Bogotá

Dos días de periplo para liberar 408 animales silvestres en Casanare

Estas 21 especies pasaron en algunos casos más de un año en recuperación, en Bogotá.

Liberaron animales silvestres

En los llanos del Casanare, el director de gestión ambiental, Óscar López, ubicó en la reserva Mata de Santo las 21 especies.

Foto:

Abdel Asís / Secretaría Distrital de Ambiente

09 de abril 2017 , 10:57 p.m.

Esa mañana de miércoles, cuando la caravana de camionetas con 408 animales silvestres en jaulas, canastillas y guacales dobló por la esquina para ingresar al pueblo y buscar la sombra de los árboles, una nube de niños y vecinos se acercó a mirar toda esa diversidad reunida.

La parada se dio en Cumaral (Meta), para que los cuidadores hidrataran y les dieran de comer, en una pausa corta, de camino a su destino final en la reserva forestal Mata de Santo, Casanare, a 600 kilómetros de Bogotá. El parloteo de los loros, el canto de los canarios, la curiosidad de las guacamayas y las pavas; la vocalización de los hermanos caracara y del pato; las inquietas tortugas que trataban de salir del encierro; el armadillo que daba vueltas, las iguanas de un lado para otro, serpientes y hasta la rana sabanera que este reportero observó durante el trayecto, para que no le pasara nada, llamaron la atención de los vecinos.

Esas criaturas de la naturaleza parecían felices de sentir el calor, tras un viaje de frío y viento, que arrancó en una helada y despejada madrugada, a eso de las 4 de la mañana, cuando fueron embarcadas en el platón de las camionetas y aseguradas con zunchos, en Bogotá.

A decir verdad, este periplo se inició hace más de un año, cuando fueron capturados y sacados de forma ilegal de su hábitat natural por personas inescrupulosas, luego terminaron en cautiverio en alguna caja de cartón con huecos por los lados y después fueron, por la presión de las autoridades, incautados o entregados de forma voluntaria a la Policía Ambiental en diferentes terminales terrestres y en el aeropuerto El Dorado. De allí pasaron al Centro de Recepción de Flora y Fauna del Distrito.

–¿A cómo los venden?–, preguntó, desde una motocicleta, una mujer que transportaba como pasajero a un niño, quizá su hijo, sin casco ni elementos de protección.

–No son para la venta–, refunfuñó indignado uno de los expertos mientras los alimentaba. De inmediato trató de explicar a los curiosos que los animales silvestres no se comercializan, no son mascotas y no se deben sacar de su hábitat.

Porque quien lo haga no solo está destruyendo el medioambiente, sino que tiene una pena de hasta nueve años de prisión y unos 3.600 millones de pesos de multas en caso de que se llegue a comprobar que son organizaciones dedicadas a este, el tercer negocio ilícito más lucrativo, pues según las cifras genera más de 25.000 millones de dólares al año en todo el mundo.

Nos informaron por vía telefónica que hoy en Bogotá hay cinco procesos judiciales por tráfico de flora y fauna, y en esas estábamos bajo la sombra de los árboles, a 31 grados y listos para salir por la carretera al Llano, cuando una patrulla de la policía del Meta, con cuatro motorizados, alertada por los vecinos, hizo presencia en el punto. De inmediato solicitaron toda la documentación, requisaron, revisaron y fue cuando los uniformados, una vez ratificaron que era un movimiento legal respaldado por el Ministerio de Ambiente y la Secretaría Distrital de Ambiente, con el apoyo de Corporinoquia, nos confirmaron que recibieron una llamada de un vecino que alertó del cargamento: cuántas especies se podrían haber salvado si esas llamadas se hubiesen hecho antes.

De estos 408 ejemplares silvestres, 265 fueron entregas voluntarias que hizo la gente para evitarse problemas con la justicia, y los otros 143 fueron incautaciones.

El punto donde más se ha detectado que ingresa este tráfico es el terminal de transportes El Salitre, con 178 animalitos, y seis casos en el aeropuerto El Dorado.

Sin embargo, eso es una lotería porque el subregistro es incalculable debido a que ninguna oficina de despachos de buses intermunicipales ni las policías locales hacen control a este tipo de delitos; mucho menos se sabe si el pasajero esconde una especie silvestre en la caja que baja en el camino antes de entrar a las terminales oficiales.

Los controles son esporádicos y cuando se hacen, por lo general, es para ver si los papeles del vehículo están en regla.

El viaje siguió hasta Yopal, donde la Corporación de la Orinoquia dispuso un sitio transitorio para que las 21 especies pernoctaran y se aclimataran. En la madrugada del jueves, tras cruzar por San Luis de Palenque, se inició la ruta final de dos horas largas por un camino polvoriento bajo 34 grados, y que por fortuna no afectó a ninguno de los viajeros: todos llegaron sanos y salvos.

Allí, tocó esperar, era lo mínimo ya, casi tres horas antes de ponerlos en su territorio, en su sitio de transición: una inmensa reserva forestal de la sociedad civil, donde hay desde venados y chigüiros hasta las famosas e intimidantes anacondas o güío negro: precisamente una estaba haciendo su digestión, un chigüiro.

El Centro de Recuperación de Flora y Fauna silvestre que opera en Bogotá, sobre la calle 64 con carrera 128, en Engativá, es el sitio donde hay hospitalización, cuidados intensivos, enfermería, sala de observación y hasta neonatos. Solo en el 2016 se recibieron poco más de 2.500 animales silvestres para su protección. Actualmente, hay allí cerca de 1.200 a la espera de que les den salida.

En muchos casos no se sabe de dónde proceden estos animales silvestres, pero según los registros oficiales solicitados por EL TIEMPO, que acompañó este periplo durante los dos días de viaje, hay animales que proceden no solo de lugares tan lejanos como La Guajira, sino también de países hermanos como Venezuela y de los Llanos orientales.

Cuando llegamos a la laguna de las ilusiones, en el interior de la reserva de Mata de Santo, rodeada de árboles, a punto de la liberación de los animalitos, en las canastillas encontramos huevos de tortuga.

Durante el viaje desovaron, lo que significa que en estos días muchos van a eclosionar ya no en una caja con huecos, en la alberca de alguna casa o en el jardín de un condominio ni tampoco en el centro de recepción en Bogotá, sino allá, en su lugar natural, lejos de la ciudad que les es ajena, que no les pertenece y a la que nunca debieron llegar.

HUGO PARRA
Redactor de EL TIEMPO

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