Bogotá

En el barrio El Recuerdo, el arte enseña a vivir en paz por Bogotá

Más de 150 niños y jóvenes asisten a los talleres dictados por la fundación Valientes de David.

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El barrio El Recuerdo Sur está ubicado en la parte alta de Ciudad Bolívar. Algunos de sus habitantes se dedican al reciclaje y algunos son excombatientes o víctimas del conflicto armado.

Foto:

Abel Cárdenas / ETCE

05 de agosto 2016 , 06:59 p.m.

El último recuerdo que tiene Anayibe Bernal de su tierra Natal (Rovira, Tolima) fue el día en que tuvo que salir con su esposo, sus primeros 7 de 9 hijos, y abandonar la finca que por años cuidó. Venía a la ciudad desplazada. Paradójicamente llegó al barrio El Recuerdo, en Ciudad Bolívar, una zona olvidada en el borde sur de la capital.

Arribó a una ciudad que le pareció monstruosa y en sus manos solo traía un poco de ropa que les empacó a sus hijos. Se ubicó en un lote que compró su suegro, quien ya residía en la zona, y en una casa de tejas volvió a formar su vida, hace 7 años.

Para ese entonces, lo único que le devolvió la esperanza de vida fue un hombre quien le tendió la mano y le recordó que Dios los puso en el mismo camino por una razón. Era Ricardo Niño, un joven capitalino que desde hace una década llegó a El Recuerdo, con la fundación Los Valientes de David.

Allí 153 niños de 70 familias reciben talleres de arte y evangelización cristiana para transformar la mentalidad con la que crecieron. Por ejemplo, Juan David, uno de los 9 hijos de Anayibe ha asistido a los talleres, principalmente a los de danza y teatro. Este último es su favorito.

“Nunca he ido al teatro. Solo he visto obras en el colegio, pero me gusta porque todo ahí es más lúdico, es más dinámico. Uno se siente libre y se aleja de los malos pensamientos”, señala Juan David, de 17 años, quien ahora sueña con ser médico, “porque es una profesión bonita. Uno ayuda a muchas personas que lo necesitan”.

Al escuchar esta respuesta Ricardo, director de la fundación, sonríe. Asegura que esta es la mayor ganancia del voluntariado que por años ha desarrollado en el sector. “Aquí llegaron en su mayoría personas víctimas del conflicto y desmovilizados, y aprendieron a convivir”, explica.

“Los hijos de ellos hace años tenían la mentalidad de que cuando crecieran quería ser policías, militares o tener una moto y armas. Hoy piensan en ser odontólogos, artistas, médicos o profesores. Lo mismo pasó con las niñas: querían crecer para casarse y ser buenas esposas. Hoy piensan que pueden ser diferentes y llegar lejos”, indicó.

Este es el caso de Janneidi Vélez, de 24 años. Tiene una hija de 5 años a la que lleva a los encuentros en la fundación y ahora ella finaliza su bachillerato en un instituto de validación. “Cuando termine quiero estudiar belleza. Pero no para trabajar en una peluquería, sino montar mi propio salón”, explicó. Ella practica pintándole las uñas a su mamá, o haciéndole peinados a sus hermanas. “Cuando voy a internet, miro tutoriales y así voy aprendiendo”, explicó.

Una obra de paz

Doce voluntarios de diferentes disciplinas apoyan a Ricardo y a su esposa, Milena, con los talleres que se dictan en Los Valientes de David. Además la universidad Minuto de Dios les colabora con otro grupo de talleristas, quienes se reúnen en un edificio de tres plantas en donde los niños transforman su realidad y aprenden a convivir, a formar carácter, a decirle no a las drogas y al conflicto.

Los sábados asisten a las clases música, violín, técnica vocal, danza, teatro, fútbol, inglés, francés, entre otros. “Para los habitantes de El Recuerdo no importa si se fue guerrillero, paramilitar o desplazado. Las precariedades con las que viven les hacen entender que todos somos iguales. Jesús nos enseñó perdón y reconciliación, y eso lo aplicamos en el barrio”, relata Ricardo, quien explicó que años atrás entre los mismos vecinos era extraño el diálogo. “Hoy hemos tejido comunidad, hacemos actividades juntos, la gente conversa entre ellos”, recalcó. Y así construyen su propia Bogotá.

A este ‘laboratorio de paz’ asiste Érica Mape, de 13 años. Señaló que hace unas semanas vive en la fundación “porque me estaba portando mal. No estaba estudiando ni le estaba haciendo caso a mis papás”.

Su taller favorito es el de la escuela de Fútbol, pese a que el barrio no cuenta con un escenario deportivo, y entre la tierra los niños se divierten jugando. “También estoy aprendiendo a tocar el piano. Me dicen teclas, porque no me despego”, exclama la joven entre risas.

Su barrio le agrada, porque pese a que está alejado del centro de la capital (a dos horas en transporte público, en promedio) ha aprendido a convivir con sus amigos y con su comunidad.

“La gente es humilde y sencilla. Nadie humilla a nadie. Además, los sábados en los talleres tenemos en qué ocupar la cabeza. Si no, muchos jóvenes estarían por ahí en la calle, sin nada que hacer, aprendiendo mañas”, concluyó.

MICHAEL CRUZ ROA
Periodista de EL TIEMPO
En Twitter: @Michael_CruzRoaEscríbanos a miccru@eltiempo.com

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