Bogotá

La tiendita de barrio más vieja de Mártires en Bogotá

Su registro oficial data de 1968, pero su actual propietaria dice que el negocio tiene 70 años.

La tiendita de barrio más vieja de Mártires

En El Buen Tinto (calle 11 n.° 15A-54), los comerciantes del Voto Nacional toman el algo o compran mecato para el día.

Foto:

Abel Cárdenas / ELTIEMPO

22 de marzo 2017 , 01:39 a.m.

Desnudo y a las once de la mañana, un muchacho despavorido corre por la mitad de la calle 11, en dirección a la plaza España. Segundos después, otro joven en calcetines, y empelota, pasa a toda carrera en la misma dirección. Luisa Rodríguez (70 años) y su hija Patricia Suárez (46) contemplan la escena, entre sonrientes y asombradas, en la puerta de su tienda.

Fue la gente del sector, los comerciantes, que se cansaron de los robos. Cogieron a los ladrones, les quitaron lo último que se habían robado y los mandaron en bola, para que aprendieran”, cuenta Patricia, tras el mostrador de El Buen Tinto– 1968.

“Ese fue un momento de tensión, pero hasta gracioso”, complementa la madre, sentada a pocos centímetros, mientras deshoja yerbas que le servirán en la preparación de aromáticas: “Aquí raspando hoja”, bromea la anciana, con voz grave, como la de Celia Cruz.

La tienda, a dos cuadras del viejo ‘Bronx’ y de la iglesia del Voto Nacional, vende gaseosas, cigarrillos y toda suerte de variedades desde antes del Bogotazo (1948). Hace 30 años es de Luisa. En tanto tiempo el sector pasó de ser cachaco a clase media, y después, con la llegada de la que fuera la ‘olla’ más grande de Colombia (16 años atrás), popular y por momentos peligroso.

–Vecina, ¿tiene gaseosa 2 litros y medio –dice un dependiente de ferretería.

–Dos y medio no, pero de esta sí –advierte Patricia, con su 1,50 de estatura y una sonrisa de oreja a oreja. El labial rojo le combina con el delantal fucsia que ambas mujeres, y una ayudante, lucen todos los días de siete de la mañana a seis y treinta de la tarde.

–Hágale, pero la próxima me tiene de la que siempre llevo –sugiere el joven.

Medias veladas, yogur, tajalápiz, alcancía de marrano, pañales, moños, tijeras, Chocoramo. Usted nada más pida que seguramente la “tiendita”, en alguna de sus vitrinas (las que cuelgan de la pared al ingresar, la que sirve de separador entre los clientes y las vendedoras, y las de más adentro) se lo tienen.

Cuenta la señora, con su vozarrón, que antes de ser propietaria, su esposo Rodolfo fue dueño durante más de 20 años (a su vez la había comprado), y con lo producido levantó a los hijos que le nacieron del primer matrimonio.

La tienda, a dos cuadras del viejo ‘Bronx’ y de la iglesia del Voto Nacional, vende gaseosas, cigarrillos y toda suerte de variedades desde antes del Bogotazo (1948)


Después se enamoraron, se convirtieron en pareja y vinieron los hijos de él y ella, que era secretaria, pero que tras la muerte de este se convirtió en jefe del lugar. A sus dos hijos (Patricia y un varón) les dio leche en uno de los rincones del negocio: acoplaba canastas de cerveza, les ponía encima cobijas de bebé y ahí se arrullaban las criaturas, mientras la mamá y el padre laboraban.

Se ha dedicado tiempo completo al Buen Tinto (que antes se llamó El Buen Gusto), de lunes a sábado y hasta que Dios se lo permita, asegura, custodiada por una Biblia empacada en una cartuchera transparente (para que no se empolven las páginas). Una herradura para la suerte y una ficha del Señor de los Milagros, adornado con margaritas de plástico, complementan el altar.

Tradición

La clientela de años ha tomado confianza, tanta que el propietario de una cadena ferretera pasa cada tanto, alega que nadie lo atiende y les dice a otros clientes que mejor se vayan a la tienda de la carrera 18.

“Pero habla nada más por molestar. Vea que por aquí hay gente de plata y eso no les quita que sean agradables y amables”, dice Patricia, docente en las noches en un instituto de educación especial para adultos. “Mis hijas me dicen que yo cómo hago para levantarme temprano, hacer el oficio, venirme a trabajar con mi mamá y después dar clases. ‘Pa que vean cómo es’, les respondo”.

Eso sí, no se exceda en expectativas, porque aclaran que una cosa es la amistad y otra muy distinta es fiar. De eso no quedan buenos recuerdos, toda vez que los clientes llegaban de afán, pedían fiado, ellas anotaban juiciosas y al tiempo de cobrarles les reclamaban, que por qué tanta plata, que de cuándo, que no se acordaban, que entonces cómo hacemos (respondían las vendedoras) y que hasta ahí llegó la alcahuetería.

Es que para mantenerse competitivo entre las 22.251 tiendas de barrio que hay en Bogotá, y las 688 que se ubican en Los Mártires, las finanzas no se pueden dejar al garete.

Lo mejor es ir con efectivo y pedir salchichón cervecero con pan o arepa, gaseosita fría con mecato o cualquier otra vianda. Las señoras lo atenderán con deferencia, si hay un partido de fútbol podrá verlo unos minutos en el televisor barrigón que descansa en la parte alta de un estante, y si necesita llamar lo podrá hacer en un teléfono monedero en vía de extinción. Si alcanza a entrar en confianza, Luisa le dirá que vive feliz en su “chucito”, que entre cuentas y años El Buen Tinto va a ajustar 70 años y que una vez que ella salga para el cielo le gustaría que su hija, y después sus nietos, lo alcancen a tener hasta que cumpla un siglo de existencia

FELIPE MOTOA FRANCO
En Twitter @felipemotoa
Redactor de EL TIEMPO

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