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Actualizado 01:43 p.m. - jueves 17 de abril de 2014

12:58 a.m.

Madre e hija, por necesidad, se dedican a tapar huecos en las calles de Álamos, en Bogotá

Madre e hija, por necesidad, se dedican a tapar huecos en las calles de Álamos, en Bogotá

Madre e hija tienen que trabajar picando asfalto para tapar huecos desde que sufrieron un episodio de violencia intrafamiliar. La pequeña quiere estudiar, pero antes debe sobrevivir al lado de su progenitora.

Foto: Carol Malaver/EL TIEMPO

Días sin desayunar o almorzar hicieron que ambas se las arreglaran así para sobrevivir.

Desde hace un año, Nicoll y su hermana de 3 años, tienen un recuerdo siniestro: vieron cómo su padre, en un arrebato de celos, intentó apuñalar catorce veces a su mamá.

"Una noche llegó como loco. Alcanzó a herirle un brazo y el pecho", dijo Nicoll, una niña de 13 años que tiene en la cabeza la profundidad de las heridas: "Ocho centímetros en el brazo y siete en su pecho. No quiero ver a mi papá, le tengo miedo".

Cuarenta y tres días de incapacidad y el alma hecha pedazos hicieron que Paola huyera con sus dos pequeñas, pero a los pocos días aparecieron las necesidades. "El caso quedó impune. Me dijeron que no podía denunciar por tentativa de homicidio sino por lesiones personales porque no me había perforado ningún órgano vital".

Nicoll tuvo que dejar su colegio, la pequeña bebé se enfermó de bronconeumonía y, para rematar, a Paola no la llamaban para trabajar.

Días sin desayunar o almorzar hicieron que la mujer se las arreglara para sobrevivir. "Salí a la calle a tapar huecos en Álamos y así reuní para comer y pagar un arriendo".

Polvo, piropos morbosos, sol y lluvia son los ingredientes con los que lidian madre e hija todos los días, porque a la extenuante jornada de trabajo se le unió Nicoll, a pesar de las negativas de su mamá. "No quiero dejarla sola. Ella es lo único que tengo", dijo la niña, como sintiéndose guardiana.

Estas dos mujeres madrugan para recoger el asfalto de desecho que sale de las grandes obras, se rebuscan un transporte económico y luego, con sus delicadas manos, se ponen en la tarea de picar en pedacitos el asfalto.

Se 'comen' las ganas de responderle a uno que otro conductor que las juzga sin saber por qué están ahí.

Otras veces queman madera para fundir material en una batea y esos días llegan a su casa sin poder respirar bien y con el peso de una jornada que les deja 30 mil pesos para sobrevivir.

Nicoll aún guarda un rostro lozano, de niña, con porte, pero a su corta edad dice que quiere estudiar medicina forense porque sus abuelos murieron atropellados por un camionero ebrio en Corabastos. "En ese momento la vida nos cambió. Yo quiero saber por qué pasan esas cosas", dice.

Varios sueños mantienen en pie a este trío de mujeres. Paola sabe confeccionar uniformes y prendas de vestir, manejar fileteadoras y máquinas de coser, porque su madre le dejó ese legado. "Quiero tener un negocio que me permita poner a estudiar a mis hijas, atender la enfermedad de mi bebé y vivir más dignamente", dijo Paola.

Nicoll no quiere que sus amigos la vean tapando huecos, pero ve a su mamá y no duda en pararse en la mitad de la calle a 'echar pica' y arreglar trocha. "Algún día voy a ser feliz", dijo mientras esperaba el paso de otro conductor generoso en medio de una nube de polvo.

CAROL MALAVER
REDACCIÓN BOGOTÁ

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