Bogotá

¿Quién controla a los mensajeros? / Voy y Vuelvo

Prestar ese servicio no significa llevarse por delante a la gente ni esquivar las normas.

¿Quién controla a los mensajeros?Prestar ese servicio no significa llevarse por delante a la gente ni esquivar las normas.
Rappitendero

Diego Pérez/ EL TIEMPO

12 de junio 2018 , 05:55 p.m.

Alguien tiene que ponerles el tatequieto a los mensajeros de motos y bicicletas. Alguien tiene que responder por los desmanes y tropelías que estos servidores de la ciudad vienen cometiendo ante los ojos de las autoridades y la resignación de los ciudadanos.

Cada vez más la ciudad se llena de hombres y mujeres –muchos venezolanos– que encuentran en el servicio a domicilio una oportunidad laboral. El auge de las nuevas tecnologías ha llevado a un buen número de emprendedores a crear empresas de este tipo, que hoy están en aumento, fruto, entre otras cosas, de que para la gente resulta más cómodo acudir a ellos antes que salir a la calle a hacer una ‘vuelta’.

Y eso está bien. Las aplicaciones para hacer mercado, pedir comida y hasta llevar al colegio el cuaderno que el hijo olvidó en casa contribuyen a hacerle la vida más fácil a cualquiera. Generan empleo, dinamizan la economía y promueven la innovación, pues hemos pasado del viejo mensajero de a pie a toda una red sofisticada de servicios puerta a puerta vía internet.

Lastimosamente, estos avances, que aplaudo, han venido derivando en comportamientos malsanos para Bogotá. Porque el servicio está siendo prestado por personas que, en el afán por cumplir con un pedido, presionados por sus jefes o estimulados por la retribución que recibirán al final del día, se están llevando por delante elementales normas de comportamiento.

Estos mensajeros violan las señales de tránsito, invaden espacios públicos, convirtieron puntos de la ciudad en estacionamientos permanentes, hablan por celular mientras conducen una bici, zigzaguean por entre el tráfico y mucho más.

Lo he visto yo, pero me lo confirma la misma gente que esta semana, con solo trinar que los señores de Rappi eran los más visibles de estos males, empezó a enviarme cantidades de denuncias parecidas.

Mala señal, porque está llevando a que se multipliquen los accidentes, se genere una competencia mal entendida y un sentido del servicio que va en contravía de los postulados de estas mismas empresas. Y porque, por muy efectiva que sea su labor, ya están en la mira de una ciudadanía que empieza a verlos como enemigos. Y eso es grave.

A juzgar por lo anterior, uno solo puede concluir que quienes promueven este tipo de servicios, o no tienen reparo en contratar a cualquiera o ignoran lo que sus empleados hacen o, peor aún, lo saben y les importa un pito.

En Rappi me respondieron –y lo agradezco– que trabajan en talleres y capacitaciones en movilidad. Ojalá eso se refleje en el día a día y la gente lo note.

Señores: prestar un servicio a domicilio no significa llevarse por delante a la gente, esquivar normas, invadir, atropellar, insultar a quienes les reclaman. El domicilio es también respeto hacia la ciudad y su entorno. Y esto va para mensajeros, repartidores y sus jefes.

¿Es mi impresión o... con la llegada del sol Bogotá ya no se parece a Bogotá?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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