Bogotá

Punto / Voy y vuelvo

Esas doscientas y pico de sanciones solo tienen un origen: nuestro mal comportamiento.

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Cientos de personas a diario ingresan a TransMilenio sin pagar.

Foto:

Mauricio Moreno / EL TIEMPO

04 de febrero 2017 , 07:42 p.m.

Muy pocas horas lleva de expedido el nuevo Código de Policía y ya se ha generado un tremendo debate por su contenido, por la dureza de algunas sanciones, por los superpoderes que se les otorgan a ciertos funcionarios y porque, en general, se antoja más restrictivo que disuasivo a la hora de combatir el mal comportamiento de la gente.

En algunas de ellas hay algo de razón. Lo de la Policía que ingresa a cualquier morada sin aviso judicial, la póliza que deben adquirir quienes posean perros peligrosos y otras más suenan antipáticas, injustas y hasta inconvenientes. Por eso ahora le llueven demandas a la norma. Pero ahí está y ha comenzado su socialización, que tardará seis meses.

Lo primero que deberíamos entender, para no gastar tiempo en tanto debate, es que el Código de Policía es producto no del capricho de un legislador, de un alcalde o del Presidente de la República. Su expedición y el grado de sanciones que ahora se imponen son hechura nuestra, sí, de nosotros los ciudadanos. Somos los primeros responsables de que esas normas existan y de que nos estén flanqueando por todos lados. Esos doscientos y pico de artículos, que son, en la práctica, doscientas y pico de sanciones, solo tienen un origen: nuestro mal comportamiento. Punto.

Si a alguien hay que responsabilizar de que estemos al acecho de multas por orinar en el espacio público, colarse en TransMilenio, sacar la basura a destiempo, no recoger el popó del perro, atormentar al vecino con el exceso de ruido, emborracharse y hacer escándalo público, agredir o empujar a una persona en el bus, botar basuras en el alcantarillado y muchísimo más, es a nosotros mismos. Punto.

Somos cómplices cuando compramos un celular que sabemos robado o un repuesto para el carro o un reloj o lo que sea; somos cómplices cuando permitimos que las malas acciones se impongan, cuando las patrocinamos, cuando no corregimos a tiempo. Punto.

(Además: El Código de Policía y sus problemas constitucionales)

Ahora bien, ya había dicho yo, acá mismo, que lo de las multas me parece una necedad. Y creo que muchos coinciden, pues mientras la gente no vea que las multas realmente disuaden a los colados o a los meones o a los ruidosos; mientras la gente no vea que la Policía actúa con prontitud o que los jueces fallan en contra del delincuente y no en contra de la sociedad, el llamado Código de Convivencia no pasará de ser otro libro de buenas intenciones. Pero insisto: no le echen la culpa al que no la tiene. Multas y sanciones están allí por ser malos ciudadanos. ¿Que pagamos todos por culpa de unos cuantos? Sí, eso es verdad, lo saben bien los pasajeros de TransMilenio o los dueños de mascotas consideradas peligrosas cuando no lo son, pero así funcionan las cosas. Por eso, los buenos deberían dar más ejemplo para que no sean las malas personas las que terminen patrocinando normas como si fuéramos medievales.

Como decía un tuitero esta semana, que me pareció genial, lo único que necesitamos para dejar de quejarnos por estas sanciones es simple y sencillamente ser buenas personas, buenos ciudadanos, buena gente, respetar, acatar, entender, apoyar.

El director de la Policía, general Nieto, ha dado instrucciones precisas a sus hombres para que este Código sea más de convivencia que de cualquier otra cosa. Esa es la orden. El policía deberá disuadir a quien se esté portando mal antes de hablar de aplicar el rigor de la ley.

Si consigue que las cosas realmente sucedan así y que, en consecuencia, la gente entienda por las buenas y no por las malas, entonces sí podremos decir que la batalla se empieza a ganar y que nuestro salvajismo quedará atrás. Pero permítanme ser pesimista, y ojalá me equivoque.

Lo que sí me deja a la expectativa es el poder que abarcarán los señores inspectores de policía, quienes ahora tendrán a cargo la bobadita de controlar establecimientos comerciales y normas urbanísticas, es decir –y lo digo con respeto– donde más podría anidarse el germen de la corrupción. Pero ese tema lo abordaremos después. Por ahora, solo un consejo: a portarse bien. Y punto.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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