Bogotá

'Prefiero irme de acá antes que dar privilegios': secretario de Salud

Luis Morales fusionó hospitales y destapó líos en contratos de ambulancias en Bogotá. Va por más.

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Las pesca también lo cautiva. Es capaz de dedicarle todo un día a esta afición, pero la ha dejado por sus cargas laborales.

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13 de septiembre 2016 , 06:45 a.m.

Todos tenemos un primer recuerdo de la infancia; el de Luis Gonzalo Morales es de su abuelo. Se desplomó a su lado cuando tenía 55 años. Don Alfonso Morales Tobón murió de forma fulminante a causa de un infarto. “Tenía 5 años en 1963, pero recuerdo ese día con tristeza”. De ahí surgió su interés por ser médico, y, claro, de la vez que se cayó desde una ventana de su casa y se fracturó el codo; todo eso lo volcó a estudiar medicina.

Sus padres se enamoraron en Guarne, Antioquia. Una maestra y un trabajador. Muy jóvenes, apenas habían cumplido 20 años cuando forjaron una familia. Ella como repostera y él como empleado de almacenes Éxito. “Soy el sexto de un familia de nueve, todos profesionales”. El orgullo se le nota.

Estudie mijo, eso lo salva en la vida”, fue el mensaje que siempre escuchó en su hogar, el mismo en donde no lo dejaban salir ni prender el televisor entre semana porque ese era el tiempo de las tareas; menos, coger lo ajeno o mentir. Todo eso le forjó su temple de hoy. Desde el bachillerato pasó como uno de los mejores y se dio el lujo de estudiar en la Pontificia Bolivariana de Medellín.

En su casa, la del barrio Simón Bolívar, todos ayudaban. “Teníamos comida y dormida; el resto era responsabilidad nuestra”. Eso sí, los olores de los postres de su madre marcaron el recuerdo de su estirpe; también, las visitas a la finca de su abuelo materno, las vacaciones en medio de cultivos y el olor a leche fresca de las vacas de la casa.

La guerra

Luis Gonzalo supo que la medicina era un apostolado cuando tuvo que salir de su ciudad hacia la zona rural. Se graduó en 1983, y el día que llegó al municipio de Toledo, Antioquia, se estrelló de frente con las entrañas del conflicto. Vio morir a su primer paciente. “Un 28 de diciembre llegué a un centro de salud y me trajeron a una señora de 42 años. El feto en su vientre estaba muerto. La señora llegó moribunda, no la pude salvar. Lo único que se me ocurrió fue llamar al cura”, recordó. Allá también fue profesor de escuela y jugaba fútbol como buen hincha del Medellín.

Trabajar en Apartadó, en el Urabá antioqueño, lo marcó. Eso fue entre 1989 y 1991. Matanzas como la de 33 personas, en el barrio de invasión La Chinita, o masacres como la de los trabajadores en La Negra lo estrellaron de frente con la realidad del país. Vio la condición humana en su lado más salvaje. “Fui director del hospital de Apartadó; quedaba en la mitad de una plantación de arroz. Viví cosas que me daban ganas de vomitar, como cuando llegó un volqueta con 60 cuerpos y los dejaron arrumados unos encima de otros”.

No era asco a la sangre, de eso estaba curado, sino de tristeza de ver cómo la violencia reduce a las personas. En esa época, las morgues solo contaban con dos camas. “Mataron a mucha gente de forma miserable en dos años y medio que estuve allá”. Ir a Apartadó era como devolverse un siglo en la historia. Allá, en ese infierno, conoció a su esposa, la madre de sus tres hijos, una odontóloga que trabajaba como voluntaria de la patrulla aérea.

Después de pasar por áreas complicadas como la psiquiatría, supo que la salud pública iba a ser lo suyo. De hecho, ya había hecho una maestría en esa especialidad en la Universidad de Antioquia. “Vendí mi carro para pagarla”.

La vida pública

Cargos, todos. Trabajó en Confenalco, en la atención en salud para el magisterio, en 1991 ayudó a reglamentar la tutela, en 1992 participó en la formulación de la Ley 100 hasta que se aprobó en 1993, trabajó como asesor en el gobierno de Antanas Mockus. En todos sus cargos acepta los errores y dice que las cosas dejan de funcionar cuando no se trasforman. “Eso ha pasado en los últimos gobiernos”.

Fue cuando le hicieron una entrevista para trabajar en una EPS cuando sonó el teléfono. “Era Enrique Peñalosa. La entrevista es a las 2 de la tarde, me dijo”. Un médico con maestría en salud pública, que además había hecho una especialización en economía en los Andes, era una buena mezcla para el cargo. “Yo le dije que me dejara pensarlo; él me dijo que hasta la 4 p. m. porque anunciaría el decreto”.

En 1998 fue secretario de Salud de Bogotá, por primera vez. “Haga lo que tenga que hacer, rodéese de buenas personas y yo lo respaldo”, le dijo Peñalosa.

Morales puso a rodar la fusión de la red de hospitales públicos. De 32 quedaron 28. Pero la gestión no fue fácil, lo amenazaron. “Un día, la guerrilla me tenía citado al Caguán, a rendirles cuentas. Tenía que ir con una mochila que no pesara más de 20 kilos. Nunca fui”. Luego, las intimidaciones venían de las milicias urbanas. El Secretario denunció cosas tan graves como que en un hospital público de Kennedy parqueaban un camión que se llevaba toneladas de suministros para la guerrilla.

Eso repercutió en la tranquilidad de su familia; su esposa entró en depresión porque a punta de acusaciones lo molían algunos concejales de Bogotá, muchos de los que después resultaron inmiscuidos en líos de corrupción. No fue fácil.

A punto de terminar su gestión, esos problemas y un carcinoma que afectó a su esposa lo llevaron a trabajar con la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), tras superar la crisis.

República Dominicana, Guatemala, Bolivia, Ecuador, Perú fueron algunos países en los que trabajó en reformas importantes a la salud y hasta tuvo propuestas en el África, pero la vida lo trajo de vuelta a Bogotá en el 2010 a realizar una maestría en ciencias políticas en los Andes.

Pronto llegaron las campañas de Peñalosa, en las que siempre fue activo. Así fue como volvió de nuevo a la Secretaría de Salud. Fueron 33 años de preparación.

La nueva ‘pela’

Llegó a poner orden en la casa. “Este sector del país está podrido, corrupto, ha estado en manos de politiqueros que saquean sin misericordia”, dijo Morales.

Y lo respalda con hechos. “A Caprecom, en diez años, le generaron un déficit de un billón de pesos; por las mismas pasa Capital Salud, en dos años, con un déficit de 600.000 millones”.

Y sigue con las cifras. “Yo fui el que pasé la información a la Contraloría. De ocho billones, en promedio, que entraron al sector salud en los últimos cuatro años, unos cinco y medio o seis se gastaron en los hospitales, y de esos 4 billones fueron asignados a dedo, y no estoy hablando de contratación de personal sino de suministro, mantenimiento, compra de equipos. Estamos jodidos”, dice, y, aun así, asegura que en su gobierno no le va a dar privilegios a nadie. “Prefiero irme de acá. Lo van a hacer todo para desprestigiarme, hasta dicen que tengo cuentas en Panamá. No me extrañaría que me vuelvan a amenazar”, dice.

La estrategia sigue. Ya se desmontó el sórdido negocio detrás del manejo de las ambulancias, aunque le sorprende que hayan metido a tanta gente a la cárcel por eso y que los contratos hayan quedado intactos. “Los contratos que yo terminé fueron los del torcido. Valían 65.000 millones de pesos al año”. Vienen más sorpresas: la empresa logística que desmontará el sistema de contratación tal como viene funcionado. Muchos saldrán porque no van a poder competir con calidad. “Eso será una caja de Pandora. No sé quién irá a saltar ahí”.

Todo eso y más ocupa los días de este antioqueño que prefiere las escaleras al ascensor y les dice a sus empleados que peleen con las ideas y no con la gente. Sabe que tiene otro reto: el de los habitantes de la calle. “La Nación será clave en este problema”, dijo.

De todo de eso se escapa con sus hobbies: los carros antiguos, el aeromodelismo y la pesca. Es de los que desbarata un carro para volverlo a armar. Solo así descansa del desconcierto de las frases que llegan a su despacho: “Un concejal me dijo: vea secretario, para qué se metió en esto, el sector salud es un tarro de mierda, con una cantidad de moscas encima. Usted llegó a revolver eso”.

CAROL MALAVER
Subeditora BOGOTÁ

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