Bogotá

El crimen de Álvaro Torres / Voy y Vuelvo

Esos homicidios que de cuando en cuando conmocionan la ciudad y nos recuerdan que somos vulnerables.

Homenaje a Alvaro Torres Murcia

A un plantón organizado en el parque Santander, acudieron cerca de 450 compañeros de Torres.

Foto:

Prensa Banco de la República

11 de agosto 2018 , 10:17 p.m.

Todos los crímenes son abominables. Máxime si se producen contra personas de bien, como ocurrió con el de Álvaro Andrés Torres, funcionario del Banco de la República, esta semana. Y en particular me conmueve este caso porque guardo por ese banco los mejores recuerdos.

Mi padre laboró allí durante más de 30 años. Siempre hablaba de él con orgullo; a fin de cuentas, fue el que le permitió consolidar todos sus sueños. Y fue también ese banco el que le otorgó el reconocimiento más extraño que haya escuchado: un premio al empleado más puntual. Mi viejo siempre marcó su tarjeta de ingreso a las 8 a. m.

Cuando se conocieron los detalles de la muerte de Álvaro Torres, con 28 años de labores en el Banco de la República, también lo imaginé construyendo sus propios sueños para él y su familia. Por eso duele tanto este crimen. Porque fue contra un hombre bueno, hogareño, laborioso, que no merecía destino tan cruel y
desafortunado.


El de Álvaro es de esos homicidios que de cuando en cuando conmocionan la ciudad y nos recuerdan que somos vulnerables al máximo. Que en cualquier esquina, cualquier calle o a cualquier hora nuestras vidas, toda nuestra existencia, puede irse sin despedida. Y vuelven a nuestra memoria los casos de Rosa Elvira, de la niña Samboni, del guarda de TransMilenio. Todas muertes absurdas y efímeras, un puñado de sueños frustrados.

Y también nos recuerdan estos crímenes que no importa cuánto querramos mejorar una ciudad si no mejoramos nuestro comportamiento en ella y si no garantizamos la tranquilidad de todos. Los homicidios se han reducido dramáticamente, es cierto, pero otros delitos, como el hurto de vehículos o motos o ciclas siguen ahí, agazapados entre las estadísticas y a la espera de convertirse en tragedia.

La primera reacción de la ciudadanía, obvio, es buscar las causas de lo acaecido: que si la hora, que si la protesta de los encapuchados de la Distrital, que si el trancón, que si el despiste de Waze (¿no sería bueno que esta app tuviera un sistema de alerta sobre sitios peligrosos?). Vanos esfuerzos por explicar lo inexplicable. No hay respuesta, solo circunstancias que se confabulan para arrebatarle la vida a un buen padre, a un buen trabajador.

Uno quisiera que las cosas se devolvieran en el tiempo para que se tomaran las decisiones correctas; que por un segundo el destino equivocara su rumbo y nos diera otra oportunidad. Pero no hay tal: esa es la vida y nuestras las decisiones que tomamos.

No hay respuesta, solo circunstancias que se confabulan para arrebatarle la vida a un buen padre, a un buen trabajador

Con la resignación a cuestas, todo lo que se espera ahora, como exigua retribución a la vida ofrendada, es que al menos se capture a los responsables y que los jueces no encuentren rendija para dejarlos libres por culpa de algún inhóspito requisito de última hora.

Que los capturen así sea para que nos permitamos imaginar que los criminales también dirán que el crimen no paga. Sí, el deseo de todos es que no vuelva a ocurrir, que no se repita, que se respete la vida para que, en este caso, familiares y amigos tengan un mínimo de paz y sosiego.

Dejando de lado el hecho lamentable, hay que volver la mirada al sitio donde ocurrió el homicidio. El barrio La Paz, empotrado a los pies de los cerros orientales, ha sido señalado varias veces de albergar entre los suyos a reconocidas bandas de delincuentes que, aseguran algunos, han sido desvertebradas, pero la realidad muestra otra cosa. Los allanamientos de las autoridades terminan en frustraciones permanentes.

Dejando de lado el hecho lamentable, hay que volver la mirada al sitio donde ocurrió el homicidio

Pueda ser que este caso lleve a ponerle punto final a una práctica que suele repetirse en la avenida Circunvalar. Porque los atracos en la zona no son nuevos, es solo cuestión de tiempo para que vuelvan a registrarse.

Y así lo dejó entrever el hijo de Álvaro, cuando le contó a Darío Arizmendi, en Caracol, que su padre solía advertirle de los peligros que acechaban la zona para que tuviera cuidado. ¡Qué ironía!

De lo mucho de malo que tiene esta noticia, solo es rescatable que vuelve a movernos los cimientos acerca de por qué palabras como solidaridad son importantes. En este momento hay alguien, un vecino, un amigo, un familiar o un conocido que sabe quiénes son los autores del crimen de Álvaro, y están en la obligación moral
de denunciarlos.


¿Es mi impresión o... es hora de reconocer que los colados de TransMilenio nos ganaron la partida y no hay nada que hacer?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Correo: erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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