Bogotá
NO ES HORA DE CALLAR
No es hora de callar

‘Fue una pesadilla, y lo peor de todo es que mi familia no me creyó'

Betsy fue víctima de abuso sexual por parte de su padre, en su propia casa, cuando tenía 7 años.

Betsy Bermúdez Lanchero

Betsy Bermúdez Lanchero quiere que las mujeres sepan que si denuncian, pueden recobrar la libertad.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

22 de mayo 2017 , 03:10 p.m.

Betsy Bermúdez Lanchero ha descubierto que ni el hierro ni las máquinas que ha tenido que aprender a manejar en el único empleo que consiguió un mes atrás son tan duras como la prueba que le planteó la vida el día que las manos de su papá ultrajaron su cuerpo por primera vez.

Sueña con terminar el colegio que dejó en noveno grado y estudiar enfermería, pero mientras tanto, la joven, de 27 años, intenta reconstruir su vida y la de su hija de 6 años, aprendiendo a cortar hierro y a soldar. Trabaja con un contratista de ornamentación al que conoció cuando hacía domicilios en un restaurante del centro de Bogotá. Él se ofreció a enseñarle el oficio. “No se preocupe, yo le enseño hasta a soldar si quiere”.

Y ahí está hace un mes: cortando varillas y láminas, lo que salga. “Ya estoy aprendiendo soldadura”, sonríe. Es la única mujer en un grupo de hombres.

Tenía 7 años cuando los manoseos de Antonio, al que se le dificulta llamar papá, le inocularon en la piel y en el cerebro la tenaza del miedo del que intenta desprenderse hoy. Han pasado veinte años desde esa primera vez en que las lágrimas se precipitaron incontenibles por sus mejillas como una reacción de su instinto infantil a la impotencia que desde entonces se apoderó de su vida cada vez que el vejamen llegaba sin permiso y con violencia.

“Él llegaba borracho y se metía a mi cuarto. Me decía que si yo le decía a mi mamá, no me iba a creer”. De hecho, cuando la madre lo sorprendía en el cuarto de su hija, él le decía que se estaba despidiendo. “¡Y salía como si nada!”, cuenta la joven, al recordar el cinismo del que siempre hizo gala el señor, como se refiere a su progenitor.

Y nunca olvida que su mamá no hizo nada para defenderla de los tocamientos constantes a los que la sometía. “Ella sabía, pero él también le dio mala vida a ella”, explica a modo de justificación porque muchas veces su madre le advirtió que tendría que defenderse sola.

En la casa vivían Betsy y Michael, un hermano un año mayor que ella, los dos hijos de Jesús Antonio Bermúdez Moreno, soldador, y María Ana Laura Lanchero, enfermera terapeuta. Una hermana y dos hermanos mayores, hijos de otro señor, ya tenían sus hogares fuera de la casa.

En el 2005 falleció la madre de Betsy, que cuatro meses atrás había cumplido 15 años, sin saber lo que era una infancia feliz. Entonces su papá la convirtió en su mujer. Le tenía que cocinar y la accedía a la fuerza a su antojo. “Él abusó de mí cuando mi mamá falleció. Desde ahí fue la pesadilla más grande de mi vida”, dice intentando contener el llanto. Entonces, comenzó a vivir bajo amenaza. “Llegaba borracho, abusaba de mí cuando quería, yo no le podía decir nada, porque me pegaba. Él llegaba borracho con mi hermano, lo acostaba a dormir y decía que lo iba a matar”.

“Qué tal que su hermano llegue borracho; yo puedo decir que se cayó, que por robarlo lo mataron”, recuerda Betsy que le decía el hombre con burla. Y ella pensaba que si era capaz de pegarle y amenazarla, también podría hacerlo con su hermano. “Me traté de ir muchas veces de mi casa, pero yo sabía que si yo no volvía, él iba a matar a mi hermano y me mataba a mí”. Ella sentía miedo de verdad.

Hoy llora al revivir el imperio del miedo al que estaba atada. Y la soledad. Y la familia, que ella siente, le dio la espalda y la dejó a su suerte. Sus hermanos no le creyeron cuando les contó que su papá abusaba de ella. “Durante muchos años de mi vida yo le decía a mi familia, y ellos no me quisieron creer. Se lo dije delante de él muchas veces, se lo grité. Mi familia decía que no, que yo estaba loca. Que a mí me había afectado la muerte de mi mamá”. Es su reclamo.

Con el tiempo decidió no quejarse, pero la furia se le salía de tiempo en tiempo contra su abusador, que en público representaba el papel de padre modelo, aun de quienes no eran sus hijos biológicos. “Para mis hermanos, él era el hombre perfecto, el hombre ejemplar, el que no hacía nada, el buen papá”.

Un 31 de octubre cuando le reclamaron por ser grosera con su papá, ella lo increpó en público. “Pregúntenle a él. Pregúntenle por qué lo trato así”.

“Pero si yo lo único que estoy haciendo es darle amor, darle cariño”, recuerda ella que dijo Antonio. “Sí, claro, abusando de mí”, le gritó con indignación. Betsy, aún hoy no se repone de la reacción que entonces tuvieron sus hermanos. “Soltaron la risa y me dijeron que era mentira, que él era el hombre ejemplar. No juzgue a su papá, que Dios castiga eso”, le advirtieron.

“Yo le dije, claro, si usted siempre ha abusado de mí, ¡dígales la verdad! Él me decía ‘usted está loca, usted está loca’. Y decía ‘si ve cómo es su hermana, si ve cómo es su hermana’, y salió llorando. Y mis hermanos salieron detrás de él”.

Pero lo peor estaba por llegar. “Al otro día me chuzó mi pierna, que para que yo aprendiera que me tenía que quedar callada. Eso fue en la noche. Me chuzó con un cuchillo de la casa en la pierna y me pegó dos puños en la cara. Incluso yo ni fui al médico. Solo me eché alcohol y ya, me puse una cinta”.

Entre todas las ocasiones que pensó en escapar, un día, Betsy se fue a vivir con un amigo.

¿Usted se ennovió a pesar del drama que vivía con su papá? “Yo no me ennovié, yo me fui con él para liberarme de mi casa. Le dije que me quería ir de mi casa y entonces él me dijo ‘véngase a vivir conmigo’. Y yo no lo pensé. Fue lo peor que pude haber hecho. Me dejaba encerrada, no podía hablar con nadie. La mamá de él me cuidaba, no podía salir a ningún lado. Me fui a vivir un mes con él y me tocó volver a la casa”.

A los pocos días de regresar al lado de su abusador, descubrió que estaba embarazada. A su familia le dijo que el muchacho que la dejó en cinta había muerto. Pero en su interior la consumía la incertidumbre. “Porque yo no sabía si mi hija era de mi papá o de él”.

Fue, según ella, un embarazo plagado de golpes e insultos porque su papá no quería que la niña naciera, pero lo hizo, el 10 de noviembre del 2010, y de inmediato se convirtió en víctima de los golpes e instrumento de amenaza para su mamá.

El 29 de mayo del 2012 fue la primera vez que decidió denunciarlo. “Él abusó de mí el 28 de mayo y yo dije que no quería más, que estaba aburrida”. Ese día llamó una patrulla que la recogió en la casa y la llevó al hospital. “Yo llegué allá y dije que me habían abusado, conté todo para que me hicieran los exámenes”.

Pero la valentía le duró mientras esperaba a que le practicaran los exámenes, porque entre tanto llegó Antonio al cuarto donde ella esperaba y la amenazó. “Me dijo, ‘si usted me llega a sapear, yo le mato a su hija’ ”. Entonces Betsy no se dejó practicar los exámenes, se retractó y dijo lo que él le ordenó: “Que yo me inventé todo y que me quería devolver para la casa”. De ahí salió a buscar a su hija y a enfrentar a sus hermanos, que sin saber lo que había pasado, la acusaron de mentirosa y le dejaron de hablar. Terminó durmiendo con su hija en el piso de un cuarto que le alquilaron en otro barrio con el apoyo de su abuelo. A ese sitio llegó un día su hermano a pedirle perdón. Antonio había hecho con una amiga de él lo mismo que con Betsy y entonces se dieron cuenta de la verdad.

Cuatro momentos están grabados para siempre en la memoria de Betsy: el 27 de noviembre del 2013, cuando finalmente pudo denunciar formalmente a su violador y maltratador; el 20 de noviembre del 2014, cuando lo capturaron; el día en que la Fiscalía le dijo que la prueba de ADN demostraba que su hija no era de su papá y mayo del 2016, cuando lo condenaron a 7 años de prisión por violencia intrafamiliar y a 20 por abuso sexual.

Betsy recibió apoyo de la Secretaría de la Mujer y asistió a todas las audiencias. Incluso acudió a la Procuraduría cuando intuyó que el proceso se iba a dilatar. “Eres libre, ahora puedes hacer lo que quieras para tu vida”, le dijo el juez que dictó sentencia.

¿Por qué aceptó dar esta entrevista y dar la cara?

“Porque yo sé que en este momento de la vida hay muchas personas que están pasando por lo mismo, que hay muchas mujeres a las que no les creen como a mí. Quiero que sepan que nunca es tarde, que si yo lo logré, otra persona también va a poder. Porque yo no cometí ningún delito, fui víctima como les pasa a muchas. Yo soy igual que ellas, no tengo nada que temer”.

El día de la dignidad

El próximo jueves 25 de mayo es el Día Nacional por la Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual, y No Es Hora De Callar lo conmemorará en Tumaco, Nariño, con el apoyo de ONU Mujeres y EL TIEMPO Casa Editorial.

A este día de dignificación de las víctimas también se sumaron la embajada de EE. UU., Limpal Colombia y Discovery Channel.

YOLANDA GÓMEZ TORRES
Editora EL TIEMPO

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