Bogotá

Cómo es vivir con ratas, perros y hasta una cerdita

Un zoológico en casa donde tíos, sobrinos, hermanos, primos e hijos son animales.

Sara y sus dos perros

Kiara y Horus son mamá e hijo pese a ser tan consentidos han recibido a las ratas como sus hermanas. Juegan con ellas y no tienen problema al correr juntos por el apartamento de Sara.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

20 de mayo 2017 , 06:39 p.m.

Dos ratas machos de laboratorio que duermen abrazadas, se hacen masajes y se rascan la cabeza la una a la otra, viven en un sexto piso de un edificio del centro de Bogotá. No son callejeras ni sobreviven debajo de los humanos. Júpiter y Cosmos habitan la superficie junto a sus ‘dos hermanos’, Kiara y Horus, dos perros de raza bull terrier.

Sara Parra González es su ‘mamá’, una joven de 21 años que cada día se encarga de alimentar, cuidar y consentir a los que considera sus ‘cuatro hijos’. Ella conoce sus miedos, sus preferencias e incluso lo que odian. Cosmos, es la rata aventurera, no se asusta con ningún ruido. Le gusta subirse a la cabeza y deslizarse por el brazo de Sara. Júpiter, por el contrario, es nerviosa, consentida y tímida con la gente. Pero ambas tienen en común que aman dormir sobre los hombros de su ‘mamá’.

Las ratas duermen todo el día y se levantan en la noche para comer y jugar dentro de su jaula. Sin embargo, alrededor de las 7 de la noche empiezan a moverla para que Sara les deje estar su hora libre recorriendo el apartamento. Lo curioso es que son ellas mismas las que regresan a su habitación para volver a dormir.

Estas ratas conviven sin inconveniente junto a los perros: Kiara, la diva de la casa y Horus, el gordito glotón. Horus pesa 32 kilos, no puede escuchar el sonido de un paquete ni la palabra comida porque de inmediato se pone ansioso. “Apenas me levanto Horus empieza a pedir comida, a mover su plato y no se calma hasta que no le sirva”, afirma Sara.

Por su lado, Kiara es muy consentida, tanto que no le gusta que ella esté en el computador o en su celular, los tira o los patea con su hocico. Incluso duerme al lado de Sara o encima de ella, no a sus pies ni fuera de la habitación. Además, usan la misma cobija.

Ambos perros fueron adoptados pero Kiara es un caso especial, venía de un hogar donde la maltrataban. “Si se me caía algo en la cocina, se iba a una esquina, empezaba a temblar y se orinaba encima”, recuerda, mientras afirma que aún si le alza la voz se asusta.

Kilate, el primo de Júpiter, Cosmos, Kiara y Horus, es un conejo pretencioso. Vive en la casa de Francisco, el primo de Sara. No come zanahorias que tengan algo negro o lechuga que no sea fresca. Si no le cae bien una persona le bota mucho pelo y se escurre entre sus brazos. Le huye a los niños, prefiere estar con los adultos. A este conejo le gusta estar debajo de la cama y roer las tablas que sostienen el colchón e ir al parque en donde puede correr por horas. Sin embargo, no ha intentado escaparse, siempre regresa a sus dueños.

Kilate nunca ha estado junto a una coneja. Por eso Francisco y su esposa, María Fernanda, le obsequian globos para que juguetee con ellos y los explote. Él las usa como si fueran su compañera. Para María Fernanda tener este conejo es todo un reto. “A mí no me gustan los animales pero a él lo trajimos luego de que mi hermana lo ganará en una fiesta. A mi hija le emocionó verlo y le prometí traerlo a la casa por una noche pero resultó que se quedó para siempre”.

Los tíos de Júpiter, Cosmos, Kiara, Horus y Kilate viven en la casa de la ‘abuela’ Carolina González. Son Tommy, un labrador de 11 años, Tomasa una cerdita de 8 meses y Amelie una gata de 4 años.

Sara y sus dos ratas

A Júpiter, la rata gris, le gusta que Sara le haga cosquillas en la espalda. Y a Cosmos, la rata blanca aventurera, le gusta deslizarse por el brazo de ella.

Foto:

Abél Cárdenas / EL TIEMPO

Sara, Kiara y Horus

Kiara y Horus son mamá e hijo pese a ser tan consentidos han recibido a las ratas como sus hermanas. Juegan con ellas y no tienen problema al correr juntos por el apartamento de Sara.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Francisco y su conejo

Kilate, el conejo de la familia, no responde si lo llaman por su nombre. Solo le presta atención al sonido de un paquete de galletas de soda, sus favoritas.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Carolina y Tomasa

Tomasa es la cerdita consentida. Tiene ocho meses y le gusta comerse la comida de Tommy, el labrador, aunque la suya este servida.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO


A Tomasa, la bullosa marranita que Carolina (la mamá de Sara) le compró a un señor que debía salir de la ciudad, no le gusta el frío y es casi como un bebé. Carolina se levanta en las madrugadas frías a calentarle agua, envasarla en botellas y colocárselas alrededor de su cama. Es la única forma de que no llore y se vuelva a acostar.

“Yo mantenía flores naturales pero Tomasa las descubrió y se las comió, ahora me toca tener artificiales” pese a esto, ella cree que tenerla es una de sus mejores decisiones.

Tommy también tiene un historial de travesuras. La nevera tiene un seguro contra perros porque él la abre y se come lo que haya adentro.

Para Carolina, si el perro pudiera hablar sería el tipo de persona que saludaría y le sonreiría a todo el mundo en el ascensor, sería el amigo de todos. En cambio Amelie sería la que iría en el ascensor haciendo mala cara y no le importaría si la quieren o no.

Tomasa, por su lado, sería la niña consentida. Aún una bebé que quiere cariño y desea sentirse parte del grupo.

Según estos humanos, Sara, Francisco y Carolina, sus animales son una familia entre ellos sin importar sus diferencias. Y es que incluso comparten gustos.

Las ratas, los perros, la gata, la cerda y el conejo, todos sin excepción aman las zanahorias. Si están juntos se arrunchan, por lo general, en la cama del que parece ser el papá de todos: Tommy. Es él, el que llegó primero a la familia y el que ha ido recibiendo con amor a todos los demás.

Tener una mascota es comprometerse a cuidarla por siempre aunque haga travesuras, es lo mismo que tener un hijo.
No son desechables, son como bebés eternos que necesitan de ti, finaliza Carolina.

Leidys Becerra E.
Escuela de periodismo de EL TIEMPO

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