Bogotá

El hombre que recorrió Suramérica en un Willys de 1945

Julián Rodríguez se enfrentó con el despecho en pleno viaje. Antes, se salvó de morir. 

Julián Rodríguez

Las placas que durante el viaje se encontró Julián Rodríguez, ambas con el número 56, le dieron el nombre a su libro: ‘Ruta 56’.

Foto:

Juan M. Vargas / EL TIEMPO

19 de abril 2017 , 09:15 a.m.

Julián Rodríguez estuvo cerca de la muerte por una afección cardíaca,
y al salvarse se animó a cumplir sus sueños. Publicará un libro sobre el viaje.

–¿Quiere escuchar cómo suena? –pregunta Julián.
–Bueno –responde el periodista, poniendo su oído en el pecho del otro. Tic-tic, tic-tic, tic-tic, se oye. Dos válvulas que bombeaban sangre del corazón al cerebro se le dañaron por efecto de una endocarditis bacteriana, y se las reemplazaron por unas mecánicas que suenan como manecillas de un reloj en movimiento.

Estuvo tres meses como huésped forzado en la clínica Shaio. Tiempo suficiente para pensar en lo que hasta entonces, 2008, había sido su existencia. “No quería que se me pasara el resto de la vida en un trancón bogotano, sin hacer nada grande, mientras se me iba la juventud”.

De tal forma que les quitó el freno a sus dos sueños: tener un Jeep Willys y viajar. De niño, siempre que salía al balcón de su casa, en Zipaquirá, veía uno de esos camperos estacionados. Su padre le decía que en Estados Unidos existía una bodega con partes nuevas, sin ensamblar, y que si uno pagaba se lo armaban. Aunque eso fue cierto hasta la década del 50, para los años 80 no era más que una quimera.

“Me di cuenta de que no era cierto lo de la bodega, pero en el 2012 a mi papá le dio un infarto, y yo tenía suficiente ahorro para comprar y restaurar uno que me vendieron, casi como chatarra, en tres millones de pesos. Lo llevé remolcado hasta mi casa (en Chía)”.


Es ingeniero mecánico y empresario independiente. Con su hermano levantó una empresa de montacargas eléctricos y la hizo rentable, hasta poder arriesgarse a dar el salto por Suramérica. En compañía de su novia iría hasta la Patagonia, piloteando el mismo campero que los gringos habían usado para triunfar en la Segunda Guerra Mundial.

Ya iba solo cuando se enfrentó a los vientos del sur en Ushuaia (Argentina). Aceleraba a fondo contra la corriente de aire, que alcanzaba los 140 kilómetros por hora y reducía la velocidad del campero a 40 km/h. Se levantó el capó, y tuvo que parar. Su compañera se había quedado, horas antes, tras romper el noviazgo. Ella tomaría un vuelo de regreso a Colombia y él subiría a Buenos Aires para tomar una decisión sobre la ruta.

La sensación térmica bajaba hasta los 6 grados bajo cero. Al poner su bota en tierra (calzado que le había regalado una de las decenas de personas que lo ayudaron sin conocerlo) pisó una placa: DCL 956. En Perú se había encontrado otra con el número CII 056, y la placa de Eugenio, su Jeep de 1945, es RBA 556: un número que lo seguía para decirle que debía continuar su travesía.

Viajero por Suramérica en Willys

En los Andes de Perú, el viajero y su campero llegaron a una altura máxima de 5.800 metros sobre el nivel del mar.

Foto:

cortesía Julián Rodríguez

“Cada mes recibía 1.500 dólares que mi hermano me giraba, pero siempre me quedaba corto. Eugenio solo avanza 40 kilómetros por galón, porque su maquinaria es muy vieja”, cuenta Julián a pocos días de estrenar su libro, Ruta 56, en la Feria del Libro de Bogotá (del 25 de abril al 8 de mayo).

Un sonido le generaba inquietud a la altura de Bariloche (centro-sur de Argentina, cerca de Chile). Acostumbrado a acelerar su ‘fierro’ a una velocidad media de 80 kilómetros por hora, casi que frenó en seco cuando a un costado de la vía se topó con una familia varada. Les ofreció la ayuda que pudo y tan pronto intentó reiniciar la marcha, la llanta delantera izquierda de Eugenio se salió, y el carro se desplomó como una roca. “Sé que durante todo el viaje tuve una protección divina. Si no hubiera seguido mi corazón para ayudar a esas personas, se me habría salido la llanta a la velocidad que siempre andaba, me imagino en una curva... Pude haber tenido un accidente serio”.

Pero el destino lo tenía enrutado a viajar más. A la capital argentina le llegó su mejor amigo, también agobiado por un despecho, y tras cruzar a Brasil siguieron al norte por todo el litoral del gigante suramericano. No les faltaron un par de brasileñas que también iban de aventura, en un Montero Mitsubishi. Compartieron ruta, besos y algo más durante 1.500 kilómetros, hasta que una bifurcación del camino los despidió. Seguirían solos hasta el río Amazonas (o Solimões), después un ferri, Venezuela y de nuevo en Colombia, a través de La Guajira.

Viaje en Jeep Willys por Suramérica

En la Chapada Diamantina (Brasil), el Willys enfrentó retos adversos.

Foto:

cortesía Julián Rodríguez

En total, 40.000 kilómetros de ruta, 11 meses de viaje y muchas aventuras que dejan su huella en Ruta 56. Una historia que aún le inyecta vida al corazón de Julián.

Felipe Motoa Franco
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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