Carrusel

Siempre los deportistas

Ellos ponen la dignidad allí donde ciertos dirigentes solo han puesto la ignominia.

Ilustración Leonel Messi de Miguel Yein

Los deportistas nos regalan alegrías, emociones, placer estético. Ellos nos inspiran gratitud cuando ganan porque nos recuerdan las ventajas de esmerarse (...) Alberto Salcedo Ramos

Foto:

Miguel Yein

26 de abril 2018 , 05:03 p.m.

Faltan menos de dos meses para que comience el Mundial de Fútbol 2018. Tiempo oportuno para cavilar sobre futbolistas y otros dioses de los coliseos.

En principio los seres humanos fundamos el estadio para tener dónde rivalizar sin matarnos. Después descubrimos que en el estadio también era posible buscar la purificación, no con simples golpes de pecho, como en el templo, sino a través del esfuerzo. La oración sin el sudor –dijo el gran Muhammad Alí– siempre se va a quedar corta en un coliseo.

Si el deporte estiliza la guerra, como sugiere Joyce Carol Oates, es porque existe el estadio. Allí el troglodita que perseguía a sus semejantes con un garrote es reemplazado por el beisbolista que golpea una pelota; allí las únicas patadas que merecen aplausos son las que se le dan a un balón.

Amo el estadio porque, aparte de ofrecer alternativas para canalizar la pugnacidad, permite entender la condición humana a través de actividades en las que no caben ni los afeites ni la impostura. Héctor Rojas Herazo decía que la filosofía nació en el estadio; Albert Camus señalaba que en la cancha de fútbol aprendió lo más importante sobre la moral de los seres humanos.

El ya citado Rojas Herazo solía repetir que una de las cosas más bellas del mundo es un periódico arrastrado por el viento en las graderías de un estadio vacío.

Y luego están los deportistas. Los héroes. Verlos es conocer a los demás, pero también asomarse a un espejo que, en ciertos momentos, revela nuestro propio rostro. Los deportistas nos regalan alegrías, emociones, placer estético. Ellos nos inspiran gratitud cuando ganan porque nos recuerdan las ventajas de esmerarse, y cuando pierden porque soportan solos la soledad de todos nosotros.

Amo, incluso, a los exponentes de aquellos deportes que no me interesan en absoluto, como el rugby, el críquet, el patinaje sobre hielo, la esgrima y la lucha libre. El golf me parece tan divertido como una conjuntivitis, pero admiro a Tiger Woods. En cuanto al automovilismo –vértigo sin plasticidad, ruido sin belleza– sería capaz de pinchar ya mismo las llantas de todos los coches, pero eso sí: por la noche haría una cena en honor a la bravura de Michael Schumacher y Ayrton Senna.

Soy de aquellos que no se ponen a contar ovejas cuando llega el momento de dormir: prefiero reproducir ciertas hazañas deportivas en la videocasetera de mi memoria. Entonces empiezo a ver torsos sudorosos, seres embellecidos por el esfuerzo.

Veo a la tenista Venus Williams enseñoreándose en la cancha con sus zancadas felinas, veo al fondista Abebe Bikila devorando el mundo con sus pies descalzos, veo al futbolista Lionel Messi convertido en un híbrido de ilusionista con depredador, veo al saltador Greg Louganis descalabrándose en el trampolín y renaciendo en el podio, veo al ciclista Nairo Quintana poniéndoles el pecho a todos los vientos, veo a la gimnasta Nadia Comaneci haciendo el tránsito de oruga a mariposa, veo al boxeador Sugar Ray Leonard como la reencarnación improbable de la bailarina Joséphine Baker, veo al atleta Carl Lewis –raudo, bello– justificando la Creación entera.

Los deportistas, siempre los deportistas. Ellos ponen la dignidad allí donde ciertos dirigentes solo han puesto la ignominia.

ALBERTO SALCEDO RAMOS 
@SalcedoRamos

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