Bogotá

La historia de Pedro Orlando Molano: de mensajero a director del IDRD

Tiene el reto de devolverle la recreación y el deporte a Bogotá. Este es su perfil.

Pedro Orlando Molano Pérez

Pedro Orlando Molano Pérez tiene 45 años y nació en Bogotá. Su madre murió de una apendicitis cuando solo tenía 29 años y él 6.

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César Melgarejo

09 de mayo 2017 , 07:49 a.m.

Lavó pañales de tela, preparó teteros y cuidó de sus hermanos. Pedro Orlando Molano, de 45 años y director del Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD), perdió a su madre cuando ella tenía 29 años y él era un niño de 6, por culpa de una apendicitis. Para entrevistarlo tocó perseguirlo por varios corredores de la Alcaldía de Bogotá, luego supe por qué: el hombre siempre anda de afán, así la necesidad no apremie; eso le ha traído problemas hasta del corazón. El acelere hace parte de su rutina.

Creció en el Bosque Popular y aunque primero estudió en una escuela de barrio, pronto su padre quiso ingresarlo al colegio Militar Caldas. “En esa época, mi abuela nos cuidaba; eso fue muy especial”. Su padre era soldador, pero no cualquier soldador, “¡de los mejores!, ¡del top de los soldadores!, ¡de los que solda tubos del Acueducto y poliductos!”, dice con orgullo. Por eso le tocaba viajar y a él, asumir un rol de padre.
Fue complicado, sobre todo cuando su papá se volvió a casar y nacieron sus dos medio hermanos, a los que ama. “La relación con mi exmadrastra no fue buena, fueron unos años difíciles; incluso, mi abuela tomó la decisión de irse”.

Pedro Orlando comenzó a trabajar desde muy joven, primero en cada diciembre, para ayudarles a sus hermanos, luego vendiendo cuanta cosa se le ocurriera en el colegio; siempre tuvo espíritu de negociante. “Yo vendí galletas, bon bon bumes, tarjetas de Navidad, fui ayudante de construcción, mensajero, cajero, he hecho de todo”. Lo que saliera era la mejor opción, trabajar nunca fue una tortura para él, ni cuando andando en la moto lo tumbó un carro y todos los papeles salieron a volar. Incluso recuerda que estuvo tentado a ponerse a vender pescado en un carrito. “Llegué a gritar ¡pescao!, ¡pescao!, pero al final mi papá no me dejó”.

Yo vendí galletas, bon bon bumes, tarjetas de Navidad, fui ayudante de construcción, mensajero, cajero, he hecho de todo


Habla de su colegio militar con cariño; de hecho, admite que siempre ha sido “sapo” y que eso le permitió ser el brigadier más antiguo del plantel. A diferencia de muchos, no solo sus padres –son los referentes de vida–, sino los amigos, la gente que apareció en su vida. “Mis compañeros eran muy sanos, nos la pasábamos jugando yermis, patineta, carritos esferados, nunca consumimos drogas”. Hay una parte de su vida de la que habla poco, de falta de afecto, de ver a sus hermanos pasar necesidades, mientras su padre ignoraba la vida que llevaban por estar trabajando. El silencio es claro, no fue un paraje fácil de su vida y aun así logró convertirse en un bachiller a los 18 años; eso fue en 1988.

No entró de inmediato a la universidad; trabajó con su padre en un acueducto. “Me acuerdo de unos tubos grandísimos, fue un trabajo muy duro”. En esa época quería ser ingeniero civil porque los veía llegando muy elegantes en sus camionetas, y por eso se presentó a la Universidad Militar, pero al final cambió de opinión.

Su amigo y vecino, Efrén Fernández, lo impulsó a estudiar arquitectura. “Hacía unas maquetas divinas y además tenía un Fiat 147, el carro de mis sueños”. Y así terminó en la Universidad la Gran Colombia. Al fin y al cabo, siempre había sido bueno con las manualidades. Eso sí, tenía que pagarse la carrera.

Entró a trabajar en un banco, primero como mensajero y luego como cajero, pero, como siempre le picaba el bicho de los negocios y cada vez con cosas más ajenas a sus talentos, terminó montando una peluquería. “Lo hice con dos millones de pesos y unos muebles viejos de mi papá”. Y, usted, ¿qué sabe de cortes de pelo? Pues nada, pero me dijeron que se ganaba bien. Así era para todo. Era de nuevo el capitán de un barco.

Eran días de llegar a su casa a las 11 de la noche y trasnochar hasta las 3 o 4 de la mañana estudiando. Todo eso, sumado a su acelere, terminó por aumentarle el ritmo cardiaco y la tembladera en las manos. El neurólogo le dijo: “Le doy seis meses para que se chifle. Decídase, o es cajero, peluquero o arquitecto”. Le tocó decidirse a la fuerza, así que, estando en séptimo semestre, acabó con la peluquería, renunció al banco y de paso se recuperó de una de sus tantas tusas. “Comencé a trabajar en lo mío; me pagaban 150.000 pesos por medio tiempo como residente de obra”. Eso sí, seguía siendo el “sapo”, como se nombra, pero en realidad era un líder; está en su esencia. De hecho, era el representante de los estudiantes, de los que peleaban para que instalaran un teléfono público o unos casilleros hasta que la lograba. Ya terminando arquitectura, sabía que eso de ser empleado no era lo que más quería. “Monté mi empresa, me gradué en 1997, y me fui a vivir con mi papá, que ya se había separado, y con mi hermano. Fue bonito otra vez vivir con ellos, se renovaron las energías”. La vida le estaba cambiando y, en vez de un Fiat 147, se compró un Mazda Coupe.

Cancha sintética

Uno de los propósitos de Pedro Orlando Molano Pérez es poner a funcionar más canchas sintéticas para los jóvenes deportistas.

Foto:

Óscar Bernal Trujillo

Su amigo

A Enrique Peñalosa lo conoció cuando fue a dictar una charla en la universidad siendo candidato a alcalde. “Yo tenía que llevar a los estudiantes a escucharlo. Me sorprendió cuando comenzó a hablar de países de todo el mundo”.

Fue la primera vez que escuchó hablar de transporte masivo, de ciclorrutas y de parques. Hasta ese momento, él solo sabía de esos buses viejos que transitaban por la avenida Caracas. “Me enamoré de ese discurso y me dije: ‘Yo quiero trabajar con él’ ”.

Cuando quiso entrar a la campaña, con la primera que habló fue con Claudia López; en esa época, la gerente de movilización. “Yo era el que llevaba los sándwiches a los recorridos, de gratis, de voluntario, de sapo. El alcalde me conocía como el chino del carro”. Pero, después de la catástrofe de las elecciones, Pedro Orlando enfrentó una doble tusa: la de la novia que lo dejó por andar en campaña y la Enrique Peñalosa por perder. “Duré como ocho meses indignado”. Pero luego quiso seguir trabajando con el Distrito.

En el mandado de Antanas Mockus trabajó en lo relacionado con parques, pero luego lo pudo hacer en obras con Peñalosa. “Hacíamos proyectos muy lindos con las comunidades. Entonces el alcalde comenzó a identificarme. No se sabía mi nombre, pero ya me reconocía”. Le encantaba entrar a reuniones con Alfonso Prada, David Luna, Héctor Riveros, todos profesionales que hablaban de la ciudad. En esas, Peñalosa le dijo por primera vez: “¡Estudie!, eso solo como arquitecto no sirve”.

Ese fue el motor para que se metiera a hacer una especialización de la Javeriana en gerencia de construcciones. “Yo pensaba: tengo que estar al nivel de esas charlas; qué hago hablando solo de Tunja y la fiesta de Sogamoso”. Pero cuando pensó que el alcalde lo iba a tener en cuenta por su posgrado, este le dijo: “Hermano, váyase del país”. “Dios fue muy duro, yo estaba cansado de trabajar y estudiar, pero así fue como decidí irme para España, vendí todo y me fui”. Era la primera vez que conocería otro país, no sin antes conseguir quién cuidara de sus hermanos. En el aeropuerto se perdió cinco veces y hasta dejó su anotación en el libro de las reclamaciones. Así llegó a Barcelona, un septiembre, a cursar un MBA de la Universidad Politécnica de Cataluña. Fue una experiencia que cambió su mentalidad, aunque agotó sus recursos.
A Pedro le tocó ponerse a remodelar baños y a pintar apartamentos para sobrevivir.

“Pero luego terminé asociado con un amigo para montar empresa”. Un día se fue a unos locutorios a conseguir latinos que quisieran trabajar en construcción. “En dos días tenía como 30 hojas de vida. Remodelábamos cocinas y nos pagaban bien”. Otro peldaño logrado para poder volver a su país; nunca olvidó a su familia, era su felicidad. “Uno llorando cada ocho días era muy duro”.

Siempre que llegaba buscaba al alcalde para trabajar con él. Fueron tres campañas en las que lo entregó todo por cumplir con su sueño como coordinador de juventudes. “Pero el alcalde me dijo, usted con novia bilingüe no más, ¿qué hace si lo bota?, váyase a estudiar inglés”. Otra vez lo ponía sobre las cuerdas.

En la última tusa por la pérdida de Peñalosa, se fue a New York. Allá terminó por convencerse de que si no aprendía inglés, “estaba jodido”, cuando no supo pelearle a un compañero de apartamento por dejarlo encerrado con llave su pasaporte. “Me fui a Delaware (Estados Unidos) un año a aprender inglés con la promesa de que en seis meses sería bilingüe. ¡Qué va! Pura mentira, llevaba cinco y no entendía nada, y ya me había gastado mucha plata”. Cuando ya se sentía con un nivel más alto, quiso meterse a las clases de políticas de transporte y uso del suelo con los estudiantes de la universidad. “Fue frustrante ¡No entendía nada!, ni los nombres”. Siempre que cuenta una anécdota hace expresiones de desespero y se coge el rostro, como reviviendo el momento. Afinar el oído le costó lágrimas, y cuando ya pensó que lo había superado, el profesor del doctorado le pidió una exposición sobre TransMilenio.

Me fui a Delaware un año a aprender inglés con la promesa de que en seis meses sería bilingüe. ¡Qué va! Pura mentira, llevaba cinco y no entendía nada, y ya me había gastado mucha plata

“Alcalde, ayúdeme”, fue lo único que atinó a decirle a Enrique Peñalosa, al llamarlo para que lo asesorara. “Él me mandó una de sus presentaciones y me puso a estudiar”. Así llegó el día para Pedro Orlando Molano, con cinco cámaras a su lado y un micrófono en frente. Dijo todo, aunque confundió el pasado con el futuro; casi no podía pronunciar sewer (alcantarilla) y más de una vez trastabilló con palabras. Unos días después fue a preguntarle a su profesor cómo le había ido, y la respuesta fue: ¡mal!

Fue un chiste, lo felicitó y lo puso a hacer dos presentaciones más. Desde ese día, el director del IDRD no pierde oportunidad de hablar inglés. “Cada vez que veo un gringo, yo voy y lo saludo” (risas).

Hoy es uno de los funcionarios más destacados de la Alcaldía de Bogotá, pero llegó a pensar que aunque le había hecho caso en todo a Peñalosa, nunca lo iban a llamar. “Pero, un día, me dijo que iba a ser el director del IDRD y que yo tenía que cambiarles la vida a los bogotanos”. Hoy su misión es recuperar los parques abandonados, iluminarlos. Ya lo hizo con 300, logró 30 canchas sintéticas, construir centros recreativos y deportivos, fortalecer la ciclovía, entre otros muchos planes.

Molano es de los que sube a Patios a las 4:30 con Peñalosa, lo conoce bien. “Por eso me da rabia que la gente se crea todos los chismes que han inventado de él. Soy testigo de que de verdad quiere cambiarle la cara a Bogotá”.

CAROL MALAVER
Subeditora Bogotá
* Escríbanos a carmal@eltiempo.com

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