Bogotá

El taxista que convirtió su vehículo en un pesebre

José María Villamil es un fervoroso de la Navidad. Reza la novena de aguinaldos con sus pasajeros.

José María Villamil

José María Villamil lleva nueve años convirtiendo su taxi en pesebre. No le faltan las maracas para rezar la novena.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

22 de diciembre 2017 , 07:17 p.m.

Si durante esta época decembrina le toca en suerte abordar el taxi de placas WHQ 532, dese por bien servido: si ese día no ha rezado la novena de aguinaldos, en su recorrido podrá hacerlo con José María Villamil, el taxista más ferviente de la Navidad.

Alto, delgado, de tez morena y hablar sin pausa, Villamil convirtió el panel frontal de su carro amarillo en un pesebre rodante. De puerta a puerta se pueden observar el pueblo, las ovejas, los pastores, la escena del nacimiento divino y los reyes magos, que sobre la guantera avanzan en dirección al timón para tributar sus regalos al Niño Dios.

Hace nueve años tuvo por primera vez la idea de hacer ese montaje, y aunque su esposa le dijo que estaba loco, se la jugó y consiguió arreglar su vehículo como quería. Desde entonces no ha parado de hacerlo cada año. “Si la gente supiera todas las bendiciones que se reciben por hacer el pesebre, todos lo harían. Esto lo digo respetando el credo de cada quien”, apunta José, quien trabaja en una de las empresas de taxis que recogen viajeros en el aeropuerto El Dorado.

A propósito de viajantes, la última anécdota que reconstruye le ocurrió con unos canadienses. Tan pronto se subieron y observaron ese mundillo de la Antigüedad, comenzaron a preguntarle por sus motivaciones, a lo que este respondió con un discurso de motivación y hasta con un poema a viva voz. Los extranjeros, que trabajaban como realizadores audiovisuales, no dudaron en sacar cámara de video y micrófono para hacer una entrevista. “Ya puedo decir que estuve en Canadá porque salí en la televisión de ese país”, cuenta entre risas.

Si su recorrido va a ser largo, José María lo invitará a rezar la novena completa. Pero si el trayecto será corto, le dirá que se anime a elevar una o dos oraciones, o por lo menos a cantar un villancico. Entonces descubre una bolsa blanca y de ella extrae varios pares de maracas y panderetas. Que no falten la música ni el entusiasmo, dirá.

“Rezo la novena hasta seis veces al día con los pasajeros”, continúa, sin soltar las manos del volante. “¿Quiere escuchar el poema que me gusta recitarles? Lo escribió el poeta Fabio Polanco, de quien soy fiel lector y admirador”, señala. “No despilfarres la libertad, y así tus alas conservarán el poder que permite escalar, con la misma facilidad del viento, las cumbres más altas, aquellas desde donde se puede divisar la gloria del saber...”, declama el hombre, cerrando los ojos por momentos, empuñando la mano en otros y elevándola abierta hacia el cielo cada tanto. Sostiene su número poético durante más de tres minutos, sin pausa y como en trance de devoción.

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Virgen de Guadalupe, crucifijo, ángel custodio, camándula y una medallita de la Virgen, esos son los símbolos protectores que lo acompañan entre la palanca de cambios y el espejo retrovisor. Una canica suelta entre el monedero complementa los pintorescos elementos de este taxi sui géneris y su conductor.

Encomendado a Dios, como católico practicante, Villamil advierte que a pesar de las dificultades de la vida, “no vale la pena sentirnos fracasados ni perdedores. Recuerde que somos un éxito, el resultado de un espermatozoide que triunfó entre millones”. En consecuencia, con ese pensamiento, el día que dos sujetos lo atracaron en la avenida Circunvalar no pudo sino pedirle al cielo que lo protegiera y que no lo lastimaran. Cuando los delincuentes le dieron la espalda, llevándose consigo su querida argolla de matrimonio, el conductor les disparó unas palabras poderosas: “Que Dios los bendiga”.

Esas mismas cuatro palabras son las que les regala a sus pasajeros cuando los descarga en su destino final. “Uno en este oficio se vuelve psicólogo, abogado, médico y hasta consejero espiritual, con tanta historias que ve y oye. Es que la palabra tiene poder, y la vida es así: Dios le pone ángeles a la gente para alegrar cada día”, proclama, acompañado de una cándida sonrisa que le sale a cada minuto y se vuelve característica de su semblante.

Este pastor de la buena onda vive en Suba con su esposa y es padre de tres hijos, todos profesionales. Aunque sus años mozos los pasó en una empresa privada trabajando en el área de ventas, hace poco más de una década se pasó al oficio de transportador. En su gremio ha visto de todo, pero, así mismo, afirma que son más los buenos que los malos y que la mejor forma de competir es con un buen servicio.

De seis de la mañana a ocho de la noche recorre las calles bogotanas en su nave amarilla. Antes, a primera hora del día, trota durante unos 40 minutos. Esa es su otra pasión, en la que en años anteriores llegó a correr como profesional: trofeos y medallas en su casa son testigos de sus méritos en ese campo.

Asegura que le encanta llevar y traer personas, porque se siente misionero del amor. Y para la Nochebuena, claro que está pidiendo regalos: “Que Diosito me ayude a terminar de pagar mi taxi y que me dé mucha sabiduría para compartir con la gente”, finaliza José, antes de acelerar su carro para ir en la búsqueda de nuevos pasajeros.


FELIPE MOTOA FRANCO 
EL TIEMPO
@felipemotoa
crimot@eltiempo.com

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