Bogotá

Yo te odio, tú me odias... / Voy y vuelvo

Colombia pasará a la historia por ser el único que buscando la paz y la igualdad, engendró el odio.

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Está visto que a la gente le preocupa más que a sus hijos les hablen de sexo que si están seguros en casa o si están siendo vejados o si tienen la oportunidad de acceder a una buena universidad.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

13 de agosto 2016 , 09:06 p.m.

Nuestro país pasará a la historia por ser de los pocos a los que se le preguntó si prefería la paz o la guerra. Peor aún: pasará a la historia por ser el único que buscando la paz, la convivencia y la igualdad, engendró el odio en su nivel más aberrante.

¿Qué, si no odio, es lo que ha venido incubando en muchos un proceso que busca ponerles fin a décadas de guerra? ¿Qué, si no odio, es lo que estilan los políticos en cada declaración y en cada trino? ¿Qué, si no odio, es lo que gritan los jóvenes ya sea por la paz o por un equipo de fútbol? ¿Qué, si no odio, es lo que algunas mamás expresaron esta semana con pancartas que harían sonrojar hasta a sus propios hijos? ¿Qué, si no un odio velado hacia otras formas de pensar, promovieron ciertas iglesias contra una ministra que solo ha intentado hacer de este país un lugar mejor para los niños y jóvenes más frágiles? ¿Qué, si no odio, es lo que los opositores del Alcalde y de sus funcionarios expresan a través de la tergiversación de mensajes? ¿Qué, si no odio, fue lo que dejó ver entre líneas el hijo del primer mandatario con un trino desafortunado?

En cualquier sociedad civilizada rayaría en lo absurdo el hecho de que buscando la paz se esté gestando el odio; un odio que terminaremos heredando a nuestros hijos, a las futuras generaciones, para que, a partir de él, ellos construyan su propia guerra, otra guerra, no importa cuál, ni de qué tamaño ni por qué razones, pero una guerra alimentada por ese odio que hoy dejamos que gobierne nuestras vidas.

Lo triste de todo es que estamos odiando al que ni siquiera conocemos. Lo insultamos a través de la cloaca de las redes, la trinchera de los que no tienen más argumentos que 140 caracteres para herir sin compasión y luego ufanarse de ello. Estamos odiando al vecino, el mismo que comparte nuestros problemas y necesidades, pero que ha caído en la trampa de los que creen que es mejor sembrar el caos, confundir, inventar descaradamente y promover el rencor sin remordimiento.

Confieso que no me alarmaron tanto las marchas contra la ministra Gina Parody sino el tono de lo que en ellas se dijo y se exhibió. Sé que este es un país conservador, rezandero, creyente. Pero también confiaba en que fuera más tolerante, más consciente. O que al menos evocara, de cuando en cuando, el pasaje bíblico de Efesios: “Quítense de vosotros toda amargura, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes, sed benignos unos con otros...”.

(Además: Cartilla para evitar discriminación sexual en colegios dividió al país)

Ahora entiendo por qué convencer de la paz a alguien es tan difícil; por qué hablar de normas para acabar con el matoneo y la discriminación en la escuela es tan espinoso; por qué proponer cambios en la ciudad resulta tan engorroso. Y es porque somos una sociedad fácilmente manoseable por unos líderes que deberían dar ejemplo de grandeza y no comportarse como los dueños de nuestra moral y de nuestra capacidad de tomar las decisiones que consideramos correctas.

Hago eco aquí de muchos comentarios que escuché y que corroboran lo dicho. Qué bueno hubiera sido que marchas como las de esta semana –legítimas, ojo, otra cosa fueron los insultos de algunos– también se dieran para rechazar la corrupción, el maltrato contra nuestros niños, el abuso contra las mujeres y niñas, la extralimitación de nuestros funcionarios, el oportunismo de los políticos, la desnutrición o la desigualdad. Pero no. Está visto que a la gente le preocupa más que a sus hijos les hablen de sexo que si están seguros en casa o si están siendo vejados o si tienen la oportunidad de acceder a una buena universidad.

Como van las cosas, lo único que nos va quedando es la familia: la de papá, mamá e hijos, pero también la que se crea a partir de vínculos de amor y de respeto. Tenemos que salvar la familia para salvarnos como sociedad. Y la mejor manera de hacerlo es eliminando de su entorno el odio que hoy hemos convertido en razón de ser. No lo heredemos a los nuestros. No sembremos más rabia para cosechar nuevas guerras.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En twitter; @ernestocortes28

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