Carrusel

Una dosis de olvido no se le niega a nadie

Con las buenas personas uno puede cultivar amistad aunque tengan maneras de pensar opuestas.

Limonada de coco de Alberto Salcedo Ramos

"Juan José y yo estamos seguros de que hoy querríamos vernos, pero no se puede porque él se encuentra en Medellín y yo, en Bogotá. De modo que seguimos conversando por teléfono."

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Ilustración de Miguel Yein

27 de julio 2018 , 10:42 a.m.

Sin anunciarse previamente por Whatsapp, sin sentir que asalta mi privacidad –como suele suceder en estos tiempos–, el colega y amigo Juan José Hoyos me llama por teléfono.

Sin preguntarme por qué me llama, ni por qué no me avisa antes por Whatsapp –como suele suceder en estos tiempos– yo le respondo el teléfono.
Además, se pone contento.
Además, me pongo contento.

Entonces empezamos a echarnos cuentos de todo calibre: largos, cortos, viejos, nuevos.

Juan José me cuenta cómo conoció al escritor Manuel Mejía Vallejo. Fue a entrevistarlo y, cuando llegó a la casa y oyó su risa desde lejos, pensó que en esa carcajada había algo entrañable. La corazonada fue certera: hasta su muerte, Mejía Vallejo fue uno de sus mejores amigos.

—A menudo se exagera esa idea de que los escritores no pueden ser amigos
–me dice.
Luego recuerda el viejo chiste según el cual los escritores no se leen entre ellos sino que se vigilan.
—De todos modos hay algo de razón en ese chiste –añade–. Además, por política, por celos o por lo que sea, muchas amistades entre escritores han terminado mal.

Pienso, a manera de ejemplo, en la amistad de García Márquez y Vargas Llosa, y en la de Camus y Sartre, pero no digo nada al respecto. Lo que sí menciono es un pasaje de Dichos de Luder, el libro de Julio Ramón Ribeyro. En cierta ocasión un joven le dice a Luder que le hubiera gustado conocer a Stendhal, a Goethe y a Joyce. Luder le contesta que seguramente no se hubiera aguantado a esos tipos más de cinco minutos. “Casi todos los grandes escritores son unos pesados”, concluyó. “Solo la muerte los vuelve frecuentables”.

Juan José advierte que también ha habido escritores genuinamente fraternos y generosos, autores que, más allá de los libros, nos inspiran ganas de ser sus amigos. En este punto menciona a Rulfo. Con las buenas personas –agrega– uno puede cultivar amistad aunque tengan maneras de pensar opuestas a las de nosotros.

Entonces pienso en la amistad de García Márquez y Álvaro Mutis. Pese a ser radicalmente distintos, fueron muy amigos. “Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en estos tiempos tan ruines”, dijo una vez García Márquez. “La respuesta es muy simple: Álvaro y yo nos vemos muy poco, y solo para ser amigos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos”.

Juan José y yo estamos seguros de que hoy querríamos vernos, pero no se puede porque él se encuentra en Medellín y yo, en Bogotá. De modo que seguimos conversando por teléfono.

Le cuento que llevo dos meses revisando periódicos viejos. Hacer eso –le digo– es como pasearse por un museo del olvido. ¿Dónde quedó este Fulano que escribía tan bonito? ¿En qué hora desapareció aquel Mengano que conseguía detalles asombrosos para sus historias?

Juan José interviene:
—No vayás a creer, güevón, que a nosotros no nos van a olvidar también.
—Por supuesto que lo sé. En este viaje una dosis de olvido no se le niega a nadie.

Seguimos con nuestra cháchara.
De pronto miro el reloj: llevamos una hora de conversación.
¿Una hora de conversación telefónica en los tiempos del Whatsapp y los emoticones?
¡Qué viejos nos estamos poniendo, Juan José!

Alberto Salcedo Ramos @salcedoramos

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