Bogotá

El compositor del himno nacional ‘aún vive’ en Nilo, Cundinamarca

Oreste Sindici estrenó y creó su obra en ese municipio, en 1887.

Nilo, Cundinamarca.

El armonio original que sirvió para interpretar el himno nacional por primera vez aún se conserva en Nilo, Cundinamarca.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

25 de julio 2017 , 08:37 p.m.

Oreste Síndici tuvo que haber sido un hombre de voluntad y talento para componer la música del himno nacional. Su obra, estrenada en 1887, fue creada bajo los influjos del calor de Nilo, Cundinamarca.

En ese municipio, vecino de Girardot y Melgar, donde la temperatura cotidiana oscila entre los 30 y los 35 grados, tenía una finca de veraneo. Allí, el italiano acudía en diciembre, enero, junio y julio, según cuentan los memoriosos del pueblo.

Hoy, el parque principal no expone la habitual estatua o busto del Libertador Simón Bolívar, sino la figura de bronce, con una batuta dirigida hacia la orquesta imaginaria, del insigne extranjero. Una fuente de agua lo rodea, y en ocasiones especiales la activan para llamar la atención y resaltar la estampa del músico. Sin lugar a dudas, Nilo fue el hogar adoptivo de quien le agregó notas sonoras a la letra más patriótica de Rafael Núñez.

Para conservar la memoria y traspasarla de generación en generación, el Instituto de Cultura municipal adecuó un salón museo con petates de Sindici, así como fotos, cuadros y pinturas inspiradas en ‘sumercé’, como le dirían sus empleados en aquella época. Lo que más llama la atención es el armonio original que utilizó para presentarle al público su partitura original, la que 130 años después se oye en emisoras y canales (todos los días, a las 6 a. m. y a las 6 p. m.), igual que en grados, actos públicos y otras celebraciones.

El instrumento bien podría confundirse con una máquina de coser, de aquellas con carrocería de madera que se conservan en muchas casas colombianas. Pero una vez se observa su teclado, como el de un piano u organeta, se entiende su función. Los pedales en el suelo dan fe de otros tiempos, cuando había que accionarlos para que el fuelle soplara y permitiera darles vida a los sonidos.

“El armonio es de fabricación italiana, de principios del siglo XIX. En el 2011, el templo de San José se lo entregó en comodato a la alcaldía, tras la restauración que un privado le hizo en 1986. No se usa habitualmente para hacer música, sino que lo usamos para exhibición”, cuenta Rodrigo Rojas, uno de los funcionarios más versados en la historia del compositor.

¿Y por qué la Iglesia tenía en su poder el aparato?, se preguntará el lector. Católico y devoto, Sindici prestaba sus servicios como maestro de música a la curia bogotana desde que llegó a la capital de los Estados Unidos de Colombia, en 1863. Entonces, durante las semanas que pasaba en su veraneadero aprovechaba los domingos para bajar al pueblo y acompañar con su música la eucaristía del mediodía. En el templo, además del armonio que tenía en su finca, guardaba un segundo instrumento, y al finalizar la misa solía ofrecer una retreta acompañado por gentileshombres y muchachos talentosos.

A propósito, fue en una de esas funciones musicales, a la sombra de un tamarindo y con la voz de un coro juvenil, cuando, el 24 de julio de 1887, dio a conocer su composición. Hoy, 130 años más tarde, durante la conmemoración de la efemérides, una señorita de cachetes rojos, trenza de caballo y vestido con floripondios, aprovecha el descuido de los adultos para sentarse y manosear el armonio, puesto a los ojos de la comunidad, en el parque.

Pasa sus deditos de escasos 9 años sobre las teclas blanquinegras, en tanto se imagina que ofrece un concierto para la multitud imaginaria, que después la premiará con el aplauso, justo cuando su madre se percata y con un “¡ole, quite de ahí!” acaba con la pueril fantasía. Una gotita de sudor, suspendida en el punto central del bigote que nunca le crecerá, confirma el bochorno, que en el meridiano es más inclemente que a cualquier otra hora del día.

Con la resolución 2084 del 2017, el Ministerio de Cultura le entregó una placa de honor a Nilo por ser el lugar que vio el preestreno de las notas musicales para el himno nacional. Ante la mirada satisfecha de los lugareños, el alcalde local aceptó el reconocimiento e invitó al Gobierno Nacional a reconocer al municipio como patrimonio cultural.

Una corona de flores, junto a la estatua del maestro, confirmó que en el lugar mantienen viva la figura del músico, quien tal vez no se imaginó que casi siglo y medio después de darle vida a la partitura, su creación seguiría inmarcesible y marcando el tono de un júbilo inmortal.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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