Bogotá

Esta capilla, tan antigua como Bogotá, pide una restauración urgente

La cúpula del camarín de Santa Bárbara, sostenida por maderos.

Camarín de Santa Bárbara

La parroquia de Santa Bárbara abre sus puertas a los feligreses del centro histórico de la ciudad todos los días pero varios de los tesoros patrimoniales que guarda están deteriorados.

Foto:

Archivo particular

19 de marzo 2017 , 10:52 p.m.

Suena la campana. Son las 7 de la mañana y las puertas de la parroquia de Santa Bárbara, en la antigua Bogotá, se reabren luego de unos cinco años de permanecer cerradas, por lo menos a esa hora del día. La misa era a las 5:30 de la tarde, pero ya no. Ahora, con párroco nuevo, las cosas cambiaron: 7:30 y 12:30 del día. Primer toque.

Funcionarios de los Impuestos Nacionales, del Ministerio de Hacienda, del Archivo Nacional; vecinos de Las Cruces, Buenos Aires, Egipto, Lourdes, Santa Bárbara central, y también los que van pegados a las ventanas en las rutas de servicio público o en particular, ven las puertas abiertas de par en par: se santiguan, se besan el pulgar y pasan en un santiamén despachados por la 7.ª con calle 5.ª rumbo al norte, a lo suyo, a sus trabajos.

Los estudiantes ya están en clase y los feligreses, a esa hora de la mañana, escasean. Un patrullero de apellido Pinzón, adscrito a la estación La Candelaria, ubicada a pocos pasos del templo, sube las 12 escalinatas que llevan al atrio. Vigila. La mañana es lluviosa.

Segundo toque. El joven párroco Eugenio Fernández Herrera le pide a su ayudante, un administrador de empresas con especialización en gestión de proyectos, John Manuel Montoya, que toque la campana. El hombre se arrodilla, se persigna y dice a renglón seguido que está ahí por la mano de Dios, que lo llevó a doblar la campana y a colaborar con los menesteres en esta joya patrimonial que necesita más de dos manos para restaurarla –aclara–.

Y es que esta parroquia esconde, entre otras sorpresas, en su parte trasera, el camarín de Santa Bárbara, una capilla pequeña tan antigua como la ciudad y cuya cúpula apenas está apuntalada por improvisados palos de madera que hacen todo el esfuerzo del mundo por no astillarse.

No son muy conocidos esos tesoros históricos que guarda esta edificación, pero sí son, como se dice, todo un ‘boccato di cardenale’ para los arquitectos, restauradores e historiadores de este monumento, que si no se restaura puede pasar a ruinas, también, en un santiamén.

Santa Bárbara es una de las primeras joyas arquitectónicas que requieren, además de oraciones, bendiciones y limosnas, una intervención de expertos en restauración.

Al tercer toque, el ciudadano-ayudante ve cómo por el costado de las columnas del campanario baja el rastro del último aguacero que se filtró por las grietas. Son las huellas del deterioro de esta edificación religiosa inaugurada el domingo 23 de febrero de 1586, sobre una capilla de techo de paja que en su génesis se levantó 21 años antes, en 1565, en honor de la patrona, luego de que un rayo, cuenta la historia, incendió la casa de campo y mató, primero, a la cocinera Cornelia y, luego, a un canónigo. Ahí nació el templo.

Camarín de Santa Bárbara

El padre Eugenio teme que con las lluvias o un sismo se caiga la cúpula del Camarín, en la parte trasera, que está en ruinas.

Foto:

Hugo Parra

En aquel entonces, cuenta la reseña oficial, el arzobispo titular de la Arquidiócesis, Fray Luis Zapata de Cárdenas, le asignó a este templo, como feligreses, a los indios muiscas de Sisvativá y Teusaquillo. Hoy, las pinturas al temple que hicieron los indígenas sobre las naves de este templo doctrinario como ofrenda a su nuevo dios, así como la oración mayor, en su lengua nativa, están afectadas por la humedad que rezuma a través de las paredes.

Es un tema técnico, dice el párroco: el piso es de baldosa, no deja respirar el suelo y el agua busca salida por los lados, sube y afecta la edificación. Allí hay pinturas originales de por lo menos 400 años y que, quién sabe por orden de qué cura, están cubiertas por cal o madera, amén de los hongos que las carcomen.

Mientras recorremos el templo, el párroco, de 31 años de edad, oriundo de Santander (España), quien se ordenó en noviembre pasado y oficia en esta parroquia, la primera a su cargo, desde enero, saluda a los cuatro feligreses que acaban de llegar: un hombre en muletas, dos mujeres y el ayudante.

Con suave acento español, matizado ya por los 10 años que lleva en Bogotá, inicia su eucaristía. El uniformado vigila, insisto, porque el atrio es además un baño público de habitantes de la calle y escondite de delincuentes que asaltan de día o de noche, y de ladrones oportunistas que al mínimo descuido serían capaces de llevarse el mismísimo camarín con la patrona de los mineros, de los artilleros y de los que usan explosivos.

La orden del propio Cardenal que tiene el párroco es tener las puertas abiertas. En el entretanto se ocupa de otras tareas, comoquiera que es el capellán del colegio San José, en el barrio Ricaurte. Luego regresa a toda carrera, a seguir con los oficios religiosos.

En las tardes, el padre Eugenio se acomoda en el confesionario a esperar a los feligreses con sus pecados, un ritual que ya comenzó a dar resultados, pues cada día hay más confesiones, en especial por esta época de cuaresma y “porque nadie viene a misa, nadie se confiesa si la iglesia está cerrada”.

Los domingos, la misa de las 12:30 es muy concurrida, sobre todo por la ciclovía, y es cuando el clérigo festeja la llegada de los niños cogidos de la mano de sus papás, de las jóvenes parejas de enamorados, de los adultos mayores de ese sector de la ciudad, que colman esta antigua joya patrimonial que a todas luces se ve que tuvo sus mejores tiempos.

“Solo llevo dos meses, y los días son muy agitados”, dice mientras enciende los tacos de la luz, abre ventanas, acomoda candelabros y mira las baldosas de colores que, aunque llamativas no le hacen bien al templo.

Sobre el costado norte de la parroquia está la capilla doctrinaria de San Roque. Allí, la Fundación para la Conservación del Patrimonio Cultural Colombiano lleva a cabo el proyecto de conservación y restauración de una pintura mural. Se trata de la representación de un ángel al costado sur del arco, complemento de una figura que ya estaba descubierta y en la que se hizo una inversión de unos 100 millones de pesos.

Y la obra original de Nuestra Señora de Santa Bárbara es de Pedro Lavoria, un escultor jesuita, y está bajo custodia del palacio arzobispal, porque de lo contrario ya se la habrían robado, como otros objetos que se llevaron los amigos de lo ajeno.

Al consultarle sobre la gestión del papeleo, los permisos y el acompañamiento para poder restaurar este predio de la curia, el padre Eugenio dice que no hay fondos y le preocupa que cuando se preocupen, sea demasiado tarde.

Como sabe que no puede clavar ni una puntilla sin permiso patrimonial, el párroco mandó hacer un estudio para saber cuál es el remedio para esa construcción, tema del cual el Ministerio de Cultura, a través del director de patrimonio, Alberto Escovar Wilson-White, ya está enterado y a la espera.

En todo caso, la entidad nacional está a la espera de que se haga la solicitud de autorización de obras de ‘primeros auxilios’ mientras se soluciona lo estructural, lo de fondo. Se espera que a más tardar en un par de semanas se conozcan los resultados del estudio.

De ser aprobada o ajustada, al padre Eugenio dice que tiene que conseguir las almas de buen corazón que le ayuden a pagar esos trabajos y poder abrir y contar la historia de esta, la parroquia de Santa Bárbara bendita, mártir sacrificada por su propio padre.

HUGO PARRA
Redactor de EL TIEMPO

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