquinos, compasivos e insensibles.

—¿Qué tanta generosidad has encontrado en los demás? –pregunta mi voz interior.
Mucha, respondo. He conocido gente indulgente y solidaria, de esa que nos induce a amar la vida. Gente a la que se le puede dar la espalda sin problemas, pues no sabe de tretas ni de infamias. Gente capaz de compartir un pan único y de asumir riesgos para rescatar a un náufrago.

—Qué suerte.
—Siempre he creído que uno encuentra afuera lo que tiene adentro. El mundo es un reflejo de nosotros.
—Eso sonó presuntuoso.
—No. La gente mala también nos refleja.

Y es mucha, añado. Por algo Mark Twain lamentaba que, durante el diluvio universal, Noé hubiera construido un arca que le permitiera salvarse. Así pudo, luego, repoblar la tierra.

—No olvides que Nietzsche –tercia mi interlocutor– refutó la teoría evolucionista de Darwin con una sentencia fatalista: "Los monos son demasiado buenos como para que el hombre descienda de ellos".
—Más fatalista fue Cioran: "Un espermatozoide es un bandido en estado puro".
—¿Y qué hay de ti? –pregunta con sorna la voz interior–. Hablar genéricamente de "hombre", o de "humanidad", es lavarse las manos.

Le concedo la razón. Seguro he sido malo y bueno, como la mayoría de la gente. He albergado sentimientos nobles en relación con algunos fulanos e innobles en relación con otros. Eso sí: jamás he movido un dedo para perjudicar a nadie, ni siquiera a quienes me han lastimado. No me ufano de esto, pues acaso se debe más a mi cobardía que a mi bondad.

—¿Alguna vez has sentido envidia?
—Desde luego. Pero hay una cura efectiva: Disfrutar el vino propio en vez de estar amargándose la vida con el ajeno.

Tras una pausa digo que el bien y el mal se complementan como la vida y la muerte, como la luz y la sombra.

—¿Podrías citar un episodio en el que hayas sido malo?
—Claro.

Una noche acudí a un supermercado. En la puerta del parqueadero había un indigente atravesado en forma desafiante. Cuando le pedí permiso me respondió que solo se quitaría si le daba dinero. Intenté convencerlo con palabras amables, pero fue imposible. Entonces me enfurecí. Bajé la ventana y le arrojé un insulto desmedido. El hombre agachó la cabeza dócilmente y se corrió, por fin, hacia un costado.

Al entrar al supermercado recapacité. ¿Qué hice, caramba, qué hice? ¿A qué hora me había convertido en ese ser despreciable capaz de humillar a un menesteroso? Me sentí repulsivo, cobarde. Había una desproporción enorme entre mi altanería y la figura desvalida del indigente. Pensé en mis hijos: me apenaría que incurrieran en una vileza semejante. Tenía ganas de llorar, tanto por el indigente como por mí.

Decidí volver a la calle para ofrecerle disculpas. Antes le compré una torta y un yogur. Pero no lo encontré, así que no pude aliviar la conciencia a través de un gesto que, en el fondo, habría sido facilista. Ese fue mi peor castigo. Desde entonces llevo sus ojos clavados en la conciencia como una daga.

Como decía Carl Jung, no somos ni buenos ni malos sino seres completos. Admitir que el mal que señalamos con el dedo índice también puede florecer dentro de nosotros es la mejor forma de evitar que el arca se nos hunda.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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