Bogotá

¿Qué fue del libro de Gabo que se robaron en la Feria del Libro 2015?

La primera edición de ‘Cien años de soledad’ reposa en la Biblioteca Nacional.

Primera edición de  'cien años de soledad'

Primera edición de ‘Cien años de soledad’. Sellos de editorial Sudamericana y la Biblioteca Nacional. Dedicatoria de García Márquez al librero Álvaro Castillo.

Foto:

Felipe Motoa / EL TIEMPO

25 de abril 2018 , 07:19 a.m.

“No fui amigo de García Márquez, pero tuvimos una relación. Me contactó gracias a mi oficio; nunca pensé que le vendería libros”, advierte Álvaro Castillo, uno de los libreros más reconocidos de Bogotá. Abre su memoria sentado en el porche de su negocio, San Librario, barrio Quinta Camacho.

Castillo pasó de ser conocido en el mundillo literario a protagonizar y ser víctima de uno de los robos que más indignación ha despertado en Macondo, perdón, en Colombia.

El sábado 2 de mayo del 2015, en pleno desarrollo de la Feria del Libro de Bogotá, que ese año homenajeaba al Nobel de marras, ladrones no identificados se robaron la primera edición de Cien años de soledad, que este librero había prestado para enriquecer el pabellón conmemorativo, en Corferias.

El robo de un libro puede ser una bobada, pero la indignación de la gente fue impresionante. Ahí me di cuenta de que el libro ya no era mío, sino de los colombianos

A las siete de la noche recibió una llamada en la cual le advertían del hurto. Al silencio que guardó le sobrevino la indignación. Se dirigió a la exposición y embutió en su morral 30 primeras ediciones, de otros títulos de Gabo, que había prestado.

La historia del libraco, cuya tapa muestra una maraña boscosa sobre la cual se sobrepone una carabela, tres flores amarillas y los nombres de la obra y el autor, comenzó en mayo de 1967. Ese año lo publicó editorial Sudamericana, en Buenos Aires (Argentina).

Luego fue comprado u obsequiado a uno o diversos poseedores, alguno de los cuales le subrayó decenas de párrafos y expresiones originales. “Feriar = rifar”, es uno de los resaltados que, para mejor comprensión, debió marcar un lector.

Incierta fue la vida del ejemplar, hasta que en octubre del 2006 Álvaro visitó la capital argentina y aprovechó para ir a Montevideo (Uruguay). Se dirigió a la calle Tristán Narvaja, conocida por sus librerías de segunda, y entró a una cuyo nombre hoy no recuerda. Divide su relato entre la mirada al periodista, su pantalla de celular y los clientes que van llegando.

No tuvo que observar mucho para reconocer el lomo de la primera edición, similar a otra que en 1998 compró en La Habana. Con las manos y el cuerpo temblorosos, por los nervios, preguntó el costo. Le dijeron que el equivalente a nueve dólares y él, como quien no quiere la cosa, pidió descuento.

“Me lo dejaron en seis dólares, para mi fortuna. No juzgo el precio que le pusieron”, advierte.

El libro fue a engrosar una colección armada por años, que hasta incluía artículos de Gabo publicados en revistas pornográficas. Para la fecha de la adquisición, García Márquez ya tenía años de conocer a Castillo y le había encomendado la consecución de libros viejos, el primero de los cuales fue ¿Arde París?, de Dominique Lapierre y Larry Collins. Siempre mantuvieron contacto telefónico. Y, de hecho, el librero rememora una fecha de cumpleaños en que el genio de Aracataca lo llamó: “No hay derecho a cumplir 33 años”, le dijo en tono jovial.

A punto de cumplir 50, Álvaro indica que tuvo la fortuna de hacer firmar esa primera edición por interpuesta persona. Al abrir el libro, que hoy permanece custodiado en una bóveda de seguridad de la Biblioteca Nacional, y al cual solo es posible acceder con solicitud formal y en compañía de un dependiente y una vigilante que no te quita la mirada de encima, se lee: “Para Álvaro Castillo, el librovejero, como siempre, y desde siempre, de su amigo. Gabo. 07”.

El volumen se convirtió en pieza de exposición, viajando a Cuba (2012) y Argentina, donde fue incluido en muestras culturales. Hasta que el hampa decidió llevárselo.

La noticia del robo, aquel 2 de mayo del 2015, se mantenía entre los organizadores y un puñado de amigos de Castillo. Al enterarse, el escritor Federico Díaz Granados le aconsejó al librero que lo hiciera público. Acudieron a EL TIEMPO.

No pasó ni medio día desde que un artículo apareció en ELTIEMPO.COM, el domingo 3 de mayo, para que se cuajara un escándalo. De radio, televisión, prensa e internet comenzaron a buscar al dueño. En foros, Twitter, Facebook y demás plataformas la gente clamaba por el esclarecimiento de lo sucedido y la captura de los maleantes.

“Me llamaban del extranjero, de aquí, de todas partes. Estuve cinco días insomne por el acecho de la prensa”, apunta el hombre que le conseguía viejas obras a Gabo.
Mientras tanto, la Policía respondía que se estaba haciendo todo en las investigaciones. Una circular de Interpol, similar a la que en su momento le pusieron a Osama bin Laden y a otros terroristas y criminales, se emitió desde Macondo, perdón, desde Colombia, advirtiendo de la posible salida de las más de 400 páginas envejecidas de Cien años de soledad hacia el exterior.

El martes siguiente, Álvaro concedió una entrevista. En medio de las preguntas, un grupo de colegiales lo reconocieron y se le acercaron. Lo abrazaron para darle consuelo y le desearon una pronta recuperación del objeto robado.

“Ahí todo cambió para mí. Me di cuenta de que el libro ya no era mío, sino de los colombianos”, concede el librero. “El robo de un libro puede ser una bobada, pero la indignación de la gente fue impresionante”.

Solo hasta el viernes recibió una llamada de alivio: el general Aureliano Buendía –perdón, el general Rodolfo Palomino, de la Policía– había informado sobre la recuperación del libro.

Una patrulla recogió a Castillo y lo condujo hasta el CAN, donde los micrófonos esperaban por la rueda de prensa. El oficial contó que habían infiltrado una presunta banda de tráfico de arte y que al enterarse los ladrones abandonaron el ejemplar en una cafetería del populoso sector de La Perseverancia.

En una vieja caja se lo devolvieron a Castillo, quien aprovechó el momento para anunciar que lo donaría a la Biblioteca Nacional, lo mismo que su colección completa sobre Gabo. “Tenía que ser un patrimonio de los colombianos, yo cumplí”, finaliza.

Felipe Motoa Franco
En Twitter: @felipemotoa

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