Bogotá
No es hora de callar
No es hora de callar

De Soacha al Caribe, la lucha de Lina por las víctimas de la violencia

Tras años de abuso sexual que padeció, hoy esta líder empodera a un grupo de mujeres de la Costa.

Lina Caro Banquez

Lina Caro Banquez hablando ante miles de soachunos, en un evento en contra de la violencia hacia las mujeres.

Foto:

Alcaldía de Soacha

22 de junio 2018 , 07:52 p.m.

.En diciembre, frente al mar de Cartagena, Lina Caro Banquez tiró una a una las piedras que acumuló durante más de 20 años en una mochila. Cada una representaba un recuerdo de su pasado. Arrojándolas se despojó de la violencia sexual de la que fue víctima, de los días de desplazamiento, de las noches en que calló sin poder explicarle a su familia lo que la había llevado a vivir a un municipio como Soacha, alejada de todos.

Fue el 11 de noviembre del 2017 cuando declaró, con pelos y señales, qué le había pasado ante las autoridades. Citó los días exactos, los horarios, la rutina a la que era sometida, los implicados, sus apodos. Todo.

La fecha la eligió porque ese día se celebra la independencia de Cartagena. Y para Lina, esta también era su independencia.

Ahora, un grupo de diez mujeres la espera en una ciudad de la costa Caribe. Lina las anima a denunciar el abuso sexual del que han sido víctimas. “Yo ya no callo, y vine a compartirles mi experiencia a estas mujeres, que por sus condiciones socioeconómicas requieren de un apoyo”, explicó la mujer de 49 años, y quien a su vez lucha contra un cáncer de la glándula tiroides.

Su proceso

La primera vez que un hombre abusó de Lina fue a los nueve años. Su hermanastro marcó su cuerpo para siempre. Luego, a los 19, viviendo en su pueblo natal, María La Baja (Bolívar), el miedo llegó como un murmullo que atormentaba al pueblo. Esta vez por el conflicto armado.

Decían que venía la guerrilla pero también que los paramilitares sembraban zozobra en su tierra. “Tocaba ser prudente. Ya no se podía hablar con cualquier persona. Luego, en un corregimiento, mataron a un muchacho, que por ser colaborador de la guerrilla. Después a un vecino nuestro. Las cosas estaban cambiando”, indica Lina.

De su tierra natal tiene recuerdos bellos, y sonríe al evocarlos. “Mi familia cultivaba allí, se hacía pesca y era un paraíso”, asegura. Ella, por su parte, se dedicaba al comercio.

“En 1998 tenía 29 años. Trabajaba vendiendo chance; tenía tres hijos y vivía con mi pareja. Un día una persona del pueblo me dijo que tenía que ir a otro corregimiento, que allá me estaban esperando para vender chances. Esto fue una orden y una amenaza. Uno no podía decir nada y yo ya sabía que esto no era para nada bueno”, sentenció.

A Lina la llevaron con otras seis mujeres a un campamento de los paramilitares. “Esos recuerdos son muy feos. Allá se ejerció violencia sexual sistemática. ¡Cómo nos trataban! Y lo peor fue cuando nos devolvieron al pueblo y cada una llegó a su casa. No podíamos decir nada o expresar nuestra tristeza”, recuerda.

Esa violencia la siguieron ejerciendo contra varias mujeres del pueblo y contra Lina durante años, mientras la población quedó en medio del fuego cruzado.

En la zona plana, la que da a las playas y a la ciénaga, el control territorial lo ejercían los paramilitares; en las montañas y la selva estaba la guerrilla.

“Yo comencé a ensimismarme. No hablaba con nadie. Me refugié en el alcohol, porque mi esposo creía que yo lo estaba engañando. Hubo una vez que no fui al trabajo y por eso me despidieron. Entonces demandé. En la empresa se enteraron y luego un paramilitar vino a mi casa en la noche y me dijo que yo había ingresado a su lista y que me iban a matar, que era mejor que me fuera”, relata.

“Esa madrugada me monté en el primer bus que salió para Cartagena. Mi familia no sabía nada. Me vine solo con un bolsito y ropa ligera, como la que se usa en tierra caliente. Al llegar a la terminal el primer destino que escuché fue Bogotá y para allá compré un tiquete. No conocía a nadie”, dice.

Los relatos los hace en el parque principal del municipio de Soacha, lugar que la acogió durante las dos veces en que fue desplazada. Allí se recupera de un tumor maligno que le apareció en la tiroides, en el 2010, y contra el que ha luchado en los últimos ocho años.

Lina tiene la papada un poco hinchada por el cáncer, pero sus ojos le brillan. “Yo me siento tranquila conmigo misma, ya no tengo miedo”, dice enfática.

Su trabajo para reconocerse como víctima y sobreviviente de violencia sexual y armada del país fue largo. “Estuve cuatro años en trabajos de asistencia psicosocial. Hubo una labor muy fuerte hacia mí misma para dejar de sentir vergüenza y culpa. Fue un proceso de perdón largo, pero lo logré”, señala.

Lina buscó ayuda después de su segundo desplazamiento. En 2010, luego de que le descubrieran su cáncer de tiroides, los médicos le recomendaron irse a vivir a una ciudad de menor altura. La familia de su esposo vivía en Sincelejo, Sucre, así que la eligió como destino.

“No fui bien recibida. Sufrí de discriminación y como siempre he sido independiente decidí trabajar vendiendo tintos en un mercado. Así iba ganándome la vida durante un año, hasta que un día unas personas que hacían parte de una banda criminal (‘bacrim’) me dijeron que tenía que ponerme a vender droga con ellos. Yo me negué, por supuesto”, recuerda Lina.

Ella asegura que la situación socioeconómica de los vendedores ambulantes los hacen personas vulnerables ante estas redes de microtráfico, que los instrumentaliza. Aunque se negó, esta guerrera asegura que cometió un error:

“Yo denuncié la situación ante los vigilantes del mercado, que se supone deben velar por la seguridad del lugar. Y comenzaron a perseguirme. Luego denuncié la situación ante la Personería y las autoridades.

Lo primero que hicieron fue instalar una mesa de protección y me montaron en un avión rumbo a Bogotá, porque en Sincelejo los de la ‘bacrim’ me estaban buscando para matarme, pues después de mi denuncia hubo capturas”, indicó.

Hoy, Lina asegura que no tiene motivos para regresar a su tierra natal. Por eso eligió una ciudad de la costa Caribe, y un barrio de la periferia, para ayudar a mujeres que como ella no quieren volver a callar.

“Hay muchas formas de violencia que se van ejerciendo y no debemos permitirlas, y a esto me dedicaré aunque sea lo último que haga”, sentencia con seguridad.

Panorama de los casos de abuso

En el municipio de Soacha, donde reside Lina, el año pasado se presentaron 295 casos de abuso sexual contra mujeres y en el 2016, los registros de Medicina Legal llegaron a 245 en la población que es la más numerosa de Cundinamarca.

En departamentos como Bolívar, de donde la líder de víctimas proviene, en el 2017 cerca de 859 sobrevivientes de estos vejámenes asistieron a Medicina Legal para realizarse un examen por abuso sexual, cifra que aumentó si se revisa la del 2016, cuando fueron 822 ciudadanas las que lo hicieron.

Michael Cruz Roa
EL TIEMPO
En Twitter: @M_CruzRoa
Miccru@eltiempo.com

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